Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 20:53 h.
Enamorados
«Galletas de San Valentín, un dulce perfecto para el 14 de febrero»
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Sí, ya sé que hoy tenía que dar caña al Zetapé por el recortazo, dado, que a mí me atañe en el apartado de las pensiones. Pero me niego en redondo. Este mediocre, este inútil, este trepa ya no merece ni un tecleteo de ordenador. Por lo menos del mío. Otros lo harán con mejor enjundia. Porque se empeñó en ser y rodearse de mediocres y lo consiguió con nota; se empeñó en seguir siendo un inútil y rodearse de inútiles y lo consiguió con matrícula de honor; se empeñó en seguir trepando y dejando fiambres políticos en armarios y cunetas para mantenerse en el machito político y…, como decía mi suegro: “Quisió”
(“vete tú a saber, en versión muy libre). Lo que ha sacado ahora a relucir por mandato de franceses, alemanes y norteamericanos lo podía haber hecho mucho antes, sin hacer tanta sangre, sin haber llegado a esas millonadas de parados, sin tener que venderse a los sindicatos para nada, sin dejar de ser patriota por reconocer una crisis. Allá él. “Quisió”.
Por eso, queridos lectores, dejadme disertar hoy sobre mis frustraciones de fogonero. Unas frustraciones que volvieron desde el olvido de la mano del reportaje, que el pasado domingo, publicaba el Diario de León, en su revista familiar, con la firma de Sergio Cancelo Anuncibay. La excusa, la celebración del 175 aniversario de la primera línea de ferrocarril en Alemania. Una ‘Historia sobre raíles’ en la que, junto al cuidado texto, volvía a palpar en fotografía las prehistóricas locomotoras inglesas y tudescas de la Deutsche Bhan, con la añoranza puesta en nuestra Mikado.
Fui de niño un constante dibujante de máquinas de vapor, en las que, casi siempre, el apartado carbonero era uno de los rincones, de las imágenes que siempre tenían mayor preponderancia. De chaval y jovencito (bueno, y ahora de mayor) era la estación ferroviaria una de las visitas obligadas. Después, de estudiante en Salamanca, eran los jueves y los domingos los días destinados a recorrer la ‘Ferroviaria’ charra, en aquellos paseos que nos obligaban a dar para desfogar nuestras inquietudes adolescentes.
Fue allí, en Salamanca, donde vi, por primera vez, una Mikado con depósito de gasoleo, en vez del cajón cargado de carbones rectangulares. Y después, las líneas de catenarias eléctricas en otros trazados ferroviarios en los que, por mis estudios, recorría en aquellos años 60 del pasado siglo. ¡Ay Dios! Había perdido la oportunidad de llegar a ser un profesional del fogoneo, porque la profesión se había diluido en la modernidad, en eso de que “Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad”. Frustración por todo lo alto. Una de las primeras de las muchas de las que, después, tuve que sacudirme para no caer en las redes del desánimo.
Siempre me entusiasmó el fuego, sobre todo, después de demostrar a mis tíos que no por mucho enciscar con lumbres, meaba la cama. Ya dice mi hermano Chago que “que buen pirómano se perdió conmigo la delincuencia”. Por eso, cuando hace unos años, me invitó Buenaventura Durruti a viajar en la Mikado entre Astorga y La Bañeza acepté de inmediato. En el trayecto conté mis cuitas fogoneras de Turi y comprendió mi ansiedad, cada vez que miraba para atrás en la locomotora y no encontraba el cajón del carbón ni la pala de baldeo.
Pero me saqué una espina de aquel posible (imposible ya) oficio al que nunca pude acceder, oliendo humos de vapor y gasoleo. Sobre todo, cada vez que pasábamos por una pasarela sobre las vías. Ya, ya sé que no es lo mismo el carbón cuadriculado que el pringue petrolífero. Pero lo cierto es que, ni de pequeño ni ahora de mayor, he sufrido la enfermedad de la tosferina. Aunque, a lo peor, no es tarde, a poco que al Zetapé se le ocurra decretar una tosferina rampante por imperativo legal, ahora que cogió la marcha. Que todo puede ser con la excusa de esta crisis. Eso sí, ahora para patriotas.

