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Andrea, la mayor de mis nietas, le puso nombre al Palacio Episcopal de Astorga, cuando apenas tenía tres años: “Es el Castillo de las Princesas”, dijo nada más que lo vio. Andrea está enamorada de Astorga y de sus monumentos. Su fantasía infantil la hizo transportar desde los primeros años a una ciudad de maravillas, encantada, en la que cabían enormes iglesias, castillos de princesas y unas altas murallas por las que habrían de trepar los nomos y gigantes de bosques inexistentes en las cercanías de la ciudad bimilenaria.
Ahora, ya con más de diez años, sigue contando imaginaciones a su hermana y a sus primas, cada vez que, en alguna reunión en Madrid, donde viven, sale a relucir el nombre de Astorga. Una imaginación principesca que no vio constatada nunca, porque al entrar en las estancias del Palacio de Gaudí, sus hadas y princesas se fueron escondiendo o transformando en objetos, en imágenes sagradas que conforman el Museo de ‘Los Caminos’. “Porque las princesas solo se hacen ver de noche”, sentenciaba en sus soluciones infantiles. Después, cuando ha coincidido la visita a la ciudad en sesión nocturna, con el Palacio todo iluminado, no es posible traspasar el arco gaudiano del pórtico y sigue vagando su imaginación entre sombras y luminarias.
He recorrido el Palacio Episcopal de Gaudí de Astorga cientos de veces, de arriba a bajo, desde que en 1989 se celebró el centenario de su construcción. Muros y techumbres, puertas y ventanales, escaleras retorcidas como las lianas que iban desde las cúspides a los bajos, han sido la espontaneidad eterna que cada vez me sigue sorprendiendo siempre. Unos bajos que Don Antonio reforzó en los nervios de sus columnas y ojivas con ladrillos brillantes de arcilla jiminiega, diseñada y encargada expresamente por el arquitecto de Reus a los artesanos cacharreros de Jiménez de Jamuz.
En los bajos de sus sótanos quedaron expuestos los primeros legados romanos que iban apareciendo en yacimientos y excavaciones que se hacían intramuros de Asturica Augusta. Lápidas funerarias, numismática, cerámica, pinturas pompeyanas…, pasaron a limpio su aparición bajo las cabriolas modernistas de este palacio. Aunque no se sabe muy bien qué fue de los restos que tuvieron que encontrarse en este solar, cuando se hicieron las cimentaciones, hace cien años.
Y es que Astorga es un muestrario romano, a más de 2.000 años vista, donde a poco que rasques en el suelo se puede pisar la cabeza de un centurión o el moño de una esclava. Precisamente, a la vera del Palacio Episcopal apareció, hace unos años, una de las puertas de la vieja muralla romana, ensamblada con la actual muralla medieval.
Es tarde para averiguaciones y constataciones arqueológicas. Sin embargo, a veces, me uno a la fantasía de mi nieta Andrea y mientras ella imagina princesas en el Palacio, a mí se me ocurren vivencias bimilenarias, por debajo de los sótanos episcopalianos, de esclavos y patricios, administradores de minas y haciendas augustas, labriegos y mercaderes. Quizá le brinde la idea a Luismi Alonso para uno de sus cortos.
Hace unos meses, sentado con cuatro de mis cinco nietas, Andrea y Alba y las gemelas Carla y Claudia (Lucía no hace aún cabeza de filandón, porque acaba de cumplir los tres años) en una de las terrazas de la plaza astorgana Eduardo de Castro, frente al Palacio Episcopal, les fui entrelazando un cuento sobre la marcha de una tarde de verano, que hablaba de todas estas vivencias, mientras las cuatro se embelesaban contemplando las piedras de granito del Castillo de las Princesas. Una narración que, cada poco, se entrecortaba para dar explicaciones al margen, a fantasías y ocurrencias del cuarteto de nietinas, desde los bajos hasta las cúspides del monumento modernista de Gaudí: “Yayo, serían mil princesas, verdad”, dijo una de las gemelas. Y yo, en mi emocionada narración le contesté: “O más, quién lo sabe”
Después, en la vuelta a casa, ya en La Bañeza, las cuatro se despepitaban a raudales, intentando contar lo que su yayo niñón les había pespunteado al buen andar. Era como uno de esos cortometrajes que estos días se visualizan en Astorga, pero con la particularidad de que faltaban las cámaras y el celuloide. ¿O esto último ya no hace falta?
