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Música pegadiza que, ¡ay, Dios!, llega un momento que cansa y cansa al personal hasta la saciedad. O, al menos, a éste que firma esta columna. A pesar de que he sido siempre un entusiasta del género musical, tras haber buscado en los 'Canta et ambula' del momento, aprendido y cantado villancicos de todos los rincones de España y de algunas partes del extranjero.
De ahí el título de este escrito con el que, de paso, quiero felicitar las Pascuas navideñas a todos mis lectores (gracias, de paso) con el consabido feliz Nochebuena y próspero Año Nuevo (que falta nos hace). El 'adeste, fideles' es el villancico cristiano por excelencia desde que se instituyó esta festividad del nacimiento de Jesús, en un portal de Belén.
Aprendí el consabido villancico en mis años de interno en un colegio de Salamanca, con el 'Liber usualis' que contiene todos los cánticos gregorianos de la liturgia cristiana. Una vez que me desasnaron en las primeras notas cuadradas sobre los tetragramas tradicionales, en clave de Fa. 'Adeste, fideles' (acercaros, fieles). Y más de una vez me arranqué con sus notas en solitario, en mis años juveniles cuando, en grupos de media docena, nos repartían entre los numerosos conventos de monjas que, allá por los años 50 del pasado siglo, existían en la capital charra, para amenizar las festividades religiosas y el gozo de ursulinas y otras monjitas de aquellos cenobios, que pagaban la liturgia navideña que les llevábamos, con bandejas repletas de bollos y dulces que elaboraban en sus cocinas.
Al mismo tiempo, aprendí también otro de los villancicos laicos más conocidos en el mundo, el alemán 'Stille Nacht, heilige Nacht' (Noche de paz), tras conocer su historia, como si fuera uno de los mejores cuentos de Navidad que he escuchado.
Y es que son de verdad días de paz, de alegría, de abrazos, de saludos, de ósculos con la excusa de la celebración del nacimiento de Jesús. A pesar de que el laicismo crece y crece hasta las trancas (y sino preguntárselo al alcalde de mi pueblo, La Bañeza, que ya ha salido el chiste ese que empieza con un "ego te baptizo in nomine Patris, et Filii, et Spiritu Sancti, et corregidoris atque senatoris Palazueli' para potenciar su recién aprobado bautizo laico) que nos va a dejar sin celebraciones como Dios manda que llevar a la boca.
Por eso, cogí un puñado de la crisis económica que nos abruma y formé un pequeño nacimiento (me gusta más esta palabra que la de Belén) en el recuerdo y en la añoranza. Porque mi niñez nadó también en una gran crisis económica, de libertad (más de libertad que económica, que también), de amor y hasta de paz. Cuando se acercaba la jornada de Nochebuena, cuyo primer campanazo era siempre la cantinela de la lotería durante una mañana, días antes del evento, nuestra casa se llenaba de olores a dulces. Mi madre había sido aprendiz y oficiala en una de las confiterías más importantes de La Bañeza, como era la de don Conrado Blanco León.
Eran días de acercarse a la camilla de la cocina convertida en obrador, cuando llegabas de la escuela, porque siempre se escapaba un cacho de masa de turrón caramelizado, de mazapán de coco, o de pastelillos garrapiñados. Unos olores que en la mañana de Nochebuena se confundían con la cocción de la tartera de lombarda y el guiso o asado del más grande de los pollos que corrían días antes por el corral y la huerta de aquella casa de la calle Astorga.
Y llegaba la noche. Mi madre bendecía la mesa con unos versos que ahora he olvidado, mientras mi padre contaba los últimos dimes y diretes que se escuchaban en la parada de taxis, donde el regentaba un coche 'al punto'. A veces, a media cena, sonaba el teléfono y llegaban los sobresaltos. Hoy es una cosa normal que esa noche, a esas horas, siempre haya alguien que felicite las pascuas. Pero en aquel entonces (años cuarenta del pasado siglo), el sonido de los timbres que colgaban del aparato podía traer el aviso de algún 'servicio' que estrangulaba la noche, una vez que mi madre daba varias vueltas a la manivela de carga de batería, antes de descolgar el auricular.
Eran tiempos de crisis. Como ahora. Aunque, además de la falta de dinero, también se insertaba (o imaginábamos) en la palabreja la libertad, el amor y la paz. Y es que entonces, aún no conocía los dos villancicos que más me han impactado: el 'Adeste. Fideles' y el 'Stille Nacht, heilige Nacht', que hablaban de eso que entonces nos faltaba, principalmente, la libertad, el amor y la paz. De dinero, de economía no decían nada, se sobrentendía. Eso es cosa de estos tiempos de mentira, manipulación y política rastrera desde todos los ámbitos parlamentarios. Amén (laico, ¡oye!)
