Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Chocar 
Lugares apropiados y propios para chocar. Por ejemplo creí que Fez con su su luz sofisticadamente mora, su luz de sobrevivientes acostumbrados a hablar, gesticular y reír como si la existencia transcurriera en un solo día y con su cielo por el cual transita cada noche la caravana de camellos del amor,...
19/06/2013
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
... como dice el poema sufí, más que una ciudad sería un estuche en el que acomodar tu corazón y el resto de mis joyas, pero no… 

   Ir contigo a Fez se pareció a empezar a construirme un adosado en el desierto.

 -¿Por qué me has traído aquí? –preguntaste inicialmente, apenas detenido aún el tren y el ánimo, igual que quien teme que un lugar nuevo le muestre quien era porque a su vez le hará poner una incómoda cara como de humorista abstracta (se notaba que aún desconocías que las ciudades pobres carecen del mal gusto de las metrópolis occidentales porque el mal gusto hay que poder permitírselo, y eso te indignaba).   

   Llegar. En tu ánimo la intranquilidad del cálculo. En tus maneras una inconfesa molestia por mi aire resuelto en medio de aquel contexto extraño. En tus ojos avenidos al convencionalismo lo exótico se confundía con lo menesteroso. 

   Pero el humor todo lo puede.

   -Digamos que se trata de lujuria laboral.

   -¡Siempre tienes que salir con alguna bobada!

   -Lo digo en serio: no eres tú la que dice que un poeta es un profesional de la seducción…

   La personalidad de toda ciudad –he leído- se resume en su estación de tren. En concreto aquella era pequeña, subtropical, elemental, abarrotada, corresponsable, sacrificada, incomprendida y, casi, heroica. Porque te hablé de que viajar a otra cultura es como desafiar los límites, como discutir con la completud, miraste de nuevo la estación de tren empleando una mirada indistinta, indiferenciada, y la saludaste con un paternalismo occidental acaso new age: encantada de conocerte.

   El sol norteafricano, trascendente, clarificador, mientras tomábamos te y pastelillos secos en un patio con olor a jazmín de Fez-el-Bali (la zona antigua, dentro de las murallas) iluminaba más que nunca el hecho de que tú chorreabas dinero, poder y seguridad, y que eso era evidente para todos y todo lo que te rodeaba pero no para ti.

  -Pobre y pequeño país que apela al corazón, dijiste conmovida, y eso me hizo anotar una frase en mi cuaderno de viaje: “El viandante tiene agujeros en las suelas de los zapatos  a fin de conservar su sensibilidad para captar las corrientes terrenales y para él el país no es pequeño ni pobre”.

   Pero poco después tú y yo, tras salir del hotel, nos hallábamos ya callejeando por Fès el-Jdid –la parte más renovada de esa exótica urbe- así, poniendo a prueba las esferas del azar. Caminábamos comprobando que esa ciudad coránica era urbana a su manera. Pero de pronto, sí, nos vimos entrando en una pequeña librería preguntando por una edición en árabe o francés de “El Cielo Protector”. No la tenían. Daba igual… Dentro en aquel pequeño lugar enmaderado y abigarradamente repleto de alfombras y estantes yo, ojos como lunas redondas, me sentía como quien participa de muchos misterios, si bien nos es cosa suya descifrarlos; tú, ya que pertenecías a esos temperamentos que quieren muchas cosas pero les cuesta decidir cuales –les cuesta aceptar que previo a poseer es escoger, y por eso se angustian ante la variedad- aparentabas tener mucha prisa.

   -¿Para qué quieres tú ahora ese libro?

   -Bueno, yo a veces soy profundo –me justifiqué irónicamente.

   -¿Profundo? ¡Tú no tienes ni epidermis: acabas en la ropa! 

   -¡Quién fue a hablar!

   Salimos. Callejeamos. El cielo azul turquesa me parecía una indagación de la naturaleza. 

   La pasión como de vida agónica de los vendedores ambulantes a ti te exasperó.

   En ese ejercicio de dejamos llevar se nos fue media mañana hasta que llegamos, sin saberlo, al Zoco. Sí, el Zoco. Se trataba de una especie de mercado medieval lleno de gente, eco y cosas curiosas con vocación, a mi juicio, de convertirse todas en hallazgos de viajero perdidizo. Sin embargo tú lo mirabas todo con una fascinación que parecía combinarse con el recelo ante la multiplicidad y la disformidad: se notaba que estarías contenta si el mundo y las aventuras que devienen de su conocimiento fueran algo claramente delimitado, donde uno supiera bien a qué atenerse, donde uno no terminara una y otra vez en medio de caminos aparentemente intransitables. ¡Pero no eras inmune a las sorpresas! Todo nos distraía: las moscas en los puestos de dátiles, los vendedores de cigarrillos que hacían sonar sus monedas como reclamo o llamada de atención, los puestos donde se vendían zumos, plantas medicinales o cabezas de carnero, viejos, ciegos esperando a que Alá o algún turista les obsequiara con monedas, adiestradores de monos, encantadores de serpientes, calor, las mujeres con jarras llenas sobre la cabeza, las alfombras de Rabat y su color felino, el olor insoportable de los curtidores de cuero, contadores de historias, recitadores del Corán, la cola de gente ante las mesas de los memorialistas vestidos con chilaba y turbante, cierto músico que tocaba un casi imposible instrumento de viento, los aguadores, los vendedores de  babuchas, la agresividad verbal de los charlatanes que hablaban en árabe... 

