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OPINIÓN POR JUAN GARCÍA CAMPAL
Como para callarme la lengua
A finales del mes de mayo tuve noticia por el diario elmundo.es del –hoy ya famoso– Manifiesto por la lengua común...
17/07/2008
DEL CUADERNO CASI DIARIO
... Lo leí, lo firmé. Sí, ya lo sé, quizás hubiese quedado mejor decir que todo fue a través de la página de Unión Progreso y Democracia, pero la cosa fue como fue y punto.

Días después de haberlo leído y firmado, publicó en 'El País' don Antonio Gamoneda su tribuna 'El Manifiesto ya no es razonable', la cual, a seguir diciendo verdad, me causó tribulación (no de la de “persecución o adversidad que padece el hombre” que podría pensar alguno, sino a modo de “congoja, pena, tormento o aflicción moral”) dada la alta estima en que mantengo a don Antonio. Y por ello, y por más de un mes, me he mantenido en silencio al respecto del Manifiesto, leyendo más, aquí y allá, las diversas interpretaciones que cada cual al mismo ha dado y releyendo, por si mal lo hubiese yo leído el susodicho Manifiesto.

Y siendo hoy dieciséis de julio, cumpleaños de lo más importante que en la vida he hecho o ayudado a hacer –Lara, mi hija– y no considerando nunca que hacer mutis de los asuntos que, como ciudadano libre, libremente, con libre mente, a uno le atañan sea cosa ni ejemplar ni de buena consecuencia educativa y como, a mayor abundamiento, es hoy día del Carmen, patrona del mar, a qué más esperar para lanzarme a navegar sobre el tan proceloso asunto del Manifiesto por la lengua común, si hoy releído éste y leído tanto sobre él y yo mismo como desaprensivo firmante, aún lo siento más urgente y necesario. Vamos pues a ello.

 

Sigue sin ver servidor, por más lecturas que le he dado al texto en cuestión, ataque alguno contra las lenguas cooficiales del Estado y menos aun el “discurso pretendidamente homogeneizador y centralista que subyace” en él como afirmó GALEUSCA, la asociación de escritores, entre otras perlas que no reproduzco por no cabrearme. Claro que, a lo peor, dado mi corto saber y entender igual cuando leo y firmo que Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas -el castellano- goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen estoy en realidad afirmando otra cosa. No sé, quizás, volveré a hacer algún curso de lectura.

También es posible que cuando leo y firmo que 'Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas'. O sea: los ciudadanos que hablan cualquiera de las lenguas cooficiales tienen derecho a recibir educación y ser atendidos por la administración en ella, pero las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes ni a imponerse como prioritarias en educación, información, rotulación, instituciones, etc... en detrimento del castellano (y mucho menos se puede llamar a semejante atropello «normalización lingüística») esté en realidad muy ladinamente mermando o conspirando contra el constitucional derecho de algún conciudadano a expresarse en su lengua materna cooficial.

Cuando leo y firmo que 'En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua cooficial, junto a la obligación de conocer la común del país' (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la Administración pública. Conviene recordar que este tipo de imposiciones abusivas daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos, recortando sus alternativas y su movilidad, es más, cuando lo releo, no veo ni siento yo que esté atacando el derecho de nadie sino defendiendo el de tantos que no queremos dedicar nuestro tiempo y esfuerzo al aprendizaje de ninguna lengua cooficial pues utilizamos la oficial y común a todos con un nivel de conocimiento suficiente para nuestro apaño.

Claro que es posible que me haya puesto imperial y atacado el derecho y la identidad de algún territorio histórico o de alguna lengua cuando leí y firmé que Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que «las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas. Cumplido sobradamente hoy tal objetivo, sería un fraude constitucional y una auténtica felonía utilizar tal artículo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano en alguna de las formas antes indicadas. Sin duda, sin duda no he atacado el derecho de conciudadano alguno y sí defendido el de muchos, pero, ya digo, quizás yo haya leído mal y firmado en barbecho.

 

Y si falto a alguien, conspiro contra alguien, o me declaro homogeneizador y centralista cuando, como consecuencia de todo lo anterior, como simple ciudadano me dirijo a mis representantes parlamentarios, es decir, a todo el Parlamento para solicitar una normativa legal del rango adecuado (que en su caso puede exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente los siguientes puntos:

1. La lengua castellana es COMÚN Y OFICIAL a todo el territorio nacional, siendo la única cuya comprensión puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.

2. Todos los ciudadanos que lo deseen tienen DERECHO A SER EDUCADOS en lengua castellana, sea cual fuere su lengua materna. Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.

3. En las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a ser ATENDIDO INSTITUCIONALMENTE EN LAS DOS LENGUAS OFICIALES. Lo cual implica que en los centros oficiales habrá siempre personal capacitado para ello, no que todo funcionario deba tener tal capacitación. En locales y negocios públicos no oficiales, la relación con la clientela en una o ambas lenguas será discrecional.

4. LA ROTULACIÓN DE LOS EDIFICIOS OFICIALES Y DE LAS VÍAS PÚBLICAS, las comunicaciones administrativas, la información a la ciudadanía, etc... en dichas comunidades (o en sus zonas calificadas de bilingües) es recomendable que sean bilingües pero en todo caso nunca podrán expresarse únicamente en la lengua autonómica.

5. LOS REPRESENTANTES POLÍTICOS, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.

Si falto a alguien, conspiro contra alguien, o me declaro homogeneizador y centralista, digo, al leer y firmar todo lo leído y firmado que venga dios y lo vea, que igual me reconvierto, pues comenzaría a creer en los milagros, y por algo siempre se empieza.

Por último, y en relación con la tribuna de don Antonio Gamoneda, recuerdo cómo tuve un maestro que, mientras nos enseñaba a leer, paseaba entre los pupitres con el mismo libro en las manos que con el que nos afanábamos en desasnarnos y cómo. cuando algunos de nosotros erraba en la cosa el dicho libro de él se convertía en martillo que corregía las imperfecciones de nuestra lectura y dicción en el yunque de nuestras cabezas. ¿Cabe peor utilización de un libro y más siendo de aprendizaje? No lo creo. Sin embargo, la utilización por el maestro de dicha potencialidad armamentística del objeto libro, para nada me alejo de la lectura, como tampoco lo hizo comportamiento tan poco pedagógico por parte de aquel maestro, perdón, funcionario de la nada enmascarada política educativa de la época. ¿Qué no era política entonces, qué no lo es ahora en realidad?

No se vea crítica en esto a la afirmación de don Antonio de que el Manifiesto ya no es razonable, si acaso, a su excesivo celo justificador. Yo siempre reconoceré a don Antonio, a todo el mundo, y no por generosidad sino porque para mí también así lo quiero, el derecho a contradecirme, a desdecirme, a llevarme la contraria, a instalarme en la contradicción. Y ello porque, a veces, no hay mayor esclavitud que la coherencia. En la incoherencia reside muchas veces la libertad, y desde luego, entre libertad y coherencia, ¡Viva la libertad! Lo demás son eslabones de cadenas, sapos intragables. Y por eso mismo, cuando leo y escribo y firmo en español no necesito de guardianes de las esencias y menos aún trujamanes idológicos.

http://juancampal.blogspot.com/
 

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    Bocas
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