Viernes 10 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
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Eran comidas de pobres y, los más de los aconteceres, acompañadas de otras viandas de buen remojo de pan para llenar andorgas de hambres, necesidades y miserias. Pero, ay salado, hoy todas esas comidas pobretonas han entrado en la nueva, en la alta gastronomía y hacen temblar las carteras y las tarjetas de crédito, cuando apuras el último suspiro de un regojo de pan en mojes rojos o de un chupito de orujo, tras degustar (más que nutrirse) algunas de estas comidas de pobres de antaño (y no mucho antaño, oiga, apenas 30 o 40 años).
Por aquel entonces, las setas que comíamos los pobres en La Bañeza, (mi pueblo y las costumbres que más conozco) apenas pasaban de las de ‘cardo’, ‘chopo’, champiñón o ‘níscalos’. Y pare usted de contar. El resto de hongos quedaba solo para los muy entendidos, dado que la toxicidad era de pena de muerte, a poco que te descuidases y confundieses los colores pardos de las exquisitas con las venenosas.
Se apañaban como buenamente se podía y su condumio pasaba siempre por el acompañado de patatas, otros frutos del huerto y, si se terciaba, con carne para guisar. Siempre, dándole fuerte a los panes de hogazas gordas de miga y corteza tersa, con que llenar la barriga, como la mejor excusa para volver a recorrer los prados y los planteles, a poco que cayera un rociado de lluvia otoñal.
De ancas de rana seré uno de los que más sé de su historia en esta ciudad, en esta tierra en la que los batracios están presentes hasta en los papeles oficiales de la historia bañezana como mejor bandera de sabores eternos. Entonces había en La Bañeza varios personajes apodados ‘pescarranas’, como la peor imagen de su desprestigio seudolaboral o simplemente pescadores a ojete y calzón caído.
Su preparación en los viejos figones de las casas de comidas de baja estofa, merenderos de mesas y bancos corridos, pasaba siempre por el ahorro en el resto de condimentos que acompañaban a los muslos raneros. Los cuales no sobrepasaban nunca del aceite (poca y de estraperlo) o manteca, unto, harina, cebolla, ajo, pimentón, guindilla, perejil y pimientos rojos para decorar. Con el mejor estandarte de unas buenas hogazas de pan, para poder arrebañar el moje untoso en el que se ahogaban aquellas nalgas saltonas, que las jarras de vino encalcaban para adentro.
Los peces y cangrejos de río eran el mejor acompañamiento a las mil formas de prepararlos. Pero aquí he de recordar un acólito importante que, con el tiempo, derivo en sopas de trucha, aunque preparadas de otra forma. Bien guisados o fritos (coscurrudines), con las cabezas y los peces de menor tamaño, una de las cocineras que después nombraré hacía una especie de fumé con las que confeccionaba unas exquisitas sopas de ajo, con sabor a río, que quitaban el sentido.
En este apartado de la vieja gastronomía quiero rendir homenaje a tres familias, a tres mujeres que supieron hacer de la miseria de antes y después de la Guerra Civil, verdaderas maravillas con estas materias primas, arriba descritas. Fueron pioneras en la preparación de manjares propios de dioses, al que solo teníamos acceso los pobres y aquellos pudientes que se dejaban acariciar por la compañía de los menesterosos. Los precios siempre eran caros en aquella época de miseria (hace 50 años), pero algunos se sonrojarían ahora si supieran que con un duro podías quedar como un reloj y la andorga llena.
Tres mujeres que tendrían que estar en la historia de las altas gastronomías provinciales y regionales, a poco que algún crítico de la buena mesa escarbara entre la historia de estas comidas. Ellas fueron las hermanas Josefa y Jesusa Cuervo y la matrona de la ya desaparecida ‘Casa Boño’, Catalina Alba. Josefa estuvo a cargo de los fogones del merendero ‘El Túnel’, en la subida al hoy barrio del Jardín de La Bañeza, junto con su hermana Jesusa, que después pasaría a otro merendero, ‘La Parra’, en el camino de Santa Elena. Mientras que Catalina fue el alma mater de la ya citada ‘Casa Boño’, en la calle Fernández Cadórniga, o más conocida por la calle de la Verdura.
Cada cual tenía sus secretos aunque, casi siempre, coincidentes, sobre todo en lo que se refiere a las ancas de rana. Las recetas de las dos hermanas eran similares a las de Catalina la de Boño y su fama recorrió (y recorre aún) el boca a boca de las gentes de buen comer, cuando ya este condumio entraba en la alta gastronomía.
Hoy, aquellos batracios, que eran plaga, son escasos y muy caros para poder llamar a sus patas comida de pobres. Las tres cocineras han desaparecido. Pero sus recetas pasaron de padres a hijos y a nietos y siguen siendo los guardianes de las verdaderas y antañonas ancas de rana y sus mojes picantones. Hace unas semanas, en una comida familiar, uno de estos herederos nos ofreció, dentro de nuestra amistad, las últimas ancas de la temporada y volví a recordar aquellas mesas y bancos corridos de ‘El Túnel’, en las mesas de la Ruta Gallega en Riego de la Vega, herederos de la señora Josefa. Otras veces ese recuerdo llega en el restaurante Los Ángeles en Valcabado, sucesores de la Señora Jesusa, O en Las Torres, de La Bañeza, de la línea de la señora Catalina. Buen provecho.

