Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
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I.H. 29/05/2010Pero aquel edificio fue sustituido y ampliado en el siglo XI gracias a los favores de Fernando I y su hermana Urraca, aunque el nuevo tampoco sería el definitivo pues tan sólo un siglo estuvo en pie. En el siglo XIII, Alfonso IX, último rey de León, encarga, ahora sí, la construcción que hoy se puede admirar.
Los problemas de base han provocado continuas restauraciones que no terminaron hasta finales del siglo XIX. Multitud de arquitectos han aplicado su ingenio, a veces con fortuna y muchas otras con desacierto, a tratar de reforzar tan delicado edificio que consagra el diseño del más depurado estilo gótico clásico francés que en España halla escasa competencia.
El templo catedralicio de León, conocido como la Pulchra Leonina, destaca por su fachada principal que luce cinco arcos esculpidos en el siglo XIII, tres puertas, un rosetón central y dos torres góticas que flanquean la portada.
Aunque si por algo es afamada esta catedral es por sus vidrieras policromadas, catalogadas como las mejores del mundo en su género.
El museo catedralicio fusionado con el diocesano inicia una nueva andadura en 1981 hasta convertirse en un conjunto único. Alberga piezas de todas las etapas de la historia del arte, desde la prehistoria hasta el pasado siglo. Sus fondos se reparten en 17 salas que se ubican en el entorno del claustro catedralicio.
Este edificio despierta la admiración de peregrinos y visitantes. Los distintos estilos y elementos arquitectónicos, así como esculturas, pinturas o manuscritos hacen indispensable un recorrido por su interior. Además, ahora, el proyecto ‘El Sueño de la Luz’ posibilita la contemplación de los 104 ventanales, 128 rosas y tres rosetones de la seo leonesa sobre una plataforma situada a 14 metros del suelo.
Un texto sobre este templo quedaría incompleto si no se hace referencia a la leyenda del topo de la Catedral. Sobre la puerta de San Juan, por el interior, cuelga un pellejo, a modo de quilla, que la tradición leonesa ha identificado siempre como un ‘topo maligno’. La fábula dice que un topo destrozaba cada noche lo construido a lo largo del día cuando ésta empezó a levantarse. Los leoneses, impacientes al no ver avances en la obra, se propusieron acabar con el animal a garrotazos y montaron guardias nocturnas. El pellejo que cuelga de dicha puerta sería, entonces, el recuerdo a tal acontecimiento. Sin embargo, la leyenda esconde los problemas de cimentación a los que ya se hacía referencia anteriormente y que complicarían los trabajos. Y al parecer, lo que ha pasado como la piel de un topo se trata, en realidad, del caparazón de una tortuga cuyo significado no está muy claro.
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