Viernes 10 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Su aspecto, el de Willy, es obviamente moderno, actual. La voz, el habla, menos engolada. El discurso, más natural, desenfadado, tal que fuera natural fluir de algo que se cree profundamente. La intención, tal parece que no intenta asustar o amedrentar, sino tan sólo disculpar, acaso justificar.
Sin embargo, a mí me causa el mismo escalofrío. Si cierro los ojos y le pongo un mínimo de imaginación, podría rejuvenecer lamentablemente y volver a escuchar, mejor, a oír, nunca le presté la debida atención, siempre carecía ésta del necesario respeto para ser completa.
Podría oír, digo, la voz de Augusto Pinochet un triste 11 de Septiembre, que también existió, allá por 1973, en Chile; o la de Jorge Rafael Videla, un primaveral 24 de Marzo de 1976, en que recién comenzaba el otoño y un largo invierno en Argentina, o algún eco patrio del 27 de Septiembre de 1975, después de los últimos fusilamientos en España. El mensaje era el mismo: "terrorismo", "traición a la patria", "no era nada más (y nada menos añadiría yo) que un delincuente común", "delitos contra el Estado".
¿Estamos locos? ¿Por qué toda fe, tal que mal amor, ciega? No tengo más respuesta que más preguntas.
Y por eso, yo me pregunto leve: ¿un presunto disidente político no es sujeto de derecho, de los derechos humanos?, ¿no lo es un delincuente común? No necesito respuestas. Yo sí las tengo, así, con acento en el sí afirmativo, ya me he librado del si condicional.
Pero todo esto no es nada, son preguntas tendenciosas, manipuladoras. No se le ocurra hacérselas a usted mismo. Por fortuna, ya alguien, en esta red, ha proclamado la verdad revelada: "el actor Willy Toledo, linchado por la mafia mediática tras hablar claro sobre el caso Zapata".
¡Gloria a la Idea!, ¡Gloria!. Ya se ha obrado el milagro. Ya yo soy un mafioso y Willy no ha errado, ¡se ha inmolado! ¡Gloria! ¡Gloria!.
Necesito una rosa para tanta sinrazón. Y porque estimo y admiro también muchas cosas de Cuba -así me enseñaron-, también de la actual, y más de muchos cubanos, con Rosa Montero digo que el silencio -y yo lo he mantenido- es imperdonable.
