Una vuelta de tuerca más a Google Earth. Este programa informático, que permite la visualización en imágenes tridimensionales de cualquier rincón del planeta, se ha convertido también en una plataforma de recuerdo para ese episodio de la Historia de España que muchas personas pretenden impedir que caiga en el olvido. Corría el año 2006 cuando el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, promulgó no sin polvareda una ley, la de la Memoria Histórica, que ahora da el salto a Internet de una forma original, utilizando Google Earth.
En los últimos tiempos la Red se ha convertido en la primera herramienta de comunicación, pero también en una plataforma con multitud de recursos para crear interactividad entre el ciberespacio y el usuario de a pie. Bajo esta simple pero a la vez compleja consigna ha nacido el Mapa de la Memoria (www.mapadelamemoria.com), un sitio web que combina todos estos elementos (quizá por ello su molesta lentitud a la hora de utilizarlo); Internet, Google Earth, la Memoria Histórica y la interactividad con el usuario.
El Mapa de la Memoria es un proyecto impulsado por Asturias Opinión, un diario digital que explica que “nuestro carácter progresista era inseparable de un claro compromiso social”. Por ello dieron vida a esta iniciativa “como una herramienta en la que dar cabida a la necesidad de recuperar nuestra Historia y los nombres que fueron olvidados de ella”. Ni más ni menos. Apelando a la aportación del internatura, crearon esta página web que utiliza el software de Google para que cada usuario pueda realizar su aportación. ¿Cómo? A través de una sencilla herramienta, quien lo desee puede ubicar una marca en el lugar exacto de la geografía española en la que aún exista algún resquicio de esa etapa oscura de la Historia de España que aún queda en la memoria. Pero también en edificios, en calles, en escarpadas montañas o en hondos valles.
La existencia de fosas comunes, de simbología franquista, de edificios históricos, frentes y lugares de batalla, de aquitectura militar utilizada o creada durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, lugares de represión, detención o internamiento… Todo tiene cabida en este Mapa de la Memoria que acerca, virtualmente, la memoria de quienes aún recuerdan y se preocupan en que nadie olvide.
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Los leoneses ya han hecho sus primeras aportaciones. Así, en Mapa de la Memoria de los periodistas asturianos deja ver, a fecha de hoy, algunos de esos recuerdos plasmados en la tridimensionalidad de un mapa artificial. Si se navega por la web y, por lo tanto, por su mapa, en el extremo occidental de la provincia de León se ha señalado con una marca la localización de la fosa de Domingo García y Avelino Toribio, al sur de la localidad de La Chana. Según cuenta Santiago Macías, vicepresidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, en un artículo publicado en ‘La Caruja’ bajo el título ‘Retrato de un asesino’, la muerte de García y Toribio se le atribuye a Antonio López Núñez, un carpintero de 32 de años afiliado a las filas de La Falange y combatiente franquista que habría protagonizado varios casos de abuso de poder, por lo que fue denunciado.
La fosa de Domingo García y Avelino Toribio
Sin embargo, nadie pudo evitar que, presuntamente, y tal y como apunta Macías después de documentarse en el Archivo Intermedio de la Región Militar del Noroeste, en Ferrol (A Coruña), que acaba con las vidas de Domingo García y Avelino Toribio, pero también de Manuel García Crespo, Hilario Arias Llamas y Mariano Travieso Álvarez. En el caso de los dos hombres cuyos cuerpos fueron encontrados en las cercanías de la Chana, Macías aporta aún más datos, que no hacen otra cosa que ejemplificar con el relato de estos casos concretos la crudeza de los albores de la Guerra Civil española.
Cuenta el vicepresidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica que Domingo García consiguió huir a principios del mes de noviembre de 1936. Sin embargo, sería apresado y, junto a él, el pequeño Avelino Toribio, de tan sólo 15 años, acusado de no delatar a su hermano Aurelio, que se escondía en un zulo. En el caso del primero parece claro que sufrió torturas en el calabozo. No obstante, los dos fueron fusilados y sus cuerpos arrojados, semienterrados, en una escombrera en el paraje del Sardonal, al pide una bocamina, el mismo lugar que ahora muestra Google Earth a través del Mapa de la Memoria con una bandera roja que indica el lugar exacto en el que acabaron los cuerpos sin vida de dos de los primeros ajusticiados durante la Guerra Civil.
¿Primero de Rivera en La Bañeza?
