Jueves 09 de febrero de 2012 | Actualizado a las 22:16 h.
Enamorados
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Me explico: y es que año de nieves es año de bienes, pero también de buenas pardaladas. Aquí, en mi pueblo, La Bañeza, cuando uno era un chaval, allá por los años del hambre de la poscontienda incivil (década de los 40 del pasado siglo), en cuanto que nevaba, salían a relucir las pardaleras. Un artilugio de alambre acerado, cuyo mecanismo mortal se activaba a poco que se moviera el freno del cepo del que estaba constituido.
Con apenas un dedo de nieve, las pardaleras hacían pardaladas con las que se podía llenar una o varias sartenes de estos pajaritos. Una especie de gorriones con cabeza de chorlito y cante monótono y chirriante en las tardes de primavera y verano. Me dice ahora (a buenas horas, mangas verde) un letrado, chaval de aquella época, y con ramalazo ecologista, que en las actualidad y entonces la caza de pardales está y estaba prohibida. Ahí me las den todas.
Pero buenas meriendas nos comimos aquellos chicos de posguerra, en las tardes en las que la campiña se cuajaba de nieve. Además, infringir la ley en aquel entonces tenía también su dequé, por aquello de que robar a un ladrón…
Se colocaba la pardalera abierta entre los copos, tapando su existencia, con un trozo de pan clavado en el frenillo. Un artilugio que había que sujetarlo también atado de una cuerda, para que el pájaro que cayera en sus garras, si quedaba vivo, no se marchara volando con la alambrada acerada y toda la pesca.
Con tres o cuatro pardaleras, bien colocadas en descampados como eran el ahora barrio del Jardín, o en el campo de San Manuel (donde están ahora las piscinas), la docena o las dos docenas de pardales estaban aseguradas. Después venía el pelado y el limpiado de los pájaros, para que el ama de casa correspondiente no pusiera pegas a la hora de la fritada y compostura gastronómica. Se chupaba uno hasta los dedos de tanto chupetear huesines gorrioneros.
Pero dice ahora mi buen amigo letrado, que entonces y ahora está prohibida su caza. ¡Ay Dios! Habrá que hacer una ‘porla’ (por la señal de la santa cruz) para que el buen Dios nos perdone aquellas fechorías que, además de divertirnos de lo lindo, también quitaba el hambre de los chavales zarrapastrosos de aquella época de miserias. Pero lo cierto es que en los años de nevadas eran más que buenas las pardaladas. Una palabra que ahora se dice también para señalar merendolas de amigos.
Hoy aquellos pardales, aquellos chorlitos, aquellos gorriones tienen su epresentación en los estamentos estatales y gubernamentales. Y es que la palabra pardal tiene más acepciones que botones la sotana de un clérigo. Dice el ‘María Moliner’, que además de pájaro, chorlito o gorrión, “se dice de las gentes de las aldeas que regularmente andan vestidos de pardo”. Como los gatos, como los diputados, senadores, procuradores, ministros y demás ralea política. Vamos, pardillos, digo yo, a los que hay que explicar lo que tienen o no que votar, después de oír a sus portavoces y que, de cuando en vez, se confunden.
Añadiendo además, de forma coloquial “hombre bellaco, chulesco, astuto o pícaro”. O sea, toda una definición de lo que yo decían anteriormente: gentes de mal vivir, pero que viven de prostituta madrastra.
Cagüendiosla, ya podía estar ahora abierta la veda para las pardaladas (si es que antes lo estuvo), porque en un año como el que pasó, con tres o cuatro (que ya ni me acuerdo de cuántas) nevadas como las que hemos tenido, a lo peor, no hacía falta hacer cambios electorales para poder poner a otros mandamases que tuvieran nuevas ideas y nos sacaran de estas crisis que nos ha cogido entre las curvas de una pardalera gigante. O llenar una sartén de pajaritos mudos y danzar alrededor de la hoguera, como niños indios de la década de los 40 del pasado siglo.
Así que el pasado mes de diciembre y este de enero, cada vez que abría la ventana y veía un dedo o dos de nieve, me entraban ganas de acercarme hasta la ferretería de ‘Quiquines’ (herederos de Francisco Ruiz) por ver si aún le quedaba alguna de aquellas pardaleras con las que atrapábamos chorlitos, gorriones, pardales o como se llamaran (alguna vez caía también alguna paloma despistada). Después me acuerdo del código penal y de cómo se iban a poner mis amigos los ecologistas y, tras hacerme una ‘porla’, me arrepiento de mis malos pensamientos.
Vamos, digo yo, señor letrado.

