Martes 07 de febrero de 2012 | Actualizado a las 09:30 h.
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Primer film español
El paso de la infancia a la madurez puede ser muy traumático y más cuando todo lo que te rodea se desmorona poco a poco. Ese es el eje central de la última película de Marc Recha, ‘Petit indi’. El largometraje, que arrancó con diez minutos de retraso porque las taquillas no abrieron a su hora y muchos espectadores no pudieron comprar sus entradas, tiene como protagonista a Arnau, un adolescente que “vive una carrera meteórica hacia el tortazo final”, según reconoció el director catalán.
El joven, un apasionado de los animales y, sobre todo, de los pájaros, vive en un barrio barcelonés que, como su infancia, va encaminado a desaparecer. “El paisaje es un protagonista más de la historia. Quería mostrar aquellos espacios que quedan a un lado del avance urbanístico y a los que se los comen las nuevas infraestructuras”, afirmó Recha.
Para ello todo el equipo se trasladó a un barrio barcelonés “que ni siquiera los que son de Barcelona lo conocen” en el que se mantienen las casas que se construyeron en los años 30 y 40 y donde la gente sigue trabajando con sus manos en sus huertos. “Fue muy llamativo trabajar allí porque ahora toda esa zona ha desaparecido por las obras del AVE”, lamentó Eduardo Noriega, quien da vida al hermano del protagonista.
‘Petit indi’, rodada íntegramente en catalán, se desarrolla sin apenas diálogos y aporta una gran importancia a los gestos y las miradas de sus protagonistas. “Recha limita mucho las palabras y eso obliga al actor ha realizar un trabajo mucho más arduo porque es más difícil transmitir todo lo que siente el personaje con tan poco tiempo ante la cámara”, reconoció Eulalia Ramón, que da vida a la hermana mayor del protagonista.
Gran aplauso
Por otra parte, con inteligencia y suma delicadeza, la actriz y directora parisina Mona Achache ha llevado a la pantalla grande ‘La elegancia del erizo’, un súper ventas firmado por Muriel Barbery, que constituye (como el propio film) un tratado contra la hipocresía y un delicioso ensayo sobre las (falsas) apariencias, la soledad y la amistad.
‘El erizo’ describe la vida en un inmueble de lujo de una céntrica calle de París, principalmente a partir de dos personajes. Paloma (extraordinaria Garance Le Guillermic) es una niña de doce años que mira a su alrededor con ojos de adulta nihilista, y que escruta el mundo adulto con ojos de entomólogo a través de la vieja cámara Súper8 de su padre.
Sus grabaciones caseras, que acompaña de incisivos comentarios en off, documenta la existencia cotidiana en su hogar, con un padre que es ministro en la cuerda floja; una madre depresiva, adicta al psicoanálisis, los ansiolíticos y el champán; y una hermana mayor “obsesionada con ser menos neurótica que su madre y más brillante que su padre”.
La incomprensión impregna la vida Paloma, que se siente terriblemente incomprendida y que renuncia a un futuro “encerrada en una pecera”, como el resto de quienes la rodean. Por ello, ha decidido suicidarse el día que cumpla trece años, tomando una sobredosis de pastillas que le roba poco a poco a su madre.
En el mismo edificio reside Renée (Josiane Balasko), la portera, una mujer cincuentona, viuda y desaliñada, que resulta tan desagradable en el trato con los vecinos e inexistente para ellos como eficiente en sus obligaciones laborales. En su vivienda en el bajo, que comparte con un gato “gordo y perezoso”, tiene un escondite secreto donde cultiva su amor por los grandes clásicos de la literatura; pero por miedo a que la despidan, no puede permitirse que algunote los vecinos de la alta burguesía piense en ella como “una portera con pretensiones”, que lee a Tolstoi y adora el cine de Yasuhiro Ozu.
La vida de las dos protagonistas sufrirá un importante giro cuando, tras la muerte de un vecino, se traslade al edificio un elegante japonés llamado Kakuro (Togo Igawa), que hace que tanto Paloma como Renée abran el caparazón en el que se esconden para protegerse de un entorno hostil, y reconozcan el auténtico sabor de la vida.
El regreso de Angelopoulos
La jornada se completó con el último trabajo de Angelopoulos. Hace cinco años, el realizador griego visitó Valladolid para presentar en la Seminci ‘Eleni’, la primera entrega de una trilogía con la que se marcó el reto de repasar en clave poética los principales acontecimientos históricos del último siglo, a través del devenir de “una pareja cuyo amor desafía al tiempo”. Ahora, un lustro después, ha llegado al festival ‘I skoni tou chronou’, el segundo episodio de la saga, que fue recibido anoche con frialdad en su primer pase en el certamen.
Si ‘Eleni’ arrancaba en Odesa en 1919, con la entrada del Ejército Rojo en la ciudad ucraniana, ‘I skoni tou chronou’ (‘El polvo del tiempo’, en una traducción literal) comienza narrando la historia de A, un cineasta alter ego del propio Angelopoulos (como ya sucedía con el protagonista de ‘La mirada de Ulises’, también llamado A y encarnado por Harvey Keitel), que regresa a Cinecittá para reanudar un rodaje que ha interrumpido por una razón desconocida para el espectador en primera instancia.
El film que A (William Dafoe) está rodando aborda la historia de Elena (Irène Jacob), su madre, con los dos hombres a los que amó toda su vida: Spyros (Michel Piccolli) y Jacob (Bruno Ganz). A lo largo de un periodo histórico que abarca el último medio siglo, la historia transcurre en Italia, Alemania, Rusia, Kazayistán, Grecia, Canadá y Nueva York, con constantes saltos temporales entre la historia de amor de los padres de A (acosados por un destino que los separa una y otra vez) y el propio drama personal que está viviendo el cineasta interpretado por Dafoe (cuya hija pequeña, también llamada Eleni, ha desaparecido).
Con su habitual tempo narrativo, pausado y contemplativo, y los planos maestros marca de la casa, la cámara de Angelopoulos se mueve al son de la mágica música de Eleni Karaindrou, intentando plasmar toda la simbología y la densa carga metafórica pretendida por el cineasta.
Así, se alternan secuencias de extrema belleza —como el apocalíptico encuentro de Dafoe con el dibujo de un ángel que aspira a una tercera ala (icono del etorno retorno), el último plano de Bruno Ganz o la reencarnación de Eleni en su nieta, corriendo de la mano de Piccoli— con otros momentos menos logrados, en los que la impostación de alguno de los actores (especialmente Dafoe), la atmósfera surrealista (en el desalojo de los okupas) o varias líneas de diálogo distraen sobremanera al espectador.
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