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¿Por qué escribe Andrés Trapiello?
Uno siempre escribe para saber quién es. Puedes tener una idea más o menos precisa de quién eres, pero no estás muy seguro de que eso sea así, y uno escribe básicamente para conocer, para conocer lo que hay detrás de la realidad. Básicamente escribes para dar sentido a la vida, que es algo que no lo tiene, y buscas en la escritura el sentido que no tiene la vida.
¿Es fruto de sus lecturas?
Siempre he leído, desde hace 35 años, a los mismos. Grandes o pequeños. Siempre insisto siempre en decir que son importantes los dos tipos de escritores, el grande y el pequeño: el que es grande porque no puedes vivir sin él, y el que es pequeño porque dice cosas que el grande a veces no llega a decir.
¿Cuáles son los autores que más le han influenciado?
En el caso de los españoles mis pilares son Galdós, Cervantes, Baroja, Juan Ramón, Machado y Unamuno, a los que añadiría a Ramón Gaya y Gutiérrez Solana. Y luego hay escritores menores o que me han interesado de una manera pasajera pero muy intensa también, como Gómez de la Serna, Pepe Bergamín, María Zambrano, Pla o Sánchez Mazas. De fuera de España me gustan mucho Tolstoi, Dickens y Stendhal, y en la poesía Leopardi o Emily Dickinson.
¿Tras residir durante 35 años en Madrid, ejerce como castellano y leonés?
No, a verdad es que no. Podría decir lo contrario, pero no he ejercido nunca y decir otra cosa sería hipocresía. Ejerzo de escritor español que ha nacido en León, que vive en Madrid, y que la mitad de su tiempo lo pasa en Extremadura. En ese sentido soy poco patriota. Un escritor es un patriota de su lengua; yo soy castellano, escribo en castellano, la propia denominación de la lengua remita a Castilla y León, pero si se me preguntan si yo hago patria, generalmente no, aunque he tenido y tengo muy buenos amigos allí, y la mitad de mi familia está en Castilla y León.
En esta tierra vivió sin embargo hasta los 23 años.
En mi caso, en Castilla y León ha transcurrido acaso la que es la parte más importante en la vida de un hombre, que es su infancia. La infancia es la edad más larga en la vida de un hombre, porque le va a acompañar durante todo el tiempo que viva. La infancia no se olvida, pero no he creído mucho en los nacionalismos históricos, y tampoco voy a creer ahora en un nacionalismo castellano y leonés, dicho esto sin ningún ánimo de ser descortés con mi tierra, que me brinda ahora este premio.
Repasando la lista de ganadores en ediciones anteriores, ¿siente algún tipo de afinidad con ellos?
Me siento próximo a los muchos escritores leoneses que aparecen, siento una especial afinidad por Miguel Delibes y José Jiménez Lozano es estupendo y su obra me gusta muchísimo, pero curiosamente con quien más próximo me hubiera sentido es con Ramón Carnicer, que nunca ganó el Premio. De todos modos no he querido saber nunca nada de escuelas castellanas y leonesas, leonesas, madrileñas, cacereñas o españolas en general. Ni siquiera tengo una generación. El escritor es una persona que está sola en el mundo, y que escribe para un lector que también está solo, al menos mientras le lee. Por tanto, las suyas son dos soledades que se juntan en un momento determinado porque están fatalmente destinadas a encontrarse.
En el fallo del jurado, el acta destacaba su “armonización entre el rescate de escritores olvidados y la admiración y cultivo de las tendencias literarias más modernas”. ¿Se siente reflejado en esas palabras?
Sí, si a lo que se refiere es a que esa cuestión siempre me ha parecido muy importante. Todo escritor tiene que releer el pasado, y el pasado, en mi caso, ha sido una parte fundamental de esta lucha por la modernidad y por la contemporaneidad. Todos los escritores están en presente, sean Homero o el último que ha nacido, lo que ocurre es que a menudo esos escritores o han sido ignorados, vilipendiados o menospreciados. Pienso que esa precisión del fallo del jurado se refiere a que yo he dado la batalla por escritores digamos olvidados, que no de segundo orden, porque a veces eran escritores de primer orden.
¿Quiénes serían esos escritores?
Por ejemplo, en el caso de Juan Ramón Jiménez, cuando yo empecé a escribir era mundialmente conocido, ya contaba con el Nobel, y sin embargo era un hombre enormemente denostado y vilipendidado por la ‘modernidad’ de entonces. Yo he dado una batalla por él, como también por escritores inexistentes, como Carles Nogales, que no eran nada y ahora me alegra saber que la gente ya reconoce en él a uno de los grandes periodistas del siglo XX. O Ramón Gaya, o Gutiérrez solana, que no son escritores ni muchísimo menos secundarios. El hecho de que sean ignorados o desconocidos no quiere decir que no sean importantes, y me he sentido en la obligación de darlos a conocer.
