Opinión
OPINIÓN POR LUIS ARTIGUE
Blues de la Calle Ancha
En León no tenemos boca de metro pero sí la Calle Ancha...
06/03/2013
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LA NOTICIA ILUMINADA DEL DIA
...y ése es el verdadero Auditorio de los artistas callejeros. Allí un guitarrista agitanado y guapo, allí un acordeonista ruso demasiado gordo para el arte, allí la flauta andina de músicos colombinos que parece estar hecha con los restos de un galeón encallado, allí la belleza ignorada. Y el otro día –qué bueno es ir por la vida sin planes porque entonces se te llenan los bolsillos de sorpresas- una hermosa violinista.

   Era rubia y alta como una Ofelia prerafaelista, de rostro soñador, ojos como la luz de los túneles y conservada por la brisa de las siete de la tarde. ¡Vaya imagen! Ella tocando música de Bach ensimismada y su gabardina entreabierta siguiendo el ritmo de los movimientos, corcheas, tiempo, mientras dotaba de un fondo musical al fatigado corazón de los viandantes. Le dejé unas monedas en el estuche del violín y me coloqué de frente, al otro lado de la calle y de la vida, espectador que soy de esta ciudad buscando siempre. Tal vez entonces pensé que éste era un encuentro sumamente plástico: el violín temblando, deslizándose, música en contrapicado como agarrada a una cornisa con una sola mano. Todo un personaje digno de alguna novela de José María Merino, pero como León cuida muy poco sus historias y menos aún a los que las cuentan, los narradores leoneses cada vez vienen menos por aquí y tal vez por eso, en esta ocasión, me había encontrado yo a la violinista.

   Oh, me senté en el suelo, el frío, el suelo, los pasos indiferentes que suben o bajan de la catedral, la luz a medias de esta semana de increíble belleza, la violinista. En un determinado punto, tal vez había pasado un minuto o una hora, ella terminó otra pieza y me miró por encima de media sonrisa eslava que no olvidaré. Era el momento. Me incorporé y me dirigí a ella con la mirada y con los pasos, descubriendo entonces que procedía de la República Checa y no hablaba español, pero sí un buen inglés. Conversamos acerca de su país, de la curiosa historia del violín... Y como nada amo más que la gente con algo que contar o buen oído se me ocurrió, cómo no, invitarla a cenar, y sorprendentemente aceptó. Entonces me dijo que huía del hambre y la vida dura de su lugar de origen; me explicó que era hija de campesinos y, aunque había podido estudiar en Praga porque tenía familiares, allí no había trabajo para ella y en vez de volver al pueblo prefirió emigrar. Llevaba varios años trabajando en Italia pero ahora se le había terminado el empleo y el visado y por eso se había vuelto a poner en ruta. ¡Qué valiente eres!, le dije en algún instante. Ahora, con su violín nómada, venía desde Francia haciendo el Camino de Santiago y tocando de ciudad en ciudad e intentando de paso obtener los papeles que la permitieran “empezar a vivir en algún sitio”, como ella misma dijo...

   Hablamos mucho ante una botella de vino, tal vez para que aquello durara. 

   Antes de despedirnos me regaló una hermosa composición suya para violín, efímera pero eterna. Entonces llegué a casa y me puse a escribir como poseso. La gente que me conoce pensará que me lo he inventado todo y ésa es una incógnita que no pienso despejar. De todas formas está bien saber que los músicos de la Calle Ancha también tienen su historia, y es una historia nostálgica de sonrisas y alambre, de miseria y flores en algunas ocasiones. 

   Ésta era la violinista. Como en las buenas novelas si su historia significa algo o no significa nada no debe decirlo la historia misma. Aún así la próxima vez que vayan a la Calle Ancha, tal vez se la encuentren: su melena rubia, sus ojos azules como el cielo de los cuentos, la gabardina abierta, esa música... Si les ocurre, si tras escuchar sin urgencia una de sus piezas logran conversar con ella, si les habla de la vida, de la espuma de cerveza y lo pronto que anochece en Centroeuropa, por favor, díganle que Luis cumplió la promesa que le hizo y ha escrito esto.

Luis Artigue

www.luisartigue.es 

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