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León  Intervalos nubosos
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Leonoticias
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OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
De la gaita: una aproximación
Bocamar. Se hace cierto el precioso verso de Carmen Conde: “Que gran ligereza tiene la tarde. Apenas insinuada ya quiere apagar las antorchas”...
09/11/2007
DEL CUADERNO CASI DIARIO
...Hice parada en Avilés, paseé por sus calles antiguas y El Parche, su Plaza Mayor, su Plaza crítica. Me invadieron sones de gaita que festejaban civiles matrimonios. Y, sin querer, se encendió mi memoria (y yo que pretendía tenerla apagada hasta el crepúsculo y reservarla para mejores recuerdos) dándome pie de entrada, siniestro, para esta cavilación que sigue.

Porque la cosa es que por los señores de la gaita tengo yo un afecto especial y, claro, no podía dejar pasar la oportunidad que me insinuó la foto que de la protesta de los alumnos leoneses el pasado martes, un martes más, reprodujo este periódico.

León, este León capitalino de nuestras labores y nuestros días esta convirtiéndose, de alguna manera, en capital de la gaita.

Por lo que sé la cosa comenzó antes de la inauguración del bilingüismo administrativo, mejor, político-administrativo. Empezó con el traslado a Armunia del profesor de Gaita del año pasado, con lo que los alumnos que quisiesen seguir aprendiendo con él, de él, se verían obligados a trasladarse a la, con todos los respetos, pedanía, en vez de continuar, como parecería natural en los céntricos locales del Inter (junto al Seminario Mayor). Esto fue realmente lo que comenzó a inflar el fuelle. ¿Quién le dio al soplete? El concejal delegado para educación, nuevas tecnologías y cultura leonesa. De la cosa, como de casi todo, hay dos versiones. La una, acercar la cultura al extrarradio, es bonita, pero como que no cuela en esto, la otra, el inicio del acoso y derribo del tal profesor. A los que peinamos canas, y ya casi necesitamos un peine con gps para su localización, mirando la distribución geográfica de la oferta cultural municipal como que la imaginación nos pinta un alguien garlopa en mano, hincado o a horcajadas de poderoso o competencial sitial, abocando al citado profesor a un hipotético puente de plata.

Pero la cosa no quedó ahí. Aquí fue cuando la leonesísima concejalía se acordó de que tenía que comenzar con la cosa lingüística, puntero de toda cuestión nacionalista que se precie. Y qué mejor ocasión que comenzar con estos ciudadanos, ya iniciados en el toque de la gaita, a tocar la gaita. Como hay mando en plaza, pues que se note. ¡Hala!, todos otra vez a cubrir el impreso de matricula, pero esta vez en leonés y castellano -que el orden es el orden y bien está estar juntos pero no revueltos- y como el leonés dicen que es cosa más antigua y por tal sus sabedores pueden ya sufrir el normal desgaste visual, que se les ponga en letra más gorda que a los castellano parlantes que son vulgo en estos lares, que ésta es la razón verdadera y no otras preeminencias que algún castellanista ha querido ver en la tal delicadeza.

Y aprovecho este punto, y aparte, para aclarar que no será este suscribiente el que se oponga a la conservación del vario patrimonio de acá y acullá, ¡quia!, ni el que se oponga a su estudio y conocimiento, pero de esto, cosa cultural, a su imposición, cosa política, como que no, ya que sabemos de los réditos, intereses, que tras esa cuestión capital, para algunos, se devengan. No somos vírgenes, no nos hagamos los mártires.

Resta hablar de las dos partes sonoras de la gaita. El roncón suena, como mínimo, cada martes en las cercanías del Ayuntamiento leonés. Lo escucha el alcalde, se hace el sordo y calla. Así son los equilibrios. También lo escucha Abel Pardo, pero andan sus oídos a otras músicas, mira de hacerse con la orquesta toda el día 25 o, al menos, ser primer violín. Además se siente fuerte sabe que tiene en su mano el ronquín y que sus decires siempre irán una octava por encima del roncón.

Así son las cosas del poder y los ciudadanos: una gaita.

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    Bocas
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