Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
De la galería de personajes perdidos de esa gran novela que es la ciudad de León
“El fluir del manso río discurría en los oídos de Ambrosio Leda como el rumor de las conversaciones que percutían en los vericuetos de la ciudad de Balma” dice Luis Mateo Díez en la página 441 de La soledad de los perdidos, su próxima novela, que, editada por Alfaguara, saldrá a la venta el próximo 17 de septiembre.
10/09/2014
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
Se trata de una magistral novela atmosférica de largo aliento, y de alto nivel de invención, y con alegórico doble fondo, y con un poso de tristeza como de coito irresoluto  de fondo, y, sí, con regusto de novela clásica en la prosa: es la mejor de cuantas ha escrito nuestro autor sobre el territorio mítico de Celama, en mi opinión. Y en ella sobresale su prodigiosa descripción de la Barma, La ciudad de sombra, una urbe pequeña y amiga del comercio  de susurros y secretos dibujada con talento abrumador, y la cual, a mi juicio, se parece en no poco a nuestra ciudad de León, también urbe sacralizadamente inquietante como un tenebrario, también ciudad invernal con cielo como de alumbrado de posguerra en la que todo tiene algo machadiano de conversación aguardentosa entre un maestro, y un obispo, y un gobernador civil, y por ahí todo seguido…

La ciudad de León, como esta gran novela de Luis Mateo Diez, es en sí misma una metáfora de alta resolución.

Sé que a mi maestro LMD no le gusta que compare Celama con León         –desde aquí te pido perdón de nuevo- pero me ha conmovido tu personaje Ambrosio Leda, maestro acorralado por la realidad postbélica que tiene que esconderse de día para conservar la vida y, al hacerlo, se convierte en un fantasma, esto es, en un espectador sufriente pero privilegiado… ¿Y no es eso mismo todo escritor?

De verdad que a mí, sujeto tremendamente subjetivo, se me ha hecho difícil al leer esta novela no pensar en la ciudad de León, pues, lo confieso, de hecho yo tengo el placer de haber conocido y tratar con frecuencia a un Ambrosio Leda… Se llama Carlos Cornejo.

Abstemio de alcohol y borracho de palabras, Carlos Cornejo es un sabio loco y feliz que lee durante cinco horas al día por los bares de León como un ángel de incógnito. Lleva haciéndolo casi veinte años después de una prestigiosa vida de profesor que a él le pareció un preámbulo. Conocerle se parece a recordar que la vida se trata precisamente de descubrir cuál es tu camino y empeñarte en avanzar por él (el nuestro, de hecho, fue un encuentro arquetípico, y así lo narro en mi novela Las perlas del loco Ventura).

Ha decidido leer porque para él eso equivale a disfrutar, y ha optado asimismo por no escribir porque no lo necesita. ¡Vive para teorizar! Sin embargo cualquiera, en cualquier bar, puede acercarse a su mesa para preguntarle algo a quien ha leído tanto que parece poder relacionarlo casi todo. Atiende. Entiende. Regala respuestas y despierta torrencialmente emociones. Es el amo del tiempo: hasta que le conocí pensaba que la libertad era una alucinación imposible, pero no.

Desde la altura que le otorga su compromiso con la felicidad lo mira todo, lo traduce todo a su lenguaje, mientras camina como una conciencia en búsqueda por Ordoño II hasta la calle Ancha para llegar al fin al lugar de esta ciudad en el que nada cambia porque precisamente está basado en la inmutabilidad: el casco antiguo. O para cruzar el río sin el extravío de la prisa, y llegar al Paseo de Salamanca, y entrar cada tarde-noche en un delicioso café literario con grandes cristaleras con vistas a la vida llamado El Arpa. La gente, entre la algarabía, le ve leer como dándose cuenta de que la lectura, más que un acto de soledad, es una conversación repleta de retazos luminosos. Quien le conoce comprende que en ese ciudadano metafísico, en ese ser al margen de la actual degradación de la realidad, la felicidad, más que posibilidad, se ha convertido en naturaleza.

Sí, es un hombre de fe que vive como un asceta; por eso siempre anda preguntándose sobre el sentido último de todo, y por eso vive al margen de la fuerzas titánicas del dinero porque, como su tocayo Carlos Marx, el llama al dinero «la gran ramera universal» (de todos modos su marxismo no procede de Carlos Marx sino de Groucho)... Actualmente su autora favorita es Adrienne von Speyr, y su ascetismo se ha convertido en el estado de ánimo propicio para leer una y otra vez cada tomo de la estética teológica de Hans Urs von Balthasar.

Conversa sobre política sin escepticismo pero portando esa capacidad desmitificadora de quien, amparado en su refinado sentido común, no cree que el ser humano pueda explicarse por sí mismo, y en este sentido soy testigo de que, en lo que se refiere a su vida, «el azar» conspira en su favor.

Las mujeres le buscan tratando como de adoptarle, pero él está ya muy curtido en el arte de defender su soledad. Los estudiantes y los bohemios piensan que les inspira. Los locos de la vida aseguran que les alivia. Los camareros, al referirse a él, dicen sin pronunciarla la palabra carisma…

Sí, León debiera ser declarada por la Unesco Ciudad de la Literatura porque vivir en este lugar misterioso, en este emplazamiento urbano a su manera, se parece a aprender a diferenciar a los personajes de las personas. De hecho en el caso de Carlos incluso a mí su vida me parece ficticia, pero les aseguro que se trata de un proceso real.

Una vez escuché a Luis Mateo Díez referirse a estos tiempos nuestros como la era en la que la ciencia psíquica hasta es capaz de detectarte un mal biberón… Yo acabo de leer su última novela, y, que cabrón es Sigmund Freud, he detectado algo así como el negativo fotográfico de la ciudad en la que vivo, y hasta he visto en estas páginas así, trasmutado, traslucido, a uno de las personas-personaje populares del León de hoy también repleto de daños colaterales, nocturnidad, alevosía y cantinas con encanto…

Les recomiendo encarecidamente la lectura de La soledad de los perdidos.

Luis Artigue

www.luisartigue.es

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