Viajando por el programa geográfico de la web hacia el sur, siguiendo la actual trayectoria de la autovía A-6, el Mapa de la Memoria nos sitúa en La Bañeza, donde el usuario puede realizar su segunda parada para recordar. En este caso la señal es de color azul, identificada en la leyenda del mapa como “simbología franquista”, es decir, Google Earth relata que ahí se encuentra todavía una placa que hace referencia al franquismo, resquicio de esa época que ha inspirado el proyecto del Mapa de la Memoria.
Se trataría de una calle que en esta localidad aún lleva el nombre de Primo de Rivera, el político español cofundador de La Falange, el partido único durante el franquismo y el órgano ideológico del aparato político de la dictadura, un personaje cuyo nombre sigue presente en la población bañezana. Sin embargo el dato es erróneo, ya que recientemente en la localidad se sustituyó esa placa. La nueva vía se denomina ahora avenida de la Vía de la Plata. Algunos buscadores, por ejemplo el del propio Google (Google Map) siguen reflejando la existencia de esa calle.
El campo de concentración de San Marcos
Posteriormente toca visita a la capital de la provincia. León acoge varios de estos ejemplos, modalidades de resquicios del franquismo diversos y, por su puesto, historias variadas que dan ese toque humano a la represión franquista durante la guerra y posterior dictadura. A pesar de que hay varios ejemplos de los que posteriormente se dará cuenta, el proyecto Memoria Histórica refleja lo que denomina “campo de concentración” de San Marcos. El actual Parador fue durante la Guerra Civil uno de esos muchos edificios que representaron represión, torturas y cárcel para miles de personas llegadas desde todos los puntos de la geografía española. Según consta en los archivos de la Asociación de Estudios Sobre la Represión en León (Aerle), prisioneros gallegos, asturianos, extremeños, andaluces, riojanos o catalanes, fueron encerrados en San Marcos desde que el ejército nacional tomó la ciudad de León. “León estuvo mucho tiempo bajo el mando de los franquistas y los soldados republicanos o los civiles apresados en otros frentes solían venir aquí”, explica Encina Zendón, una de las integrantes de Aerle.
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El caso de San Marcos puede que sea uno de los más significativos en la ciudad, un testimonio vivo de aquella época gris que aún sigue en pie y que durante los diferentes capítulos de la Historia española ha servido como sede de servicios tan antagónicos como cárcel (el escritor español del Siglo de Oro, Francisco de Quevedo fue recluido en este edificio), de cuartel de Caballería de caballos, hospital, sede de la Diputación, casa de misiones, Ministerio de Guerra o Escuela de Veterinaria, entre otros.
Alrededor de 7.000 hombres y 300 mujeres pasaron por el campo de concentración que el bando nacional estableció en San Marcos. Más de mil fueron fusilados en el puente que lleva el mismo nombre que el monumento histórico, algunos de ellos arrojados al río y otros inhumados en la fosa común del cementerio de Puente Castro que da servicio a la ciudad de León. El escritor leonés, Victoriano Crémer, explica en ‘El libro de San Marcos’ su propia experiencia. Crémer dice que “más de cien hombres” habitaban en “no más de cincuenta metros” en el campo de concentración porque, asegura, “de prisión celular nada y de cárcel modelo mucho menos”, mientras los guardianes gritaban a los reclusos que se comieran los unos a los otros para que hubiera más espacio habitable. (Foto: Diputación de León)
El escritor y periodista relata también la convivencia en el interior, con una sutil ironía que no quita peso a la dureza de la situación. A los internos poco les faltaba para dormir por turnos y devoraban sin piedad las piezas de ajedrez hechas con miga de pan, que si ningún ratón o rata descubría antes, servía para calmar los estómagos pero para dejar vacíos los tableros improvisados para matar el tiempo casi eterno de la fría y húmeda cárcel. “Se producían salidas para prestar declaraciones de las cuales no se regresaba o se volvía para como no prestar”, cuenta Crémer uno de esos “monos” que a veces se sintió a miradas de las “gentes naturalmente adictas, o sea, de derechas” que visitaban San Marcos, ya que su imagen no era más que la de alguien “pelado al cero, barbudo, andrajoso y maloliente”.