   Unos niños se acercaron a nosotros y nos explicaron que una vez al mes bajaban de las montañas del Rif los artesanos y los mercaderes a vender todas sus cosas, Y HOY ERA ESE DÍA. ¡Qué casualidad! Pero si les dábamos cien dirhams a cada uno nos llevarían a los mejores sitios, y a los más baratos, y nos guiarían. Aquello nos sonó raro y decidimos prescindir del servicio ofrecido.

   Oh, el Zoco: parecías no querer perderte nada a pesar de todo. Tu sorpresa era evidente al adentrarte entre la gente –sí, la gente, el color de los mandiles y de los pañuelos de las mujeres, y los dátiles, los dulces, la carne de hiena, la piel de un león, echadores de cartas a la sombra de un paraguas,  faquires, la mirada como sustitutivo del tacto, los puñales de cobre, las esculturas de ébano, las prendas de cuero, los tambores, el calor...- y por eso te demoraste algún tiempo hasta darte cuenta de que yo ya no me encontraba a tu lado. Eh, ¿dónde estás? ¡Oye! ¡Luis! 

   Entre el tumulto nos habíamos separado, perdido, el desaliento súbito, el miedo, la mercancía, la gente, la gente. La angustia como un asunto en buena medida físico. Sí, la gente y su sobredosis de inmediatez casi tribal. Y toda aquella belleza exótica empezó a parecerte hostil. Bajo tus pies las piedras del pavimento empezaron a latir igual que corazones. Oh, como una mecha al ser tapada por un vaso tu serenidad se ahogó en ti misma. Demasiado ruido. Demasiada vida. Calor. Todo demasiado distinto. O impropio. La realidad que se volvió de pronto un maremágnum de colores derretidos y virutas de luz en medio de esa ciudad vieja y económicamente negligente. Y el sudario de la tarde cambió su peso y su color. Te sentías desubicada, sin conocer a nadie, ni el idioma... Tampoco recordabas cuál era nuestro hotel ni dónde estaba. Gritabas mi nombre pero nadie respondía, y progresivamente la confusión se fue tornando en desorientación cultural y vital. Mirabas el hueco de tu mano donde antes había estado mi mano y aquel repentino vacío te parecía ahora semejante a una  amputación.  

   Apareció por un momento en ti la sensación de que nadie podría requisarte ya tu angustia.

   No aguanto más -dijiste-, y, como un animal que se resiste a extinguirse, saliste del Zoco. La desafección para con lo distinto a ti poblando las avenidas de tu ser y tu ánimo. Un quinqué de petróleo tus emociones todas. Las mujeres con mercancía en la cabeza ahora te parecían grotescas, los vendedores pesadísimos, los niños sucios no me recordaban y por lo tanto no podían ayudarte, y el bullicio era una intromisión. Como si allí estuviera prohibida la vida interior. Como si no hubiera lugar para ese alivio del yo que a veces suponen los pensamientos no compartidos.

   Todo borracho tiene algo de sonámbulo, parecía inferirse del éxtasis del mendigo ciego con barba de rabino con el que acababas de coincidir ante la  Mezquita de El-Qaraouiyyîn de Fez, la ciudad cuya belleza desértica aún era un edicto de alegría. Él pedía dignidad o cigarrillos peleones desde el pavimento inmisericorde de la plaza. Y lo hacía así, radicalmente, al modo de esos muchachos en ciernes que combaten con hachís las contraindicaciones de la adolescencia. Como los buenos poemas el mendigo no hablaba si no se le preguntaba. Como los santones carismáticos que creen en la rencarnación y las vidas sucesivas tu le miraste, él me miró y cada uno de los dos pensasteis por un instante que podríais ser el otro. Cualquiera puede ser vencido por su enemigo invisible, intentó decirte.  Dudo que exista la vida con propósito, procuró decirte. Se necesita vender la fe en la libertad para tener dinero para comprarla, terminó diciéndote. Como certificando que no le escuchabas le diste unas monedas relucientes. ¿Nos convertimos en lo que aceptamos?, te dijo luego también sin palabras. 

   Le miraste una vez más antes de irte y te hizo sentir algo turbio.

   La imprecisión de tus angustiosos pies te llevó lejos. Llorabas. Como no sabías a dónde te dirigías mirabas al suelo, sí, y te vigilabas las puntas de los pies al caminar acaso para  aprenderte de memoria cada adoquín. 

