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Sin embargo, a partir del siglo IV d. C. una serie de cambios en todos los niveles comenzaron a amenazar la unidad de Roma. Conflictos internos (como guerras civiles, crisis económicas y desigualdades sociales) y externos (la invasión de pueblos bárbaros) lograrían acabar con la unidad del Imperio, dividido a partir de entonces en las unidades más pequeñas que conformaron los posteriores reinos medievales.
Los habitantes del Imperio Romano tuvieron que acostumbrarse a una nueva situación caracterizada por la presencia de gobernantes bárbaros y donde las redes económicas y las relaciones sociales redujeron progresivamente su extensión geográfica. Una fragmentación política, económica, social y cultural que en muchos aspectos es el proceso inverso a la actual globalización.
No obstante, en medio de aquel panorama, nos indica Natal, la Iglesia fue capaz de reforzar su centralismo y mantenerse como la única institución supranacional, por encima de fronteras políticas, diferencias étnicas y barreras lingüísticas. Además, los obispos se convertirían en uno de los principales poderes de las ciudades, capaces de impartir justicia, llevar a cabo construcciones públicas e incluso organizar la defensa militar de su territorio. Parte del éxito de la Iglesia se debió a la capacidad que tuvieron los obispos de gestionar conflictos de muy diverso tipo: desde disputas familiares y controversias religiosas, a conflictos sociales y políticos en las altas esferas.
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Podían impartir justicia e incluso organizar la defensa militar de su territorio
Los obispos se convertirían en uno de los principales poderes de las ciudade
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Ésta es la principal conclusión a la que llega esta la investigación realizada por David Natal en las Universidades de Manchester, Oxford y, en mayor medida, de León, y dirigida por Santiago Castellanos, profesor de Historia Antigua en el Departamento de Historia de esta última Universidad. Este trabajo ha dado lugar a la correspondiente tesis doctoral titulada “De Ambrosio de Milán a Lérins. Gestión del conflicto y construcción del poder episcopal en la época teodosiana”.
El estudio se centra en un momento clave del proceso de construcción del poder episcopal (como fue el periodo que va de 375 a 450) y en dos modelos fundamentales de dicho proceso. El primero de estos modelos está encarnado por Ambrosio, que fue obispo de Milán entre 374 y 397, y por el conjunto de obispos de su entorno. El segundo modelo lo forman los monjes de la abadía de Lérins (situada en una isla enfrente de Cannes, en el sur de la actual Francia), muchos de los cuales se convertirían en obispos de las principales ciudades de la Galia durante la primera mitad del siglo V.
Textos escritos
A través de los textos escritos por estos obispos y de otras referencias externas a los mismos, esta tesis lleva a cabo un análisis de las herramientas utilizadas por la oficina episcopal para gestionar el conflicto, tales como el discurso, el ritual, la costumbre, la ley o la violencia.
Pero la intención del estudio no sólo es describir estos mecanismos, sino explicar cómo a través de los mismos los obispos fueron capaces de poner de manifiesto la legitimidad de su autoridad y transmitir nociones de identidad comunitaria, de género y de jerarquía social, todo lo cual trabajaba implícitamente para el mantenimiento de un orden social en el que los obispos tenían un lugar preferente.
Todo ello lleva a la conclusión última de que el conflicto no supone un elemento disruptivo o perturbador en la sociedad, sino que es parte constituyente de la misma. La sucesión de conflictos obliga a la sociedad a encontrar mecanismos para su gestión y resolución, los cuales acaban apoyando un patrón de prácticas y relaciones que afirman implícitamente el statu quo social y evitan la ruptura total del orden. En este sentido, la continuidad del modelo de poder episcopal es un ejemplo elocuente de las pervivencias de Roma aún después de la caída del Imperio.
