Reportajes
REPORTAJE
El reloj 'leonés' de la Puerta del Sol marca el cambio de año
José Rodríguez Losada salió de España en 1828 por razones políticas derivadas de su ideología liberal y fue un referente tecnológico para la época
Emiliano López
31/12/2009 (11:00 horas)
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Ha llegado su gran día. En la Puerta del Sol hoy vuelve a dejarse ver con todo su esplendor el reloj sonado por el leonés José Rodríguez Losada. La historia de este reloj es la historia de su relojero.

En el siglo XIX los relojeros suizos y británicos se dedicaban a falsificar los relojes que un español hacia en Londres y a distribuirlos en el mercado español, de igual manera que ahora se falsifican y comercializan las mas prestigiosas marcas de relojes en el Chinatown neoyorquino. Se trataba de José Rodríguez Losada, autor del conocido reloj de torre de la Puerta del Sol madrileña, que regaló a la ciudad, y el mejor relojero español, junto con Manuel Gutiérrez.

Nació en 1797, en un pequeño pueblo de León llamado La Iruela, hijo de Miguel Rodríguez y María Conejero, hidalgos de condición humilde. Su segundo apellido no debía gustarle y lo cambió por el de la región en la que había nacido, Quinta-nula de Losada.

Fue oficial del arma de caballería, según figura en el expediente para la concesión de la condecoración de Caballero de la Orden de Carlos III, que se le otorgó por Real Decreto de 3 de octubre de 1854: "Don José Rodríguez de Losada, oficial que ha sido de Caballería y constructor de relojes en Londres". Dado que en aquel tiempo todo lo relacionado con la tecnología y la ciencia en España sólo podía desarrollarse en el Ejército o la Marina, únicos demandantes de estas materias, cabe pensar que fuera allí donde aprendió el oficio de relojero.

Represión política

Salió de España, según su testimonio, en 1828, por razones políticas derivadas de su ideología liberal y de la dura represión que desencadenó Fernando Vil en aquella década. Su huida tuvo aire novelesco, pues el superintendente de la Policía de Madrid acostumbraba a disfrazarse para integrarse en las reuniones clandestinas de los liberales y así obtener información y efectuar detenciones.

En una de esas reuniones, a la que acudió disfrazado de fraile, fue víctima de una trampa, se le retuvo y se le obligó a firmar un salvoconducto para que Rodríguez Losada pudiera abandonar España, cosa que logró a pesar de ser perseguido hasta la frontera francesa por un policía. Esta historia la contó el hijo del superintendente, el famoso poeta y dramaturgo José de Zorrilla, en sus Recuerdos del Tiempo Viejo.

Andando el tiempo, Zorrilla se hizo amigo del relojero. Losada permaneció en Francia dos años -sin que se sepa de su vida allí- y llegó en 1830 a Londres, donde abrió su tienda de relojes cinco años después. Su establecimiento, tras varias ubicaciones más modestas, terminó situado en la mejor calle comercial, Regent Street.

Visita a León con su esposa

Allí se casó, en 1838, con una británica diez años mayor que él, Hamilton Ana Sinclair, de 51 años. Y en Londres vivió hasta su fallecimiento. En cuarenta años de exilio, Losada vino tres veces a España. Una, a finales del año 1856; otra, de cuatro meses, en 1859, en la que junto con su esposa recorrió medio país, visitando su pueblo natal y a su familia en Iruela, además de Madrid, Cádiz y Barcelona, y la última, ya enfermo, en 1868, durante la cual otorgó su testamento en Cádiz, el 3 de abril de 1868.

Rodríguez Losada falleció en Londres el 6 de marzo de 1870, dejando una fortuna de 30.000 libras esterlinas, que heredaron sus hermanas, un sobrino, su medico y sus sirvientes.

Al frente de su taller continuó su sobrino Norberto hasta 1890, pero la calidad de su obra bajó, coincidiendo con el declive de la escuela de relojería británica, siendo desplazada por la suiza, que ya llevaba tiempo siendo superior.

Inmenso prestigio

En esas cuatro décadas, Losada se labró un inmenso prestigio, apareciendo su nombre como constructor de relojes en las más acreditadas guías profesionales. En consonancia, tuvo el respaldo de la más selecta clientela europea. La Casa Real española le encargó varios trabajos: para Isabel II, un precioso reloj saboneta -modelo de reloj de bolsillo originario de Savona, Italia, con dos o tres tapas- en oro esmaltado en azul, y varios para el rey consorte Francisco de Asís y para algunas de las Infantas. El genera Narváez, presidente del Consejo de Ministros, también poseyó uno de sus sabonetas.

No obstante, su principal cliente fue la Marina española. No se olvide que los relojes son, ante todo, aparatos de precisión y en la época eran fundamentales para una correcta navegación. Un error de un segundo en un cronómetro naval suponía una desviación en la longitud geográfica, la que se refiere al ecuador, de 463 metros. Lo mismo, ocurría con los barómetros. En el siglo XVIII, los buques españoles, insuficientemente dotados de barómetros, no podían predecir las tormentas y esquivarlas, siendo ésta la causa de multitud de naufragios en el Caribe, lo que no les ocurría a los británicos.

En la Marina

De ahí que la Marina recurriera a Losada, uno de los mejores relojeros de la época y el único que era español, para que le proporcionara todo tipo de relojes. En el Observatorio Naval de San Fernando, en Cádiz, se guardan algunas de las piezas maestras de Losada, junto con el grueso de la documentación que ha sobrevivido sobre él, como contratos y cartas. También el Museo Naval de Madrid conserva valiosas obras suyas.

Losada empezó a trabajar para la Marina en 1857, después de que ésta hubiera dejado de comprar sus cronómetros a French Hermanos de Londres y tras haberle ganado el ánimo designándole Relojero Cronometrista de la Marina Militar, en 1856. Una de las primeras obras para la Marina es el reloj astronómico, conocido como el n° 2.137 de su producción, que tardó ocho años en realizar. Fue, como el reloj de la Puerta del Sol, un regalo a su país, y lo sacó de Inglaterra burlando la legislación que daba derecho prioritario a la Armada británica para la adquisición de cualquier instrumento científico o técnico que considerase de interés, o que no quisiera que fuera a parar a otro país.

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