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El pipiolo, muy atrevido, se puso a conducirlo pisando el acelerador a fondo, a 140, a 180, a 200 o más kilómetros hora, hasta que lo estrelló y nos dejó a todos malheridos, a todos menos a él, el insensato, que salió ileso y sigue aún al volante exigiéndonos que le empujemos.
Segunda parábola:
Había una vez un señor que se encontró un globo y se puso a soplarlo. El globo se fue inflando poco a poco hasta alcanzar al cabo de ocho años un volumen de consideración. Pero las terribles circunstancias de los malos vientos se lo quitaron de la boca y se lo pasaron a un nuevo soplador. Éste, con muchas ganas de soplar, como un poseso, sopló y sopló… y no conforme llamó en pocos años a cuatro millones de expertos sopladores extranjeros para que soplaran más y más… La juerga, aunque terrenal, fue de lo más divina, se lo pasaban todos tan bien…
Pero un día, el “globón” no aguantó más…y les estalló en la cara.
Conclusión:
Ahora, el conductor irresponsable que destrozó el autobús y el soplador incansable que reventó el globo, que es la misma persona, lejos de reconocer sus propias culpas y sus errores, se dedica a buscar “paganos” por todas partes, a endosarles las responsabilidades a todo bicho viviente (también a los ateos, agnósticos y anticlericales). Pero ¡hombre de Dios!, ¿por qué no condujiste mejor y más despacito el autobús…? ¿Por qué no soplaste con menos ansias el globito…?
Bueno, pues el nivel intelectual de España es tan grande que la conclusión que sacan muchos es: Las culpas son todas del señor Anselmo, y si alguna no lo fuera lo será entonces del Espíritu Santo.
Con toda burbialidad, como siempre.
