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Tengo otras fotos de esos disfraces, aunque no conocía ésta que está colgada en la antigua casa de cultura bañezana. Por eso, tras recorrer la exposición, una exposición a la que ahora aspiramos los que tenemos ya una edad que puede descoyuntar el esqueleto, abriendo cada año el baúl de nuestros olvidos, mientras mi imaginación, mi ilusión me llevaba a una novela de Oscar Wilde, ‘El retrato de Dorian Gray’, que allá por los principios del siglo XX hizo furor en aquella sociedad.
Hace ya muchos años que leí aquella esperpéntica novela que en síntesis venía a decir su argumento de cómo una artista, Basill Hallward se entusiasmaba con la belleza de Dorian Gray, un guapetón jovenzuelo de la época. Pintando un curioso retrato. Un retrato cuya figura va envejeciendo con el paso de los años, mientras en verdadero Dorian Gray se mantiene en la misma edad que tenía cuando le retrataron.
Pobre de mí. No ha pasado tal con el retrato de mi buen amigo José Luís Martín Rubín, el Relojero, y yo. Ambos a la par hemos seguido cumpliendo años en nuestro esqueleto. Aunque no así en nuestra fantasía, en nuestra imaginación, en nuestras ilusiones. A lo largo de muchos años fuimos los dos pareja de ‘desecho’ en los carnavales de La Bañeza, con una batería de anécdotas que podrían llenar muchos folios. Aunque, también lo podemos decir muy alto, nunca llegamos a escribir un guión de nuestros números sueltos, nunca poníamos por delante un ensayo o propuesta de juerga. Todo fue siempre improvisación, según dictaba el pasar de la tarde, el correr de la noche, el rintintín de la madrugada. Lo que viniera había que darlo por bien venido. Y buena va barbero.

Foto colgada en la exposición del carnaval de La Bañeza.
No sé el año exacto de esta fotografía que el Ayuntamiento ha colocado con otras veinte o treinta más. Es igual. Lo cierto es que el espíritu de Dorian Gray nos ha fallado. Tanto el relojero como yo tenemos una buena calidad de vida, aunque los achaques de la edad y el correr de los años nos ha invalidado para ‘correr el carnaval’. Porque es que nosotros fuimos de los de ‘correr el carnaval’ y no sabemos muy bien el disfraz sin ese correr de la imaginación, del número suelto, de la provocación sana, del saltar y bailar y dar vueltas al aire.
Por eso, no tentamos ahora al demonio, para no tener algún incidente en el esqueleto que nos deje discapacitados para seguir disfrutando de nuestra jubilación. Sí, es cierto, cada año por estas fiestas, nuestras fantasías se ponen a alborotar nuestras neuronas carnavaleras. Unas neuronas que son propias de nuestra idiosincrasia bañezana, y se nos ponen los dientes largos como quijadas de dinosaurio. A veces, viendo los números sueltos de las actuales generaciones el sábado por la mañana, el sábado por la tarde-noche, el domingo, el lunes de madrugada, el martes, el miércoles, el… Te rompes la crisma de tu imaginación.
Después, la meditación, cogitationem de aliqua re mea suscipere (reflexionar sobre cosas de uno mismo) va poniendo a cada uno en su sitio. Te disfrazas de mirón. De vez en cuando meneas la cadera al son de cualquier charanga por unos segundos, hasta que la prótesis de la cadera empieza a chirriar su estupidez de titanio.
Pero ahí está esta foto en blanco y negro, sin mucha definición (las mías de ese año ya son en color), de dos tiernos infantes (Rubín de una robusta nena en pololos y yo de niño travieso y desmejorado), que da testimonio de nuestra impronta carnavalera. Aunque todavía recuerdo después de la tira de años, las úlceras que nos produjeron dos enormes piruletas que yo había comprado por la mañana, aquel día en León, sin leer los efectos secundarios de sus chupa que te chupa. Sólo a las cuatro o las cinco de la mañana, cuando abrí el cesto para comer una tapina de chorizo con pan, nos dimos cuentas que teníamos los morros en carne viva.
Pero que nos quiten lo bailao. ¿No crees amigo Relojes? (entre paréntesis, quién pudiera volver al ruedo estos días que se avecinan en mi pueblo, La Bañeza). Y al que Dios se la dé… Carnaval, carnaval. / carnaval te quiero… Aunque nunca llegaremos a emular a Dorian Gray. ¿O sí? “Aprended flores de mí…”
