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Desde luego, ni pasa desapercibido, ni te deja indiferente. Un rincón mágico en la ciudad de St-Malo. El que yo me he permitido el lujo de llamar “el bar de los columpios”. Ni siquiera conozco su nombre original, ni falta que nos hizo para entrar. Lo primero era sentarse en uno de esos columpios, que colgados del techo, hacen la vez de taburetes en cualquier bar español. De soga gorda y de madera, no se estaba del todo incómodo sentado allí. Y sólo era el principio.
Las paredes, los techos, las estanterías, todo…. Hasta una gigantesca lámpara blanca que parecía una araña de cuatro brazos tenía apoyada en sus curvas muñecas de todas las clases. De todos los tamaños, indumentarias, colores, hasta marionetas, teatrillos… “El bar de los columpios” parecía un museo de muñecas de todos los lugares del planeta.
Sorprendente, sí señor! Y su dueño no lo era menos. Un hombre maduro francés, que tapaba su evidente calvicie con una de estas gorras que tienen una visera pequeña, son grises y de cuadraditos. Un dueño hinchado de orgullo ante mi perplejidad al ver cómo habían colgado tantas y tantos artilugios por todos los lados.
Lo más sorprende era el baño, a través de un confesionario se accedía a un lavabo y a un retrete. Eso sí, con paredes decoradas con mapas antiguos de Francia, que en otros tiempos seguro habían utilizado los niños en los colegios.
Después de tomar una infusión y una cerveza, y cómo no! de recibir la habitual “clavada” de un sitio así, tocaba descansar para seguir descubriendo la magia de la bretaña francesa. Hasta el siguiente capítulo. Que sean felices.