Un cubano recuerda su estancia en la cárcel leonesa
La Red, sin embargo, también ha servido para encontrar testimonios desde el otro lado del charco, de aquellas personas que sin ser españolas vivieron la guerra como si fuera suya. Rusos, italianos, alemanes, portugueses, norteamericanos, pero en el caso que ahora ocupa, cubanos. Se trata de José María Fernández Souto. Este hombre, nacido en La Habana (Cuba) en 1918 se trasladó a Asturias después del fallecimiento de su madre. Como activista del Frente Nacional, participó en la Guerra Civil. Era el único cubano de su batallón en el Frente Norte y luchó en el límite de Asturias con León hasta que fue apresado, no sin antes tratar de huir y esconder su fusil en el tronco hueco de un castaño. Después de pasar por el campo de concentración de Algodoneras, en Gijón, fue trasladado a San Marcos.
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En el blog http://cubanosenlaguerracivil.blogspot.com Fernández Souto relata en una entrevista en el año 2007 cómo fue su estancia en el campo de concentración, el hambre y la relación con los confesores que había en San Marcos. “En el Patio del Museo había como unos seis o siete confesionarios de esos. Pero nos trataban bien. Solo que nos fichaban si no ibas al confesionario porque nos consideraban enemigos de su modo de pensar, tenías que tener un escapulario o algo de que ya te habían confesado”, cuenta. En este blog el cubano también recuerda cómo el que tenía dinero “pagaba cinco o seis monedas por las medallas de haber confesado con los curas. Dos o tres veces me confesé yo porque después las medallas las pagaban. El republicano que tenía dinero y podía pagar una medalla, lo hacía para no verlos ni confesar con los curas; pagaba la medalla y ya no le pasaba nada. Pero a última hora el que no tenía medalla lo pasaba mal, hasta culatazos”.
Y al igual que cuenta Crémer, el combatiente, que ahora reside de nuevo en Cuba, asegura que la comida era una de las cosas que más preocupan a los internos. Fernández Souto relata que para solucionar el hambre, el dinero también hacía milagros dentro de San Marcos. “Había un vecino que era de los fascistas. Era un soldado pero me conocía muy bien y me dijo que no se podía traer nada a los presos pero que el sí me traería cosas a mí, pagándolas claro; traía azúcar, vino y a veces pan con algo. Lo traía todo escondido debajo del capote y lograba pasarlo porque era de los escoltas”.
El cubano, todavía preso, regresó en 1939 a su tierra natal. Lo hizo en un barco que tardó quince días en llegar a la isla, el Marqués de Comillas, con otros quince compatriotas, durmiendo todos en el suelo. Ahora recuerda a España con cariño, a pesar de lo que vivió. “Yo amo a España porque di inclusive la vida por aquello. Por eso allí me siento querido por los españoles. Nosotros luchamos muy duro allí, contra el fascismo y contra todos los ‘antipueblos’ que salían de allí y siempre estuve al lado del socialismo y sigo siendo el mismo”.
Calles que ya no existen
Hacia el otro extremo de la provincia de este viaje por la Memoria Histórica leonesa a través del Mapa de la Memoria, el ratón se para en la localidad de Sabero, en el valle minero del norte de León. Alguien ha colocado en ese lugar una fotografía en la que se puede ver una placa donde se lee: “calle del general Franco”, en memoria del militar que impulsaría la sublevación contra el Gobierno republicano a lo que proseguiría el inicio de la Guerra Civil, en 1936, y quien protagonizó la dictadura que sometió a España durante 40 años.
Sin embargo, esa calle ya no se denomina así. Según fuentes del Ayuntamiento de Sabero, hace más de 12 años que se retiraron las calles que hacían alusión a tres personajes franquistas: el propio general Franco, pero también al general San Jurjo y al general Mola. En concreto, la calle que hace alusión a quien fuera caudillo de España fue retirada y en su lugar esa vía cuenta ahora con la denominación de “avenida del 10 de enero”, la vía principal de esta localidad leonesa, que atraviesa a lo largo y por el centro a todo el pueblo.

Pozo Grajero: la sima de los horrores
La última parada en este recorrido por la provincia de León está ubicada entre las localidades de Polvoredo y Lario, al norte de Riaño. Allí se encuentra uno de los lugares que representan la represión en toda su dureza y que, a día de hoy, es paso obligado para todos aquellos a los que estos acontecimientos aún ocupan un lugar en su memoria. Es el Pozo Grajero, una sima natural en la que pululaban cientos de grajos, de ahí su nombre, que se convirtió en el cementerio improvisado para depositar a los fusilados que el ejército franquista dejaba tras de sí durante la conquista del Frente Norte. En el monte de Polvoredo se libró una de las batallas más duras. Cuentan que cada republicano luchaba contra siete soldados del ejército nacional. Los apresados, paseados y fusilados eran arrojados al Pozo Grajero, dicen que también personas vivas, mujeres y jóvenes entre de 15 y 19 años de edad.
