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OPINIÓN POR POLO FUERTES
El poeta que quería ser corresponsal de pueblo
Poeta y campechano podría ser la mejor definición de Antonio Pereira...
29/04/2009
CON VENTANAS A LA CALLE
Claro, si es que fuera posible definir a este hombre, que siempre quería cosas, hablar con todo aquel que le pudiera dar referencias, para después escribir cuentos (pura poesía). Un poco cada día. Pero “sin empujar como lo haces tú, a todo gas”. Y es que Antonio Pereira, me lo dijo muchas veces, le hubiera gustado poder ser corresponsal de prensa de su pueblo. “Estuve a punto cuando era un chaval. Pero todo quedó en referenciar alguna película, más que nada, porque ello me daba opción a entrar gratis a la sala”.

Cuando el sábado encendía el ordenador en sesión vespertina se me volvió a arrugar el espíritu, al ver en este periódico la noticia de la muerte de Antonio Pereira (minutos antes conocía el fallecimiento de otro amigo, Felipe Rubio Carracedo y aún no se me había vuelto a planchar el alma). Son de esas jornadas malas que tienen que terminar con rúbricas y rituales imposibles para el sentimiento del quehacer diario.

Conocí a Pereira un domingo de agosto de hace casi un cuarto de siglo, cuando me había hecho cargo de las corresponsalías de Astorga y La Bañeza para La Crónica de León. La presentación corrió a cargo del escritor astorgano y cronista oficial de esta ciudad, Luís Alonso Luengo (“mira, Antonio, te presento al ilustre cronista de La Crónica de León en Astorga y La Bañeza”), en presencia de otro buen amigo, Conrado Blanco González, cronista oficial de La Bañeza (hay mucho cronos aquí). El marco, el mejor para el evento, el jardín del castillo de los Bazanes, en Palacios de la Valduerna, poco antes de empezar el acto anual de Poesía para Vencejos.

La conversación se animó desde el principio, antes de que subiera al escenario de los poetas. Una conversación que quedaba grabada en una pequeña (menos que un paquete de tabaco) ‘Sony’ que alguien me había traído de Canarias. “¿Tengo tu permiso para publicar esta entrevista?”, le pregunté cautamente. “Por supuesto, aunque no sé como lo vas a hacer, si no has tomado ni una sola nota”. Su curiosidad se la salvé cuando saqué del bolsillo de la camisa aquella minigrabadora, que era un portento para poder trabajar con tranquilidad.

Una vez publicada la minientrevista, Antonio Pereira me llamó desde Madrid y, tras felicitarme, me desveló una de sus muchas frustraciones de chaval, como era su querencia de ser corresponsal de pueblo. “Cuánto te envidio, Polo, no lo sabes tu bien, escribir sobre la marcha, sin encomendarte a santo alguno”. Ya digo: poeta y campechano, seguro que era Antonio Pereira.

Después de aquello, coincidimos muchas veces en Astorga, y en La Bañeza, y en León, y… Siempre, bajo la atenta mirada de su esposa Úrsula (un abrazo en la distancia, gran señora y amiga). A veces hablábamos de la lectura de su último libro publicado y leído. Otras, de nuestras cosas. Como cuando le conté también que mi frustración profesional desde niño pasaba por haber llegado a ser fogonero de máquina del tren. Lo que pasa es que llegó antes el gasoleo y la electricidad

A raíz de aquello le conté la coincidencia de un viaje entre Astorga y La Bañeza en la Mikado, invitado por su maquinista titular Buenaventura Durruti. “Sin poder echar carbón a la caldera, porque esta locomotora es de fuel oil (o algo por el estilo). Y, encima, marcha atrás”. Pero Antonio quería saber más, mis sensaciones, mis añoranzas, mis dudas, mis manejos. Algo que yo respondía como buenamente podía, porque casi eran exigencias. Hasta que rematé el viaje de fogonero frustrado con una anécdota. “Al llegar a La Bañeza, ya te digo, marcha atrás, porque estaba estropeado el convertidor de locomotoras de Astorga en el barrio de San Andrés, le dije a Buenaventura que cuando bajara yo de la Mikado, soltara un chorro de vapor, para poder recordar mis años de niño bañezano y la obsesión de mi madre en traernos a la estación, para que esos vapores pudieran prevenir la temida tos ferina”.

Al acabar la historia, Pereira me pidió permiso (es un decir) para escribir un cuento sobre el relato. Me reí y recordé mis primeras palabras con el poeta, años atrás, mientras contestaba: “Por supuesto”. No llegó a plasmar la historia sobre el papel. O, al menos, yo no la he visto. Tal vez, no tuviera la relevancia necesaria para enhebrar uno de sus cuentos. O, quizá, no le funcionó la grabadora (si es que la tenía) porque, en realidad, mi amigo el poeta no tomó entonces ninguna nota.

Cuando escribo estas líneas Pereira ya está en la otra orilla del río Aqueronte, tras pagar el óbolo al barquero Caronte. Con toda la parafernalia de deudos, políticos, familiares y amigos que ello conlleva. Pero Antonio siempre quiso ser un corresponsal de pueblo. Aunque también quiso ser obispo de Astorga. Y viajante de comercio. Y coadjutor de Villafranca. Y… Hasta siempre, compañero. Amigo.
 

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