   Llevabas ya bastante tiempo vagabundeando con la vista fijada en el suelo cuando de pronto alzaste la mirada y supiste que estabas en la Medina, esa  parte de la ciudad donde las calles son estrechas y laberínticas y todo huele a arena  del desierto y a placer islámico. Intentaste relajarte, avanzar cada vez más despacio, respirar hondo. Sí, quietud terapéutica...

    -¿Dónde te habrás metido? -pregunté yo en el Zoco tras salir forzosamente del embeleso que me había producido la luz como de ficción de Fez, pero sin inquietud sino convencido de que tú también te habías convertido aquí en una voyeur de lo sublime-. No puedes estar muy lejos. Y grité tu nombre, pero tú no me oías. ¡Claro! ¿Cómo ibas a oírme…? Se me ocurrió entonces que tal vez querrías explorar sola esta ciudad sin mis intromisiones. Vaya, lo siento, sé que a veces soy pesadísimo… Y hay cosas que uno ha de aprender por si mismo, tienes razón. 

   Lo  comprendí, pero me puse triste porque, ya sabes que cuando viajo soy un generoso analista de trasfondos, me hubiera gustado compartir algo de aquello contigo. 

   De pronto allí, en el Zoco, rodeado de tanta gente, me sentí tan solo que tuve que irme. Ya regresarás al hotel cuando quieras, le dije al entramado de nubes del cielo, casi a ti.

   Caminé luego al azar durante algún tiempo mirando los ojos de la gente que se cruzaba conmigo. Parecían espejos. Fez como una ciudad sísmica que se me abría mientras caminaba. La plenitud sensorial parecía un letrero de brillos en mis ojos. Oh, en esta ciudad me siento como dentro de un cuento espacial más descriptivo que narrativo , pensé. Escribí en mi cuaderno: “literatura espacial: dícese de la ficción escrita que es más descriptiva que narrativa”... Tomar notas en Fez era igual que torturar a los espías sin prestar atención a eso que dicen al tratar de no morir, sobre todo ahora que una síntesis aproximativa del mundo exterior y el interior parecía haber solicitado reunirse dentro  de mí, pensé también. Algo invisible está pasando, se me ocurrió a su vez mientras me abandonaba a la contemplación y a la imaginación como quien se queda dormido con las gafas puestas para no perder detalle de sus sueños. Miré al cielo y tuve la sensación de que en cualquier momento vería a gente viajando en alfombras voladoras... Todo el mundo allí se parecía en algo a Alí Babá… Como quien duerme vestido en la palma de la mano de la última mujer sofisticada me fui impregnando de aromas y sustancias al pasear con los sentidos anhelantes por callejas de dirección única. Los autobuses inspiraban ternura. Los vendedores –ignorando que el tiempo no comienza ni termina- no ocultaban su envidiable pasión conductual como de paréntesis indefinido, corto, en la agonía. Puertas pequeñas en casas residenciales para hacer rebotar la envidia. Mis conceptos educacionales casi luchando contra esa realidad en la que las cachimbas son alfombras voladoras. Buen gusto entre paredes encaladas. Destreza existencial. Polvo en la luz como pepitas de pera. Caminé. No hay paraíso en la urgencia. Caminé. Caminé…

   Y casi sin darme cuenta, mientras la luz me seguía implementando la existencia llegué y me adentré en la Medina a través de la enhiesta y azulejada y magnificente Puerta Vieja. Me causó algo más que curiosidad también, claro. Allí miraba los tejados y pensaba en qué evidente era que en este lugar del país llovía bastante poco. Los balcones estaban repletos de jazmín. Todo olía bien. Hay en la sencillez una gran belleza... Las callejas eran tan estrechas que las mujeres conversaban por las ventanas y se intercambiaban objetos de balcón a balcón. Y me dio por pensar que si Romeo y Julieta hubieran vivido allí, en Fez, se hubieran pasado cartas y poemas por el balcón tocándose las manos al hacerlo. Miré arriba y de pronto lo vi: me vi a mí mismo frente a tu ventana mientras me sonreías con enamorada dulzura. Entonces te daba cartas y poemas desde mi ventana y te rozaba las manos al hacerlo... Oh, momentos incorporados, dones, emociones traducidas que hablan sobre la imposibilidad y la perplejidad, ciudades que instruyen el corazón establecidas a lo largo del recuerdo como cruces en un mapa de carne.

   Y yo continué caminando como quien sabe de la voluntad de metamorfosis que hay en todo acto de multiplicación de procedencias que es viajar así, por la Medina, mirando arriba, a los tejados. Y tú, desorientada, contrariada, ajena al síndrome del paso fronterizo, harta de las gentes que venden y viven creyendo que la vida hay que inventársela a diario, proseguías caminando y como tratando de conseguir por la fuerza serenidad allí, en la Medina, con un paso por fin cada vez más despacioso. Yo avanzando; sí, yo y los tejados. Tú, mirabas al suelo. Intentabas no angustiarte mientras te vigilabas al caminar las puntas de los pies. No estoy perdida –te repetías-. No lo estoy... 

Y ENTONCES CHOCAMOS. 

Luis Artigue

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