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LUGARES CON ENCANTO
Babia, refugio de paz
Los reyes leoneses eligieron la comarca para descansar y olvidarse del mundanal ruido / En la actualidad, ya catalogada como Reserva de la Biosfera, continúa siendo una de las regiones más bellas y tranquilas de la provincia leonesa
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24/06/2008
Son éstos pagos de pastores, de trashumancia, de largos viajes. Y se dice que fueron ellos quienes extendieron la idea de que 'estar en Babia' es quedarse colgado de un recuerdo, perdido en un lugar de la memoria. Así es como aparecían estos pastores babianos cuando, lejos de sus casas, en las dehesas extremeñas, se quedaban ensimismados frente al fuego pensando en su tierra y en su gente. Babia es también sierra de Reyes.

El lugar escogido por la realeza leonesa desde la lejana Edad Media para olvidarse del mundo, para adiestrarse en el entretenimiento de la caza. Eran estos valles generosos en piezas, y la querencia, irresistible. No era extraño que los Reyes, hartos de intrigas palaciegas, de luchas intestinas, de peleas a lanza y espada, pertrecharan sus enseres y desaparecieran del mundo por esta puerta. Tal vez entonces resonara en palacio la pregunta: '¿Dónde está el Rey? 'En Babia'. O lo que es igual: en el único lugar del mundo del que no se le puede hacer regresar.

Babia tiene dos pasos de entrada desde la meseta: por el Este, siguiendo el curso del río Luna para girar después hacia Sena de Luna; y por el Oeste, remontando las aguas del Sil hacia Villablino y Villaseca de Laciana. Desde Asturias, los puertos que salvan las montañas son los de Ventana y Somiedo. Se configura así esta comarca como un conjunto de valles encerrados y altos, presidido por la impresionante mole de Peña Ubiña (2.417 metros) y su corte montañosa, con altitudes casi siempre por encima de los 2.000 metros. Dura tierra para salvar unos inviernos en los que la nieve se convierte en el temible invitado que nunca se termina de marchar; pero lindo lugar en el que remansar unos veranos frescos, teñidos por el verde intenso de sus praderías.

Así lo debían y lo deben aún de ver los pastores trashumantes, que en Babia fueron legión. Aún hoy son cerca de 2.000 las ovejas que regresan cada año de las dehesas extremeñas al comienzo del verano. Ancestral práctica ganadera que dio fama a los pastores babianos y que tiene en los altos de Robledo y Torrestío el arranque del cordel occidental de la cañada leonesa. Aquí y allá perviven casonas y escudos nobiliarios, palacetes levantados al amparo de las buenas rentas que la Mesta propiciaba a sus tenientes. Tierra de nieves, de prados, de montañas, de Reyes, de pastores, de ovejas y de mastines, que sin estos era imposible el oficio de proteger las rehalas de las fauces del lobo, siempre malditas ajuicio del ganadero. Mastines y lobos que, muy disminuidos los segundos, siguen formando parte del paisaje de esta Arcadia.

Valle de San Emiliano

Son muchos, casi treinta, los pueblos que salpican este dédalo de cuencas, y no queda otro remedio, para verlos todos, que entrar y salir a los valles principales. Su arteria más importante es la que corre de Este a Oeste, surcada por la C623 y las aguas del Luna. Llegando por el Este se penetra entonces en la Babia Baja y sorprende enseguida el nombre de su primer pueblo: Villafeliz.

Más allá, Puente Ortigo abre el paso, hacia el Norte, al valle de San Emiliano, uno de los más emblemáticos. Son vegas frescas que se descuelgan desde el puerto de Ventana, ante la mirada todopoderosa de Peña Ubiña. Además del pueblo de San Emiliano, cabeza del valle, se enclavan en él Pinos, Candemuela, Villargusán, el pueblo más pequeño de la Babia Baja, o Torrebarrio, uno de los más grandes de toda Babia. Su iglesia, situada en alto sobre el caserío, es un excelente balcón desde el que mirar la vega.

Babia alta

De regreso al valle principal, Puente Orugo arriba, se llega a Villasecino. Aquí (es fácil de encontrar) se sitúa una de las pocas casas-palacio que van quedando: la de los García Lorenzana, alzada en el siglo XVII por el cardenal Lorenzana antes de ser obispo de Méjico. En Huergas, al final de la Babia Baja, arranca la desviación que lleva hasta Riolago, pueblecito que conserva uno de los edificios civiles más importantes de la comarca: el palacio de los Quiñones, del siglo XVI, destruido en un incendio y posteriormente reconstruido por sus propietarios.

En alguna de las campas cercanas a Huergas, concretamente en la del Morisca], sitúa la leyenda la crianza de 'Babieca', el bravo caballo de El Cid. De él se cuenta que mientras los demás caballos de la manada corrían a refugiarse de las tormentas de nieve y agua, 'Babieca' permanecía impasible y valeroso, de la misma forma que más tarde haría su jinete en medio de las batallas.

En este camino hacia Naciente se pasa ya a la Babia Alta, con pueblos como Torre, con una bella iglesia; o Cabrillanes, Mena, Peñalba, Quintanilla o Lago de Babia. Hasta Piedrafila baja la carretera que salta las alturas de Somiedo, y por ella se alcanza La Vega de Íos Viejos. Este pueblo, hundido a trasmano de la carretera, guarda también las ruinas de un desvencijado palacio de finales del siglo XV. Pero si merece la pena llegarse hasta él es porque sirve de enlace para tomar la estrecha carretera que se adentra hacia las fuentes del Sil, la que conduce hasta los pueblos más altos de la Babia Alta: Cacabillo, Quejo y La dieta, en los pliegues más aislados de un país nada imaginario que, por suene, como el viajero ya habrá comprobado de primera mano, también existe.

El Valle de Luna

Aguas abajo de Babia, el río Luna se adentra en una comarca de transición entre el páramo leonés y la montaña cántabra. Gran parte de lo que constituyó secularmente el territorio quedó anegada por las aguas del enorme embalse construido en 1958, lo que supuso la desaparición de los doce pueblos que se asentaban en las cotas más bajas y que quedaron hundidos para siempre.
Sobre la superficie de las aguas se tendió un desafiante puente de tirantes metálicos, de presencia vanguardista, diseñado por el ingeniero Antonio Fernández, Casado.

Pero esta agua refleja también un buen rosario de impresionantes cumbres montañosas entre las que se esconden pequeños vallejos, pliegues a veces resecos y a veces sorprendentemente feraces, llenos de hermosos rincones y pueblos capaces de convertir un viaje por ellos en una experiencia inolvidable. Un sitio, a buen seguro, que el viajero recordará.

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