Según a qué fuentes se acuda, el número de personas que fueron fusiladas y arrojadas a este pozo varía. La cifra recurrente es la de 40 personas, la mayoría de ellas leoneses, pero también posibles republicanos de otros lugares de la geografía española. Algunos los cuentan por cientos y, a buen seguro, aún quedan cadáveres abajo, aunque muchos de los restos han sido ya exhumados, gracias entre otros, al trabajo de la asociación que utiliza la misma denominación que la de este siniestro lugar. Ahora, tanto la localidad de Polvoredo, como el cementerio del vecino pueblo de Lario y el propio Pozo Grajero son lugares de recurrido recuerdo y homenaje a aquellas víctimas.
En el año 1995, un grupo de guardias civiles de montaña encontraron la profunda sima natural. A partir de ahí se desencadenó la conmoción entre los vecinos de los pueblos del lugar que encontraban una luz en el tortuoso camino que emprendieron en el momento en que sus padres, hermanos e hijos habían desaparecido. La esperanza de haber podido localizar, antes incluso de que su propia vida se apagara, los restos de sus seres queridos abría la ventana a la satisfacción, pero también a recordar el dolor de aquellos duros tiempos vividos. La localización de un superviviente cuyo destino era ser arrojado a lo hondo del Pozo Grajero ayudó a poner a cara a algunas de las personas que allí parecían haber quedado en el olvido por siempre.
León, triste tierra de fosas
Pero estos no son más que cuatro ejemplos que no hacen más que dejar al descubierto una realidad. Si de fosas se trata, la geografía de la provincia de León ha sido y sigue siendo el lugar en el que yacen cientos de cadáveres esparcidos por los más recónditos rincones. Algunos de esos infaustos lugares ya han sido localizados gracias al empeño de asociaciones y de particulares; en otros se han encontrado los cadáveres de dos, cuatro u ocho personas; los hay también en que los restos se cuentan por cientos. Cada lugar guarda una historia. Es por esto que, aunque realmente no están todos aquellos lugares especialmente significativos y que son resquicios del pasado, este mapa elaborado por leonoticias.com pretende completar la idea original del Mapa de la Memoria y apuntar todos aquellos lugares que Aerle ha señalado que son de especial interés. Por su puesto, cada reseña sobre un mapa cuenta con cientos de historias tras de sí, igual que las 18.316 historias que la Asociación de Estudios Sobre la Represión en León tiene catalogadas en un libro de cientos de páginas. Ahí se recogen los nombres de otras tantas personas que fueron encarceladas, paseadas y/o fusiladas durante la Guerra Civil y la dictadura. Nombres que aparecen en los archivos, en los juzgados o que un particular les acerca hasta sus oficinas. Ellos los recogen, analizan y catalogan para tratar de que su memoria no caiga en el olvido.
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Si echamos la vista sobre la provincia de León, la fosa es el resquicio que más presente está en nuestros días. Hay lugares que dieron descanso a los cuerpos sin vida de cientos de fusilados en casi todos los lugares de la geografía leonesa. Carrocera, Salce, Cabreros del Río, Valverde de la Virgen, Villadangos, San Andrés del Rabanedo, Trobajo del Camino, el Monte San Isidro (por donde se paseaba a los presos que estaban en el campo de concentración de San Marcos), Puente Castro (tanto la fosa del cementerio de León como el campo de tiro fueron lugares en los que se sepultaron a republicanos fusilados), Bellera, Camposagrado, Peñalaza, la comarca de Laciana, Casasola de Rueda, el Alto del Rabizo, Grajal de Campos (donde se han encontrado cuerpos en las cunetas), Fabero, Sahagún… En todos estos lugares existe al menos una de esas fosas que las Asociaciones guardan con celo como lugares sagrados, como ese sitio que simbolizó el fin de mucha gente, pero que ahora significa el futuro en forma de recuerdo.
El Puente de las Palomas
Existen casos como el del Puente de las Palomas, que recuerdan mucho a otros, a pesar de la distancia. Este puente se encuentra en el término municipal de Piedrafita de Babia, sobre el río Sil. Desde la parte alta al río hay unos 80 metros y era el lugar que utilizaban los franquistas para deshacerse de los cadáveres de los fusilados y paseados de las comarcas de Laciana, Babia y Somiedo (Asturias). Las semejanzas con el Pozo Grajero parecen obvias, como si hubiera una unificación de criterios de represión y tortura que no tuvieran en cuenta los kilómetros.
