Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
De la galería del personajes infiltrados entre las personas en esta ciudad 
L. es una de esas personas que parece llevar tatuado en las mejillas el mapa de Logroño. Una vez le vi llevando una americana blanca que le quedaría mal hasta a una cebra. Ustedes le reconocerán porque habla con tono de teórico de revoluciones.
13/11/2013
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En efecto viste mal pero le queda  bien. O no mal, diferente a juego con su piel, con su luz, con esos ojos suyos poliédricos que nunca parecen estar mirando a nada de lo que tienen delante. Y es que ciertamente va por ahí algo desgarbado, pero conserva el porte señorial de quien alguna vez llevó un frac. ¿O era un chaqué? ¿O un smoking?... Bueno, el caso es que se le nota que en una ocasión fue a la fiesta vestido de pingüino.

Ya saben, hablo de ese rubio de imaginación iconoclasta que, aquí en León, va de bar en bar a horas esotéricas contando historias que parecen parábolas y parecen verdad. Sí, ése, el carismático derrotado que ha logrado elevar su nivel de conciencia sin dejar atrás al mundo, y por eso escucha a la gente y desata nudos emocionales sin que el oyente en principio lo note.

Para L. el mundo es una especie de puente de tablas por el que él avanza así, despacio, fijándose en las personas y silbando baladas celtas como repleto de quietud. No tiene reloj pero sí tiempo. Conoce todos los locales que no cierran nunca –sólo abren-. Y camina integrándolo todo en su devenir mientras colecciona rostros y auras de mujer. Es antiguo si ser caballeroso es algo antiguo, y es eterno si ser anacrónico implica ser eterno. Posee la hondura simbólica de quien es capaz de subirse a beber con una amiga a una azotea porque dice que allí los aviones pasan tan cerca de la gente que parecen deseos. Y es que es un borracho con clase, claro: por eso puede mofarse de todo y contagiarnos demostrando que la risa es el instante en el que la mente encuentra una solución.

   Pero ahora ha aprendido a destilar la soledad y por eso rehúsa enamorarse para no volver a sentirse prescindible, aunque con su singularidad y su brillante vitalismo resulta un partido atrayente para las locas de la vida, tan abundantes por cierto en esta sorprendente ciudad. Pese a todo L. aún se encapricha a veces de  mujeres-vampiro sin razón lógica pero con pasión mágica, estética y efímera. ¡Ah, qué emocionante la vida emocional!

Huye de los convencionalismos –asumiendo el sufrimiento que eso conlleva- consciente de que las dificultades bien encaradas rejuvenecen. Y es que trabajó en Irlanda como economista, y recuerda por eso que para no pecar de tristeza laboral hay que llevar lo de que se usa el cerebro en secreto. También fue profesor, y aún lo es: enseña inglés por libre mientras instruye en el arte de la alegría pues nació con el divino don de la risa y convencido de que el mundo está loco.

Ah, alguien, acaso él mismo, me dijo que L. una vez fue al psicoanalista porque creía que todos los terapeutas psíquicos estudiaban argentino en la universidad. De hecho durante algún tiempo pensó que Mario Benedetti era psicoanalista, aunque más tarde se dio cuenta de que no; que era  uruguayo. Desde entonces ya sólo cree en la risa, y por eso adora el teatro, los mítines políticos y otras fiestas propicias para transformarse. “Lo mejor de León es el Martes de Carnaval”, me asegura. Antes siempre se disfrazaba... Un año iba de puta... O acaso fue año y medio.  

Sé que a primera vista parece sólo una versión posmoderna del Ulises de Joyce, pero les aseguro que tendrán suerte si cualquier día se lo encuentran. Cuesta localizarle pero cuando lo logren tengan en cuenta que pueden contar con L. para reírse de todo, para que les escuche sin juzgarles, para que les ilumine o para llorar un lunes, sí. Pero tengan en cuenta al despedirle que él esa noche no sabe dónde dormirá, ni si se despertará…. Lo único seguro es que esa noche L. eyaculará estrellas de todos los colores... 

Lo sé muy bien porque yo soy L.

Luis Artigue

www.luisartigue.es 

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