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Porque lo que se dice artista, artista, con el significado de la Real Academia de la Lengua, pasa por… ¿Cómo te lo diría yo?
Es un artista un artesano que lo mismo se dedica a hacer un botijo, una tartera o una hucha, que un carpintero o un fabricante de navajas, de castañuelas de… Es un artista cualquier persona dedicada a cada una de las bellas artes; o profesionales y aficionados en los espectáculos de teatro o cine; o simplemente aquella persona que hace su oficio con suma perfección. Que conste que todo esto que antecede me lo he copiado de un ‘María Moliner’ que siempre tengo a pie de andamio.
Pero luego están los artistas a lo que se refiere Eugenio o a los que me refiero yo en el encabezamiento de esta columna. Artista, diría Eugenio (o eso creo yo), es el flete leonés que tenemos ahora al frente de este país en la Moncloa.
Artista es un profesional que cada vez que hace un trabajo se le viene abajo a última ahora (o a primera). Artista es el chapuza de turno que llega al tajo, dice aquello de “más vale hacer las cosas que mandarlas hacer” y, al final se chafan todos los palos del sombrajo. Artista es un magistrado que, por mandato o no superior, legaliza algo ilegalizable (esto jode, eh, Eugenio). Artista es…, quisió, que diría mi suegro.
Pero lo que no tolero es la otra acepción: “Eh, artista, sí, sí, tu”. Hace unos días la escuché a un bárbaro de terraza, llamando a un profesional de la hostelería y me cabreé. ¿Qué quieres? Me acerqué a él y, de buenas maneras, le di el nombre del camarero, para que rectificara. Pero fue imposible. Así que lo dejé por imposible, mientras veía que el camarero voceado no le hacía ni puñetero caso a su llamada.
Creo que hay que reivindicar la revolución contra la barbarie del “Eh, artista, sí, sí, tú”. Uno ya ha pasado por esa humillación y mi estado de jubilación pensionada (con la pensión congelada y toda la pesca), no estoy en condiciones de encabezar esta revuelta de indignados ‘artistas’. Pero si seré uno más en sostener, si cabe, la pancarta reivindicativa.
O como decía mi padre; “Joder, con el flete”, cada vez que un individuo se dirigía a él de esta guisa. Nunca supe muy bien, y ya en un artículo anterior intenté dilucidarlo, de donde sacó el palabro. Porque flete en el diccionario viene a significar la acción de alquilar, fletar, un barco, una carga, o simplemente el acto en sí. Sin embargo, en un viejo léxico cubano he sacado lo que podía ser la solución a mis desvelos lingüísticos. Viene a decir que en Cuba se le denominaba flete al que hacía uso del prostíbulo de forma chulesca.
A lo peor, mi pobre padre tenía sus razones para nominar al bárbaro que ostentosamente sacude un “eh, artista, si, sí, tu” para llamar la atención, con esa frase. “Joder, con el flete”.
No sé si habré dado en el clavo con el mandato que me encargó mi amigo Eugenio de Mata. Uno de filólogo tiene lo justito para amontonar letras como escribidor de pueblo y pare usted de contar. Pero ahí queda la cosa. Que en verano, en los días de calor, como este en el que estoy aporreando el teclado, el intelecto no está para mucho.
Apenas una chapuza de un ‘artista’, No te joroba el letrado…