Las calles del franquismo
El nombre de calles y la existencia de placas en algunos lugares también son comunes. Según ha denunciado Aerle, en Oteruelo hay dos placas en las que se puede leer “Arriba España”, una de las proclamas típicas del franquismo, y otra en memoria de Millán Astray, uno de los principales valedores militares de Franco y fundador de la Legión. En Trobajo del Cercedo, algo que también ha sacado a relucir en alguna ocasión Izquierda Unida, existe una calle que aún lleva el nombre del Generalísimo. En Bembibre hay una placa que nombra con Eloy Reigada una de sus calles. Este personaje fue alcalde de la localidad cuando cayó la corporación republicana. Encina Zendón, de la asociación Aerle, asegura que bajo su mandato “se mató a mucha gente”.
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Además, en las iglesias de Villadangos del Páramo, Benavides de Órbigo y Veguellina existen otras tantas placas que hacen referencia “a los caídos por Dios y por España”, esto es, a aquellos militares franquistas, guardias civiles o civiles sin más que murieron durante la Guerra Civil. En otras localidades, como la de Riello, aún queda en pie otro símbolo que los más veteranos aún le recuerda al dolor de la época. El edificio de las antiguas escuelas, ahora en desuso, “servía como ligar donde los detenían hasta que los paseaban”, comenta Encina Zendón, así como los cuarteles de la Guardia Civil “que son célebres porque en casi todos hubo desapariciones y torturas”.
Muchos de esos detenidos eran interceptados en las limpias que se hacían en las localidades hasta donde llegaba la avanzada del ejército nacional; también por los delatores, personas que denunciaban ante los poderes políticos, militares y eclesiásticos sobre la ideología ‘sospechosa’ de muchos de sus vecinos, o incluso parientes; pero también en los frentes. De las batallas que se produjeron en la provincia de León, aún quedan como testigos otros de los elementos importantes de la contienda civil que se conservan y que para las generaciones más jóvenes quedan como iconos de una guerra fraticida. Se trata de las trincheras, que en León muchas de ellas se conservan casi intactas. Hace unas semanas, un incendio en el monte de Olleros de Alba, en La Robla, arrasó más de un centenar de hectáreas y paso sobre unas trincheras de la época. Puebla de Lillo, la comarca de Babia cercana al Puerto de Ventana, son lugares en los que aún se conservan estas infraestructuras bélicas que han sobrevivido 70 años.
Astorga también fue un punto clave en el desarrollo de la represión franquista simbolizado en tres cárceles que existieron en su momento en la capital maragata. “A medida que iban conquistando zonas y avanzando hacia el norte consolidaron Astorga como un punto fuerte”, asegura Zendón. Allí llegó a haber tres centros penitenciarios para republicanos, soldados o civiles, apresados durante el avance hacia el norte del ejército nacional, y incluida la única cárcel mujeres que hubo en la provincia. Entre ellas, la cárcel de Santo Tildes, que ahora es el cuartel donde se encuentra el Regimiento de Artillería de Lanzacohetes de Astorga número 62.
Los resquicios franquistas en la capital
Ya en la capital de León, los resquicios franquistas siguen presentes. Si durante los últimos 20 años se han hecho esfuerzos políticos para eliminar nombres de calles y plazas. Sin embargo aún se conservan y pasan desapercibidas, tal vez por el desconocimiento de que hacen alusión a protagonistas directos de la época. La calle del Capitán Cortés, que comunica la República Argentina con Ordoño II. El capitán Cortés no es otro que Santiago Cortés y González, natural de Valdepeñas, en Jaén, y que murió con 40 años en el bombardeo del Santuario de Santa María de la Cabeza, en Andujar, después de haber participado activamente en la Guerra Civil. Curiosamente su cuerpo fue enterrado en una fosa. En esta calle, además, estuvo ubicado el cuartel de la Guardia Civil de León, escenario, denuncia Aerle, de torturas y humillaciones.

