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Para mí es evidente que los “pelotones de fusilamiento” que nos “conducen” a la ruptura de España, sólo aceptan las leyes y las normas de convivencia cuando les son favorables. Y cuando no es así pues se ciscan en ellas, y en paz. El señor Montilla es Presidente de la Autonomía Catalana no sólo porque lo hayan elegido los votantes catalanes en lista cerrada y bloqueada, en elección indirecta. Lo es sobre todo porque la Constitución Española de 1978 lo faculta y lo ampara. El derecho de don Pepe, todo el derecho, procede de la Constitución, de la misma Constitución que, cuando a vuecencia no le interesa, se cisca en ella públicamente. Si jugamos al tute, cacho perros independentistas, las diez de últimas tienen que ser para el que se lleve la última baza, seas tú (nacionalista independentista), o sea yo. Las reglas del juego y de la convivencia no se pueden burlar ni es ético cambiarlas sobre la marcha, a voluntad del más bruto, del más terco egoísta, del más cacho cabrón cobarde.
Una de las imágenes más horrendas que siempre estará en mi memoria corresponde al iluminado Tejero que, con pistola en mano, trataba de zancadillear y tirar al suelo al digno General Gutiérrez Mellado. ¿Cómo es posible exigir obediencia ciega a sus guardias civiles de rango inferior al suyo y, sin embargo, no sentirse el golpista con la obligación de respetar a su vez a un superior, muy superior en edad, dignidad y gobierno?
En contra de las tesis de muchos “doctos analistas políticos” (cuyos nombres omito en aras de la caridad cristiana que practico) escribí muchos artículos explicando que la solución en Euskadi no pasaba por el PNV, pues, bien al contrario, era precisamente él, el Partida Nacionalista Vasco, el verdadero problema. Nadie, en España, escribió con tanta insistencia y razón y conocimiento acerca de la necesidad imperiosa de llegar a un buen entendimiento entre el PSOE y el PP, el mismo en que ahora, afortunadamente, estamos.
De igual manera escribí muchos artículos aseverando que el nacionalismo acérrimo del señor Maragall era el gran problema para Cataluña y para España. Ahora, ante las elecciones autonómicas del próximo noviembre, manifiesto mi “repugnancia” por el desleal comportamiento del señor Montilla & Company, pidiendo a todos los catalanes en general y muy especialmente a los “charnegos”, que no voten más al independentismo.
Los cultos e inteligentes lectores de Leonoticas.com entienden perfectamente que no pueda estar yo cada seis (dos por tres) llevándoles la contraria y poniéndoles en su sitio (sitio de mentirosos), cortándoles las alas a esos bocazas que salen en los medios de comunicación para “lucir” sus “aberraciones”. No obstante, caigo en la tentación y pregunto: ¿Saben quién escribió, de dónde salieron las dos frases que a continuación escribo?
1. «El judaísmo, el cristianismo y el Islam, han sido rémoras del progreso y han arrastrado secularmente tradiciones que han impedido la evolución de la humanidad hacia las grandes utopías que fomentan los principios laicos de libertad, igualdad y democracia. En el caso del catolicismo padecemos las secuelas de una impenitente misoginia, de una perturbadora intolerancia sexual, de un castrador obscurantismo científico y de una gran resistencia a la instauración de las libertades democráticas».
2. «El divorcio y el voto femenino llegaron a España con la II República».
Comento la primera frase diciendo que jamás un medio de comunicación se atrevió a manifestar tanta mala fe e ignorancia. En cuanto al divorcio sí, sí es verdad, mandaban los republicanos de izquierdas, pero el voto femenino lo es por obra y gracia y mérito de la derecha conservadora, precisamente en contra de los que luego formaron el Frente Popular, que negaban e impedían el voto de la mujer, con el “peregrino” argumento de que tenían “comido el coco” por los curas que les obligarían a votar a la derecha.
En fin, el señor Hopkins, tanto nadar para morir en la orilla. Él, que se las da de sabio científico, al final de sus días y de sus “descubrimientos”, se tira a filosofar por lo barato, sin entender lo más elemental de la ciencia, que aconseja: no hables de lo que no seas capaz de probar, o en otras palabras más profanas; no pontifiques.
Pobre Hopkins, ahora sí que en verdad me das pena ¡qué pena me das! Niegas a Dios porque sí, porque te da la gana, con el mismo argumentario con el que bien podrías demostrar su existencia. Pero yo te llevo la contraria y digo que sí, que hay Dios, y que creo en Él. ¿Acaso crees, oh iluso, que te van a creer a ti más que a mí?
Con toda burbialidad.
