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Arapiles: La batalla que cambió el rumbo de un continente
Las tropas de José Bonaparte hincaron la rodilla hace 200 años en la localidad salmantina, una severa derrota que les hizo retirarse de España
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J. G. Trevín       21/07/2012
El 22 de julio de 1812 la alianza militar formada por españoles, portugueses e ingleses al mando de Arthur Wellesley, quien a la postre y gracias sus hazañas militares se convertiría en duque de Wellington, derrotó en pleno campo charro al poderoso ejército francés que, según aseguran las crónicas, partía con ventaja en la contienda. Una lección táctica magistral, unida a los errores estratégicos y la escasa fortuna de las tropas de Napoleón en el campo de batalla contribuyeron a poner la primera piedra de su declive, que terminó de certificarse en Waterloo tres años más tarde. Conocida en España como la Batalla de Arapiles por el lugar donde se batieron ambos ejércitos, fuera de las fronteras españolas la derrota que sonrojó a Francia es narrada como la Batalla de Salamanca.

22 de julio de 1812. 00.00 horas

Así transcurrió el día que supuso el principio del fin de la Europa napoleónica. Poco después de la medianoche, una espectacular tormenta veraniega con abundante aparato eléctrico descarga sobre Salamanca. Una vez finalizada la contienda, será recordada para siempre como un emblemático fenómeno que, años después, se repetiría justo antes del inicio de la batalla de Waterloo, lo que fue interpretado por las tropas británicas como un buen presagio.

La coalición se había pertrechado en las inmediaciones de un amplio encinar, hoy yermo, coronado por dos montículos que otorgaban una visión privilegiada del campo de batalla, los arapiles grande y chico. Habían llegado a aquella ubicación tras más de un mes de escaramuzas. El 13 de junio los ingleses partieron desde Ciudad Rodrigo a Salamanca, a donde llegan el día 17. Alarmados, los franceses se repliegan a la provincia de Valladolid a la espera del refuerzo de 10.000 hombres procedentes de Asturias.

El 7 de julio la infantería francesa retorna a Salamanca. En los movimientos de tropas que se suceden a continuación llega a darse un curioso fenómeno. El 20 de julio ambos ejércitos llegan a caminar paralelos separados apenas por medio kilómetros hasta que se dividen en el municipio charro de Cantalpino. Los ingleses se dirigen al sur, los franceses prefieren rodear en su trayecto hacia Arapiles.

El día 21, Wellington decide no cruzar Salamanca, sino atravesar el río Tormes en Santa Marta y tomar posiciones al sur de la ciudad. Al anochecer, el núcleo del ejército acampa en torno a Carbajosa de la Sagrada, protegiendo su flanco izquierdo con varias unidades que tomaron posiciones en una línea de cerros que corre de Sur a Norte hasta desembocar en el Tormes. Mientras tanto, los franceses cruzaban el río aguas arriba para continuar sus intentos de flanqueo. Aspiraban a recuperar Salamanca sin sufrir apenas bajas.

07.00 horas

Al amanecer, Wellington fue informado de que ya sólo quedaba una división francesa al otro lado del Tormes y que el general Auguste Marmont, duque de Ragusa, a quien el propio Napoleón había colocado en lugar de Massena tras perder éste Portugal a manos de Wellesley, se estaba desplegando hacia el oeste con celeridad. Inmediatamente hizo avanzar las unidades acuarteladas en Carbajosa para cubrir el lado norte de la línea de cerros. El núcleo del ejército se dispuso formando una doble línea con unas divisiones situadas en la ladera de la depresión y otra justo detrás. También, ordenó que la división de Edward Pakenham y la caballería de la reserva, que aún no había cruzado el río, lo atravesaran y se dirigieran a Aldeatejada, donde podían proteger una eventual retirada. Por su parte las brigadas de caballería francesas se situaron en Las Torres, una localidad a medio camino entre la fuerza principal y la reserva aliada.