Junto a la Plaza de La Regla, la explanada de la Catedral, se encuentra la calle Domínguez Berrueta, en honor del escritor Mariano Domínguez Berrueta, historiador y propagandista de la Unión Patriótica de Primero de Rivera. Pero también hay otros muchos más. José María Fernández Ladreda fue dirigente de Acción Popular y militar que llegó a ser alcalde de Oviedo y conspiró contra la II República. El general Lafuente, coronel del Regimiento de Burgos, fue uno de los sublevados y atentó contra la Casa del Pueblo. Raimundo Rodríguez del Valle, José María Fernández, Luis de Sosa, González Regueral, Francisco Roa de la Vega, José María Vicente López, Miguel Zaera, Álvaro López Núñez son algunos de los nombres que penden en placas azules como denominación de la calles en la capital leonesa pero que, de algún modo o de otro, fueron personajes relacionados con el franquismo, la Guerra Civil o la propia dictadura, desde un punto de vista político o militar.
Otros edificios del recuerdo
Como edificios que aún siguen en pie y que son vivo recuerdo del franquismo, el Archivo Provincial, que se encuentra en la plaza de la Puerta Castillo, fue cárcel también en la capital leonesa, junto con el denominado campo de Concentración de San Marcos. Además, el edificio del colegio de los Agustinos, según recuerda Antonio Senén, uno de los miembros veteranos de Aerle, servía como parapeto para los francotiradores franquistas, que desde sus ventanas, disparaban a la calle. Como lugar físico también queda un barrio entero, el de Pinilla, que recuerda a Carlos Pinilla, quien fuera, gobernador civil en el año 1940 que aplicó sobre la capital leonesa un rígido marcaje a su población aplicando impuestos o reduciendo racionamientos, aplicando extorsiones y prevaricando.
La iglesia de San Marcelo es, además, lugar de encuentro de nostálgicos del franquismo durante el 20 de noviembre, fecha en la que se conmemora el fallecimiento de Francisco Franco. En su fachada pende una placa en la que recuerda a José Antonio Primo de Rivera.
¿Internet? Ni sí, ni no
Estos son tan solo unos pocos ejemplos de todo lo que ha dejado tras de sí la época franquista, ese periodo histórico de sombras que ahora ha dado el salto a la Red, no solo con el proyecto del Mapa de la Memoria. Cientos de páginas web hacen alusión a este fenómeno, el de la recuperación de la Memoria Histórica, poniendo en común datos de interés o, incluso, para tratar de recuperar la memoria de desaparecidos y olvidados creando bases de datos de familiares de ajusticiados de los que aún no se conoce su paradero. Sin embargo, para los miembros de Aerle, Internet no deja de ser “algo que está ahí” pero que no conlleva para su labor diaria ninguna facilidad y, por qué no, llegaría a echar a perder la manera tradicional de trabajar y de investigar el recuerdo de la Historia. Internet para ellos no deja de ser un lastre a la hora de realizar el trabajo de campo que realizan en ayuntamientos, registros, archivos, iglesias o cárceles. “Internet da pistas, pero no resuelve verdades”, explica Encina Zendón.
“Como no te patees los pueblos y te encuentres con testimonios… Esa es la única forma de hacer cosas”, prosigue la miembro de Aerle, que insiste en que “Internet sirva para acercar más o menos al público la Memoria Histórica”. Sin embargo sí asegura que le gustaría que los trámites que se tienen que seguir para poder acceder al estudio de registros y archivos debería ser algo más ágil y accesible para todas esas personas que, asociadas, lo único que buscan es recuperar lo olvidado. “Es un poco patético, como nos ha pasado, que después de haber obtenido una orden ministerial, un juez te dicte lo que dicen las actas de registro; no nos dejaba mirarlo ni tocarlo”.
Por tanto, la Red se convierte en la cara y la cruz de una situación compleja que está de actualidad por la Ley de la Memoria Histórica y por el empeño de decenas de personas que trabajan por que no se olvide lo que pasó. “En Internet hay alguna cosa útil, pero nada más”. El Mapa de la Memoria es para ellos, un ejemplo. Una herramienta didáctica, pero a la vista de este análisis, inconclusa e insuficiente, pero algo que está ahí dispuesto a recoger el recuerdo de quien aún lo guarda para que, quien no lo tiene, adquiera conciencia de que hace no mucho los vecinos ese pueblo que ahora sirve de deshago los fines de semana para quienes viven en las ciudades se mataban sin razón, o que la calle por la que se camina cada día luce el nombre de quien no quiso libertad, o que el edificio que sirve de estampa fotográfica albergó dolor; que la Historia está viva y presente en la provincia de León.