Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Cómo leer a Gamoneda
A ti, que de todo lo que nunca he tenido eres lo que más echo de menos...
08/01/2015
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
...Crees que me conoces pero no sabes que acabo de releer eternamente ese último poemario de Antonio Gamoneda titulado “Arden las pérdidas” (Ed. Tusquets). La vida nos reúne y nos separa, y lo que antes fue cariño hoy se ha convertido en un frío polar que nos ha dejado así, solos y abrigados, como insinúa ese libro intenso, condensado, triste; ese libro elocuente e ininteligible como el amor.

Entonces recitábamos en voz alta sentados en la acera de tu calle los poemas de la primera etapa de este poeta: yo declamaba de memoria “Amor” y tú me leías el titulado “Mala conciencia”, fluíamos, los rescribíamos en el vaho del cristal y nos los bebíamos hasta emborracharnos.

Luego vino un momento oscuro entre tú y yo, que coincidió con la llegada a nuestras vidas de “Descripción de la Mentira”. Volvimos a leer ese otro poemario juntos como dos que, en la noche, se introducen en el bosque con una lámpara buscando un tesoro. Lo leímos. Tú decías que no entendías nada y yo te respondía que no había nada que entender, que bastaba con intuir; tú insistías en que aquello era demasiado cifrado, casi hermético, y yo volvía a explicarte que la vida era cifrada y hermética y ese libro nos ilustraba eso brillantemente mediante el continente y el contenido; tú decías que no y yo te convencía de que sí; tú asegurabas que aquella poesía escrita así no servía para nada y yo te hice ver que aquella poesía tan universalmente escrita servía, entre otras cosas, para hacernos ver que ya no nos soportábamos.

Tras tanto besarte con las gafas puestas, ansiolíticos, excentricidades y amor de neuropsiquiátrico, la palabra nosotros se nos había caído al suelo y hecho añicos y no pudimos reconstruirla pegando los fragmentos. La soledad me trajo nuevas impresiones y, por lo tanto, nuevas certezas y supe entonces que nunca te había querido, que no me habías querido nunca y era bueno que nos separásemos aunque fuera tan desgarradoramente.

Me fui pues conmigo mismo a vivir el invierno de estar sin ti. Justo entonces llegó a mis ojos el “Libro del Frío”: frío de límites, de pérdidas, el lenguaje de la ropa fúnebre, la nomenclatura de quien sabe extraer verdades cifradas de lo negro de la existencia, de lo negro del paso del tiempo. No consigo aceptar –te lo confieso- el hecho probado de que existan otros ejemplares de este texto aparte del que yo poseo; el hecho de que este libro no haya sido escrito sólo para mí. Lo que resulta obvio es que habla, entre otras cosas, de mí. Y de la ausencia de ti.

Ahora acaba de ver la luz este otro libro que parece póstumo, “Arden las pérdidas”, y al leerlo, al comprenderlo sin entenderlo, he compartido esa sensación de quien hace repaso y ajusta cuentas; de quien mira hacia atrás con perspicacia lírica. En esta poesía de la experiencia, de la vivencia, el lector podrá advertir como, al llegar la vejez, la auténtica luz y sabiduría vital radica en contar entonces con una memoria ética y una conciencia global de uno mismo y del mundo. Podrá advertir por tanto la importancia de la madre, de la infancia, el dolor de la ira –esa palabra, gracias a Dámaso Alonso, nos hace pensar inmediatamente en la Guerra Civil-, la tristeza con toques de jazz, la carcoma; observará, en suma, la lucha final de la memoria contra el olvido porque así, parece decirnos el autor, se define la vejez.

He aquí un libro en el que cada palabra cuenta, escrito con la precisión y la sabiduría de quien sabe que el reloj de la existencia se le está empezando a quedar sin cuerda. Se trata de un poemario, además, repleto de sorpresa e imaginación, metáforas imposibles, combinaciones insólitas de palabras, ambivalencias constantes que nos dicen tanto sobre la vida y el lenguaje, como sobre la transgresión. Yo acabo de llenarme de él esta semana: lo he leído pensando en ti, susurrándotelo al oído ahora que te has ido y me da igual. He leído este libro y ya forma parte de todo lo que te pierdes.

Por eso no pienso llamarte para decirte que lo saborees despacio, que te sumerjas, que bucees en el océano de estos poemas para encontrar peces de colores y también tiburones. No, no pienso volver a explicarte que en la poesía de Gamoneda cada palabra es un punto de partida para la meditación, como en el Zen. No pienso telefonearte ni volver a enamorarme... Aunque, cuando leas esto, por favor llámame tú.

Luis Artigue
www.lusartigue.es
 

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