Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
El adiós de Amancio González
La belleza está delante de ti, cercana, accesible, ahí al alcance de tu alma, y está deseando tocarte un nervio y conmoverte de modo perdurable: ¡no te la pierdas!
19/01/2015
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
Y hablando de belleza bueno es, de vez en vez, dar un paseo innegociablemente lento por la ciudad de León. Sí, un paseo. Aparecen entonces imágenes que, en verdad, uno no había visto antes tal vez porque no se había fijado. La ciudad reciente. Sus pegotes de “modernidad” escultórica como esos pantalones de campana que hay en la Plaza Torres de Omaña o las latas de conserva de Burgo Nuevo o las moscas de Eduardo Aroyo que le quedan a ese rincón tan bien como a un Cristo dos pistolas. Sus rincones grunch como el local junto al Arco de la Cárcel con mezcla de decorado de comic pulp y de escenario de la la peli La parada de los mounstuos llamado el Mongogo. Sus gentes con cara de ángeles infiltrados o de ser capaces de traicionar a los dos bandos. Sus músicos callejeros que parecen figurantes como el acordeonista de la Calle Ancha. La luz de este invierno de increíble belleza...

Pasear al caer la tarde por las calles de León como por las mansiones de los cuentos: viéndolo todo pero sin tocar nada. Y encontrarse, en esa plaza que hay junto al Parque del Cid y cuyo nombre desconozco, “El Adiós” de Amancio González: esa escultura de bronce en la que se ve al musculoso Gigante de Santo Domingo sentado y con un pájaro muerto en la mano. Poesía material. Detrás de la figura hay una dedicatoria escrita a fuego como todo lo que duele, como todo lo que dura. Dice: "A mi buen amigo José Gutiérrez. 1998".

Ese gigante, ese hombre desnudo frente al mundo, parece un monstruo sensible. Grotesco personaje como modelado por el aire del invierno que se retuerce sobre sí mismo igual que las espirales celtas, y sin embargo pasa frecuentemente desapercibido para los transeúntes acaso por su humildad, por su disposición, por no ser protagonista de un espacio sino espectador del mismo. Pero cuando uno se acerca, toca la obra, lee la leyenda escrita en el lomo, cree por eso descubrir en secreto el sentido del jeroglífico, de la escultura:la explicación de lo inexplicable. Y se imagina entonces un comienzo, una pandilla de barrio, un tiempo de avidez y experimentación, vivencias al unísono, preguntas compartidas, risas, un muchacho muerto en plena juventud, en plena primavera...

Y siente entonces, viendo esa conmovedora obra, como fluye en el interior de la misma y en el espectador activo el espíritu humano, la energía, esos valores capitales –como el de la amistad- que hacen girar al mundo sobre su eje.

Ese mensaje, esa conmovedora y perenne manera de decir adiós, se convirtió para mí mientras paseaba en un mensaje elocuente que me hizo preguntarme si en verdad la muerte tiene algún sentido o no es más que eso, una interrupción estúpida, algo parecido a que alguien desenchufe la radio en medio de una canción: al menos como un cometa o un sonámbulo que se va adentrando en la noche –me dije- esta vez la muerte ha dejado rastro.

Luis Artigue www.luisartigue.es
 

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