Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
El poeta y el pintor
Enlutados caballeros españoles sobre un fondo oscuro
16/04/2014
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
Hay encuentros efímeros pero trascendentales que se quedan fijados en nuestra memoria como una cruz en un mapa de carne.

Hay cosas que deberían haber sucedido para poder recordarlas siempre.

En este sentido desde antiguo el hombre tiene miedo del tiempo y, en concreto, de la unidireccionalidad del tiempo, esto es, del lacerante hecho de que el tiempo de vida corra siempre hacia adelante. Por eso el ser humano, consciente de que la imaginación es el instrumento del que dispone para mejorarlo todo, inventó una remota máquina del tiempo con la cual conseguía que éste discurriera también desde el presente hacia atrás, desde el pasado hasta el presente, etc…

Esa máquina del tiempo es la novela.

De hecho la novela tiene sentido en la medida en que subvierte el tiempo para explicarnos el mundo.

Y ése es el acierto primordial de la última novela histórica de la asturiana Ana Rodríguez Fischer EL POETA Y EL PINTOR (Ed. Alfabia); el de meternos en su máquina del tiempo para trasladarnos, con documentada pericia, precisión estética y magnetismo, al siglo XVII mientras nos narra un imaginado e inolvidable encuentro entre Góngora y el Greco (el territorio de este libro, en cuanto que ficción, no es la verdad sino la hipótesis trufada de verosimilitud).

La máquina del tiempo que llamamos novela nos permite regresar a lo que fue y a lo que pudo haber sido: según esta novela situacional, el efímero encuentro entre Góngora y el Greco se dio en 1610 en un Toledo reverberante en el que calles, olores, ropajes, comidas, paisajes y paisanajes son revividos y descritos no sólo con el rigor documental, conceptual y verbal propios de la prosa de esta autora (véase a tal efecto su celebrada novela anterior sobre la Guerra Civil titulada EL PULSO DEL AZAR) sino también con un poder de sugerencia y una sutiliza alegórica notables que actualizan la trama y universalizan su capacidad de impacto.

El pintor llamado el Griego –El Greco-, en el momento del encuentro ya un hombre consagrado, misántropo y achacoso, tiene como rasgo de su personalidad caballeresca, casi altiva, un atrevimiento tan inquietante que raya en lo sublime, y eso atrae al poeta; Góngora –don Luis- está muy decepcionado con lo que ha visto en la corte pero es un hombre mesurado y reflexivo con una cultura densamente humanista y una propensión a la meditación sentenciosa, la cual le a él llena de misterio, y aviva la atención del impulsivo pintor.
Y los dos se respetan.

Y los dos aman el diálogo con formato de controversia.

Pero una máxima tan útil para explicar el arte y la poesía como la realidad política les une: “lo nuevo surge de la oscuridad”.
Con todo, más allá de la trabajado hiperrealismo en la recreación de ambientes y caracteres, a mi juicio lo más impactante de esta novela casi dramática en la forma, una novela intertextual y de época con algo de novela de ideas y un sustrato de novela política, son las bien empalabradas conversaciones de los dos maestros “escaladores de misterios” sobre poesía, sobre pintura, sobre teología, sobre la común cosmovisión escéptica y sobre una España sombría que bien se ve que tiene mucho de los males y los bienes de la España de ahora.

Para entender qué somos y qué podemos ser a veces hay que viajar al pasado para recuperar cimientos, y a eso nos ayuda también esta docta novela que, además de estar concebida como una novela sobre estética, tiene una indirecta pero muy interesante lectura política en la medida en la que Ana rodríguez Fischer nos ayuda a entender que España, igual que la poesía barroca o los cuadros del Greco, lleva en su esencia el exuberante impulso de no someterse a las leyes de la medida y la proporción.

En efecto, leer a veces es regresar. De hecho una termina esta novela con final sentimental –se nota la condición de docente universitaria y estudiosa de literatura de la autora en el tratamiento canónico y casi reverencial que hace de estos dos personajes tan insignes-, y se da cuenta de que, en efecto, leer es eso, toparse con un estimulante compañero intelectual con el que dialogar.

Sí, en EL POETA Y EL PINTOR esta escritora le pone rostro y expresividad pasada a la España presente y, al hacerlo, nos recuerda que, del mismo modo que a veces brotan flores incrustadas en las adoquines, con frecuencia surge un arte mayúsculo justo cuando parece estar derrumbándose una civilización pues no todo está perdido sino que está transformándose.

Les recomiendo esta novela.

Luis Artigue
www.luisartigue.es
 

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