Sábado 04 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:09 h.
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“La cocina de nuestro convento huele a dulce, a azúcar tostado, a canela, a esencias… a horno antiguo. De nuestras manos y del milagro cotidiano de la harina y el azúcar, de las yemas y la manteca, salen cada día dulces, rosquillas, magdalenas o bocaditos que pretendemos tengan el sabor de lo artesano”, escribe la autora en la introducción.
A lo largo de más de 200 páginas, el volumen repasa el recetario tradicional de las comunidades monásticas, a través de ocho sugerentes capítulos, desde los dulces tradicionales de los obradores conventuales, hasta los postres de frutas, pasando por apartados dedicados a los bizcochos, tartas y hojaldres y a las cremas, natilla y flanes.
De ese modo, Sor Isabel de la Trinidad presenta cada receta con un listado de los ingredientes y sus cantidades precisas, seguido de las instrucciones para su preparación, todo ello acompañado por una fotografía, pintura o fragmento de un lienzo, y de una oración o una frase espiritual firmada por San Francisco de Asís, Juan Pablo II o Noel Clarasó, entre otros.
“Junto a las recetas hemos querido que aparezcan una serie de oraciones y máximas cristianas con el humilde propósito de ayudar a quien las elabore a tener un punto de apoyo espiritual en su quehacer diario. La mayoría de las oraciones irradian algunos de los grandes valores que nuestro tiempo necesita recuperar con urgencia: la pobreza evangélica, la fraternidad, la comunión con Cristo, la serenidad en el sufrimiento o la atención a la sociedad”, apunta la autora.
En la variedad está el gusto
Los huesos de santo, las pastas de almendra, las cocadas de las Clarisas, los pedruscos de San Luis, las rocas de San Francisco, la teresicas, el roscón de Navidad, las rosillas de Santa Paula, las lionesas de Santa Catalina o las yemas de San Leandro, no guardan secretos para esta religiosa volcada en un afán divulgativo con el que ya cosechó un notable éxito gracias a su anterior publicación, de la cual ya se publicaron dos ediciones.
“En la actualidad, los obradores religiosos tienen como finalidad procurar los recursos económicos necesarios para el mantenimiento de la comunidad. Pero, antiguamente, la elaboración de dulces constituía una fórmula de cortesía para agradecer a los benefactores y protectores del convento las ofrendas y donaciones que las monjas recibían de forma periódica”, destaca la hermana.
“Nuestros dulces están elaborados con la sencillez de nuestras manos, porque nuestro quehacer diario tiene como fin la sencillez de la vida. El secreto de nuestros dulces y nuestra repostería está basado en el amor. En el amor sencillo y puro por las cosas bien hechas. Hay que poner alma y corazón en todos los quehaceres cotidianos por imperceptibles que estos sean”, concluye.
Sor Isabel de la Trinidad pertenece, desde hace más de treinta años, a la Comunidad de Hermanas Clarisas del Monasterio de Santa Isabel de Valladolid. Dedicada a la contemplación y al trabajo en el convento donde reside, y enamorada de la vida y del esfuerzo, custodia el patrimonio artístico e histórico que atesora su convento, del primer cuarto del siglo XVI, con fondos de Juan de Juni, Gregorio Fernández, Diego Valentín Díaz y de autores de la escuela de Berruguete.
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