En los cerros permaneció una división de infantería ligera junto con algunas brigadas de otras divisiones. Por su parte, los dragones de Bock, soldadesca de origen alemán empotrada en l ejército inglés, se situó al norte para controlar un intento francés de rodear los cerros por ese lado. Así dispuestos, los hombres del futuro duque esperaron acontecimientos. La disposición de las tropas permitía tanto defenderse como retirarse con rapidez.

En el extremo sur, una de las brigadas inglesas alcanzó una colina a la que estaban a punto de llegar algunos franceses. Se trataba del arapil grande. Ese movimiento determinaría gran parte del futuro éxito de la lucha armada dado que situarse en zona alta resultaba determinante para dominar lo que pasaba bajo la copa de las encinas. Los ingleses quisieron apoderarse también del arapil chico para dominar por completo la línea del frente, pero la brigada de cazadores portugueses que lo intentó fracasó en el ataque.

Mientras tanto, el antiguo regimiento Ligero de Lanceros de Castilla, conocido ya como la Brigada de Don Julián por estar al mando del salmantino Julián Sánchez, quien pasó a la posteridad bajo el apodo de El Charro, tomaba posiciones en el campo de batalla para expulsar a los franceses. Ellos eran, sin duda, los que mejor conocían la orografía de aquel terreno donde, a la postre, empezaron a morir las esperanzas napoleónicas de dominar Europa. El Charro y sus hombres se integraron en la división española liderada por Carlos de España.

10 horas

Los movimientos estratégicos se centran ya en el pueblo de Arapiles, donde las brigadas ligeras inglesas se dan de bruces con los ‘voltigeurs’ franceses, un tipo de tropas cuyo cometido era avanzar con rapidez hacia el frente del ataque para romper las formaciones enemigas o los servidores de la artillería. La presencia de esos hombres fue un claro síntoma de alerta para Weselley.

A medida que avanzaba la mañana, los franceses fueron acercándose a los promontorios desde donde ingleses y franceses esperaban órdenes. Allí fueron instalando baterías que empezaron a hostigar a las cuatro divisiones inglesas que tenían enfrente. Comienza el fuego de cañones, una situación que se prolonga hasta las cuatro de la tarde y que, según analizaba el propio Weselley al finalizar la batalla, no hizo demasiado daño a los aliados.

12 horas

Al mediodía, el grueso de tropas franceses se hizo visible avanzando hacia el oeste. Habían decidido ocupar toda la extensión del arapil que ocupaban para intimidar al enemigo. Aún albergaban la esperanza de poder rodear al ejército enemigo para precipitar así su derrota. Maucune se estacionó frente a Leith y empezó a desplegar sus baterías, mientras Thomières se desplazaba en solitario aún más al oeste. El ejército francés se había desorganizado por la dificultad que representaba el posicionamiento en un poblado encinar. Más preocupado por acelerar la marcha que por guardar la formación, Marmont perdió el control de sus tropas. Creyó que Wellington estaba en plena retirada hacia Ciudad Rodrigo y confundió el polvo que levantaba la reserva de caballería en Aldeatejada con la retaguardia de este.

Esa grave torpeza fue otra de las claves de la batalla. Ordenó a tres divisiones que ocuparan la cima del escarpe y la loma subsiguiente, sin advertirles que debían mantenerse cerca unas de otras. Bonnet se dirigió hacia el Arapil Grande. Pese al hueco que le separaba de las tropas mandadas por Maucune, no lo consideró relevante al considerar que los ingleses no andarían cerca. Por detrás de esas dos divisiones, otro hueco los separaba de Thomières.

14-15 horas, Wellington ordena atacar

Consciente de ese error de cálculo de Marmont, Sir Arthur Weselley reaccionó con rapidez y recorrió a caballo las ubicaciones sobre la que se asentaban sus hombres ordenándoles iniciar el ataque. Comienza la batalla cuerpo a cuerpo.

La suerte también estaba con los aliados. Quiso el fragor del combate que en sus primeros compases, algunos de los generales más importantes del ejército francés cayeran heridos, en algunos casos de muerte, por lo que la disposición táctica también se resintió debido a la desorganización momentánea. La situación se complicó aún más para los franceses cuando Marmont fue gravemente herido en un brazo y en el costado por un obús aliado. Incapaz de seguir al frente del ejército de Napoleón, capitaneado en España por el hermano del emperador, José Bonaparte, cedió el mando a Clausel.

