Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Elogio de la ilegalidad
La niña ecuatoriana de ojos descreídos y aire resuelto que vende música pirata frente al Palacio de Botines durante las fiestas de San Juan no sabe nada sobre derechos de autor, pero bastante de la vida.
03/07/2013
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
  Me la encontré la otra noche arrodillada sobre una manta y casi no pude hablar con ella, pero la observé largo rato –observar con estremecida minuciosidad a la gente es la clase de locura para la que vivo-. Sí, su sonrisa precolombina, su don de gentes, los rasgos mestizos impregnados como de humildad, ese encanto verbal que desprenden los buenos vendedores…

   En aquel instante creí ver escritos en sus sarmentosas manos siglos de colonización, y una historia sobre incesto, café y fuego. Oh, gente que huyó con lo puesto, sin pasaporte, sin carnet de identidad, casi sin identidad. En ese momento supuse que nadie en su país podría demostrar documentalmente que aquella niña aún no esté allí, y desde luego no hay en este otro quien desee confirmar que aquí sí está; por eso ningún papel oficial puede constatar su presencia ni su existencia.

   Y teniendo en cuenta que oficialmente quien no tiene papeles no existe, creí encontrarme entonces no ante una persona, sino delante de un fantasma. Y no me extrañó pues esta lenta ciudad, ya saben, está llena de apariciones insólitas –por ejemplo una señora de rostro graso que le habla al chihuahua que porta en brazos sobre su exmarido comparándole con más de veinte animales de charca, un borracho de barriga desbordacintos, ropa tan gastada como propia de la burguesía molinera y que parece llevar tatuado en sus mejillas el mapa de Logroño, etc.- que portan mensajes propicios para el desensimismamiento. 

   Recordé por asociación que yo tuve abuelos paternos que jamás lograron ganar una batalla; abuelos inmigrantes que también viajaron orientados por la brújula del hambre, y me dio por pensar por eso que, como en la realidad de la literatura la reencarnación es un hecho, tal vez esa niña envejecida por la necesidad era mi abuela.

   Igual que quien posa flores rojas en el panteón familiar, esa noche compré un CD ilegal de Amancio Prada.

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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