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Pero, ya las cosas no son como en aquellas décadas de los años 40 y 50 del pasado siglo, en los que José María Gironella inició su trilogía histórica sobre la II República, la Guerra Incivil y los primeros años de la ‘paz’ de Franco. Un primer volumen que tituló con el aparatoso diagrama de ‘Los cipreses creen en Dios’. ¡Ay Dios! El éxito fue arrollador, como los dos volúmenes siguientes (‘Más de un millón de muertos’ y ‘Ha estallado la paz’). Pero…
Pero, los pequeños cipreses plantados en mi pueblo para adornar la vieja carretera son ateos. Vamos, que no creen en Dios. En una o dos noches, esta misma semana fueron arrancados cerca de la mitad de los arbolitos, dejando a los paseantes compuestos y sin plantas, porque a alguna mala mente se le ocurrió (digo yo) que podía ser un buen negocio. Desmontar las filas de cipreses para poderlos adornar con luces, regalos y bolas de plástico para esta próxima Navidad (sigo suponiendo).
Porque sino, ¿a qué viene ese afán de arrancar estos arbolitos, con el peligro que podrían haber corrido si alguien los ve o son cogidos in fraganti, en el momento de hecho?. Y vuelvo a aquellas décadas, antes citadas, en las que también triunfaba una preciosa novela de Miguel Delibes, titulada ‘La sombra del ciprés es alargada’. Concomitancias con estos jóvenes cipreses de la antigua carretera Nacional VI tienen estos trabajos de Gironella y Delibes. Porque ni nuestros cipreses creen en Dios y, además, tiene recortadas sus sombras, como si fueran escopetas de atracador, para poder ser arrancados de cuajo.
Hace unos días, me unía a la iniciativa de homenajear a Arturo Cabo Carrasco, un cura bañezano, en el periódico digital local ibaneza.es, que lleva 25 años impartiendo su apostolado en la ciudad, a la vez que ha sido el promotor de una serie de iniciativas, en las que La Bañeza ha recuperado viejas tradiciones perdidas, así como también puso en marcha un evento de la categoría del Milenario de la iglesia de San Salvador, de la que ahora es párroco titular, o la asociación Monte Urba de peregrinos a Santiago, la Coral del Milenario, el belén mecánico parroquial, con casi un centenar de figuras en movimiento y no sé cuantas cosas más.
En aquellas páginas me unía a la petición de la medalla de plata (yo creo que sería mejor oro, para no andar de dos veces) y la petición de una calle con su nombre. La cual yo precisé más, para que fuera esta nueva avenida (o parte de ella). Pero ya veis, mi queridos lectores, los cipreses plantados nos han salido ranas (bueno, los ladrones) y ya ni creen en Dios, ni tiene su sombra tan alargada como el infinito al cielo. Lo que podría ser un impedimento para darle a la calle el nombre de un cura amigo.
Hay que tener en cuenta que, hasta ahora (al menos a mí me ha parecido), los cipreses eran cosa del más allá, eran, han sido los árboles del cementerio, de la muerte, de la eternidad. Cosa que no tiene que ver con los que ha plantado el Ayuntamiento bañezano en la avenida de referencia. Dios me libre. Pero, a lo peor, es que por haberlos sacado de su hábitat natural, los camposantos, las plantas carreteras y camineras son un poco más laicas (eso que el flete de la Moncloa está poniendo de moda) y, entonces, no tienen por que creer en Dios, ni tener su sombra alargada.
Y aquí habría acabado mi crónica. Si no fuera que los cipreses ateos robados ya han sido replantados por la empresa adjudicataria. ¡Qué iban a hacer! Lo malo, es que dentro de ese laicismo anticlerical que llevan implícitos estos cipreses y para hacer desistir a los rateros, a cada uno de los 200 árboles le han clavado una larga estaca de casi dos metros de larga, con una traba moderna, al igual que los caballos en la antigua vecera, como si fuera la única forma de subsanar el atraco.
Así también se cazaban hombres vampiros y draculeños. ¡Joder qué día! Ya vuelve la burra al trigo. O a lo mejor, los grilletes de estaca y maza, son una buena idea para volver al redil a estos cipreses ateos y sus sombras vuelvan a ser alargadas. Que Dios me oiga y me perdone. Amén.
