Viernes 10 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
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«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Richard Dawkins
Traducción: Jesús Fabregat
Espasa Calpe. Madrid, 2009
430 págs. 22,90 €
Desde hace ya décadas, Richard Dawkins es uno de los más conocidos divulgadores científicos. Obras como "El gen egoísta" son auténticos clásicos en este tipo de literatura. El campo de Dawkins es la biología y, especialmente, todo lo relacionado con la evolución. De hecho, el título antes citado basa la evolución de los seres vivos a gran escala (un ser humano, un saltamontes, una bacteria o una hiedra) en criterios moleculares.
En la presente obra, vuelve sobre su tema favorito desde un punto de vista diferente: las pruebas del proceso. La motivación de este libro se encuentra en sus páginas finales. Las encuestas revelan que un porcentaje altísimo de los habitantes de países desarrollados no creen en la evolución y considera que las especies surgieron como hoy las vemos durante los últimos diez mil años.
Las perspectivas abordadas son múltiples: los distintos "relojes" (llamémoslos así) que permiten medir el tiempo hacia atrás y saber, por ejemplo, cuándo vivió lo que hoy es un fósil; las deficiencias de diseño en los seres vivos sólo explicables con criterios evolutivos; aspectos genéticos y moleculares; anatomía comparada...
Pero esto no es un manual de paleontología. Para Dawkins, los fósiles son una prueba adicional y bienvenida, pero en absoluto imprescindible, de la evolución. Por ello, este aspecto es sólo uno de los que se estudian, y no especialmente sobresaliente.
La obra es interesante y profunda para ser un libro divulgativo, pero sólo será totalmente valorada por quienes tengan algunos conocimientos científicos, especialmente de biología. Y, entre todos ellos, recomendamos fervientemente su lectura a los docentes de las ciencias naturales. También será útil a lectores menos avanzados, pero es muy posible que encuentren oscuros algunos conceptos. Esto no se debe a impericia del autor, sino que es una inevitable consecuencia de lo complejo del tema. Dawkins intenta evitarlo con un lenguaje claro y, a veces, desenfadado. Las ilustraciones en color también ayudan.
En la obra aparece frecuentemente un conflicto que quizá no sea demasiado patente en países como España, aunque sí lo es en otros: la confrontación entre ciencia y religión. ¿La evolución contradice la religión? Algunos piensan que sí, pues refuta la versión literal de la creación del mundo según aparece en tradiciones como la recogida en la Biblia. La confesión católica, en cambio, adoptó hace tiempo la idea de que el mensaje bíblico sólo indica la creación divina del mundo, pero no el método empleado pues, en este aspecto, el libro sagrado se limita a emplear una metáfora accesible que no debe ser tomada al pie de la letra. Existe un tercer grupo, quizá minoritario y a menudo olvidado, para quienes la evolución es la única manera de conciliar la existencia de Dios con la presencia evidente de ciertos aspectos turbadores y moralmente discutibles de la naturaleza. Escapa a los propósitos de este comentario desarrollar esa postura, aunque no podemos dejar de señalar que, si sus defensores estuvieran en lo cierto, tendríamos una sorprendente situación. En efecto, resultaría curioso que Darwin, aquel discreto aprendiz de clérigo, que tal vez pensaba haber aniquilado a Dios y sufría por el daño que le hacía a su creyente esposa, en realidad hubiera hincado un cimiento para apoyar la presencia de un creador del universo.
A diferencia de muchas otras disciplinas científicas, todo lo que atañe a la evolución tiene trascendencias inesperadas. Por eso, este libro, escrito por uno de los mayores valedores del evolucionismo, debe ser leído.
