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OPINIÓN POR BEATRIZ SAN MILLÁN PÉREZ
Aburrimiento-Nevera. Una relación amor-odio
Seguro que más de uno recuerda alguna tarde tirado en casa...
11/05/2010
LA NARANJA MECÁNICA
... sin saber qué hacer y sin ganas de hacer nada. Esta situación es bastante más común de lo que pensamos. Incluso los mismos que siempre se quejan de falta de tiempo han caído en días de absoluto hastío y desidia. Hay días que la cabeza se paraliza ante el aburrimiento o la expectativa de tener demasiado tiempo y ningún plan con que rellenarlo.

El aburrimiento nos lleva a un autodiálogo que, generalmente, suele ser circular y con tintes negativos. Cuando nos aburrimos pensamos en cosas que podríamos hacer pero no se nos ocurre nada. Si no llega ninguna idea seguimos pensando y pensando y, de tanto pensar, nos entra hambre. Un hambre indefinida que nos hace ir al frigorífico y ver que no hay nada que nos guste. Pero estamos demasiado cansados para bajar a la calle a comprar algo que realmente nos apetezca. Cerramos el frigorífico y volvemos al lugar del que venimos que, normalmente, es el sofá. Seguimos pensando en qué hacer mientras pensamos en qué comer. Cogemos el mando de la televisión y recorremos todos los canales para concluir que no hay nada interesante y que el día es completamente insulso. Volvemos a la nevera para ver que no se ha llenado por arte de magia de aquello que tanto nos apetece y aún no hemos descubierto lo que es. Cogemos lo primero que pillamos y volvemos a sentarnos. Comemos y pensamos. ¿Qué hacer? No sé, pero no debería estar comiendo esto porque luego me voy a arrepentir. Aquí acaba de destaparse la Caja de Pandora.

Nos  sentimos culpables por picotear pero tenemos mucha hambre. Si no comemos la sensación de hambre aumenta. Debería ponerme a hacer algo ya. Pero ¿qué hago? No se me ocurre nada y lo que se me ocurre no me apetece. Seguimos comiendo. Seguimos pensando. Tendría que ponerme con el encargo pendiente o debería recoger pero estoy tan cansado que no tengo fuerzas. Pasan las horas y avanza el día, muy lentamente, eso sí, y a nuestra cabeza no llega ninguna idea esclarecedora.

Nos acordamos del ordenador y, de camino, pasamos por la nevera. Hace tan sólo una hora que comimos y ya es la segunda vez que nos ponemos a picar. No puede ser, voy a engordar y otra vez me voy a sentir fatal. Con lo que me cuesta perder estos kilos… Encendemos el ordenador para ver lo mismo de siempre. Pensamos en la gran cantidad de películas que tenemos pero ninguna nos inspira lo suficiente. Otra vez tenemos hambre. Viaje a la nevera. Pensamos y comemos. Comemos y pensamos.

Pensamos en quedar o visitar a alguien. Nos da pereza. Estamos cansados, con un estado de ánimo que roza el enfado y llevamos todo el día en pijama. ¿A dónde vamos a ir a estas horas? Porque ya es tarde para arreglarse y salir. Es tarde para llamar a alguien. Es tarde para ver una película. Es tarde para cualquier cosa pero, paradójicamente, la tarde no pasa. Parece que las horas se estiran casi tanto como las ganas de comer. Seguimos sintiendo hambre, aunque a estas alturas ya hemos llegado a la conclusión de que es sólo gula. Como es gula ya no tiene sentido seguir picando pero notamos un apetito tan insaciable que tenemos que volver a la nevera.

Miramos el reloj y parece que el tiempo no pasa nunca, sin embargo, nos damos cuenta de que hemos perdido un día sin hacer nada y comiendo sin parar. Al recapitular, los sentimientos de culpabilidad nos invaden como lo llevan haciendo el resto del día. Sin querer, nos hemos metido en un círculo vicioso del que no somos capaces de salir. El aburrimiento nos da hambre y el comer nos hace sentir culpables. Ese sentimiento de culpabilidad hace que nos sintamos cansados y sin ganas de hacer nada, lo que contribuye a que nos movamos menos y nos aburramos más y más.

Debemos ser capaces de identificar esa sensación de malestar que comienza a crearse en nuestro interior para actuar en contra. Una forma es obligarnos a salir de casa con cualquier excusa, ir al cine, una exposición, ver tiendas… Cualquier opción es válida porque nos alejará de ese sentimiento de malestar. Hacer cosas repercutirá en sentirnos mejor y dar por aprovechado un día que ya creíamos perdido. El aire fresco y no viciado de la calle nos oxigena la mente y nos aclara las ideas. Si nos quedamos en casa el ambiente se enrarece y se vuelve pesado. Nos envuelve y nos obliga a quedarnos quietos sin hacer nada.

La vida es demasiado corta como para malgastar los días dejándonos invadir por el malestar y el aburrimiento.

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