La rápida recomposición de las tropas francesas y su reacción en el campo de batalla ante la adversidad y el poder demostrado por los aliados no puedo evitar la pérdida de su flanco izquierdo que, finalmente, determinaría la derrota.

Tras finalizar el fuego de artillería, se siguen produciendo escaramuzas bajo las encinas de la dehesa salmantina, convertidas en tumba para miles de hombres. Pese a la fragilidad de sus líneas, Francia no se da por vencida y sus soldados todavía siguen intentando lograr el objetivo confinar en Portugal a los ingleses que salieran vivos de la contienda.

17.30 horas

Testigo de la recuperación francesa que, pese a contar con un flanco derrotado, hostigaba a los ingleses, Wellington lanzó a la Sexta División liderada por Clinton, que se conservaba intacta pues aún no había participado en ninguno de los ataques del día. La División de Clausel fue atacada frontalmente no sólo por la Sexta, sino también por la brigada portuguesa de Spry que el mariscal Beresford había separado de la Quinta División y que se dirigía diagonalmente hacia el flanco izquierdo de Clausel. El objetivo del futuro duque de Wellington era el de aniquilar a sus enemigos o, en su defecto, capturarlos como botín de batalla y testimonio de una victoria incontestable.

22.30 horas

Clausel logra salvar al ejército francés de la debacle e inicia una larga retirada hacia Burgos. Los supervivientes huyen por la zona boscosa de Alba de Tormes, que se encontraba desguarnecida, favorecidos por la oscuridad de la noche. Tras ellos, una división de dragones de Bock trata de capturarlos. Al día siguiente y tras alcanzar su retaguardia hacen prisioneras a tres divisiones francesas. En el pueblo de Garcihernández están a punto de dar caza al grueso del ejército francés pero desisten tras batirse con 2.400 soldados que defienden con éxito la posición. Finalmente, el día 25 cesa la persecución.

Las consecuencias

Los cálculos sobre el dantesco resultado de lo sucedido en Arapiles arrojan datos espeluznantes. El recuento final estableció que 12.500 franceses y 5.220 aliados perdieron la vida en la Batalla de Salamanca. Generales como Bonnet, Desesgravier, Ferney, Marchand o Thomieres, auténticas leyendas de su Francia natal, dejaron su vida en Arapiles o fallecieron horas después a causa de las heridas. Otros militares de alto rango también quedaron marcados para siempre, caso de Cole, Leith y Beresfors por los aliados y el propio Auguste Marmont entre los derrotados. La coalición exhibió como trofeos de guerra los casi 7.000 prisioneros de aquel encuentro, junto a los 22 cañones o los 200 oficiales que también cayeron en sus manos.

Mientras tanto, el rey José Bonaparte, que llegó tarde a auxiliar a Marmont, tuvo que regresar a Madrid, de donde huyó en agosto poco antes de la llegada de los aliados para establecerse en Valencia. Los franceses levantaron, además, el sitio de Cádiz, un evidente síntoma de la progresiva retirada del territorio nacional.

El triunfo inglés pudo ser más aplastante si Wellington hubiera logrado su propósito de avanzar hacia el Norte al otoño siguiente para expulsar definitivamente al enemigo. Sin embargo, los franceses le hicieron frente en Burgos. Muy a su pesar, hubo de retirarse hacia Portugal ante una inminente derrota dado que llegaban refuerzos procedentes del país vecino. Ese contratiempo, sin embargo, no evitó la rendición definitiva del invasor francés en 1814.

La importancia de aquel sangriento suceso ocurrido hace 200 años en Salamanca, y que enseñó el camino al resto de enemigos franceses en el continente, fue resumida en una sola frase por el mariscal español Miguel de Álava en su carta a la Regencia dos días después de la finalización de las hostilidades: “La suerte de Castilla está decidida”. La de España y Europa, como se demostró poco después tras la derrota francesa en Rusia, también.

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