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OPINIÓN POR BOUZA POL
¿A Toral, para qué?
«En mis tiempos de chaval, —¿no hace muchos años?— quienes visitábamos los pueblos vecinos...,
08/09/2009
BURBIALIDADES
...no muy lejanos del nuestro, éramos verdaderos aventureros de espíritu inquieto y burlador que, a veces, arriesgábamos nuestra integridad física —e incluso la bicicleta— por mor de unos bonitos ojos, o unas esbeltas piernas de quinceañera con minifalda. ¡Qué tiempos tan felices aquellos de la década de los sesenta, cuando todos los intelectuales y artistas de este país, —al parecer y según ellos— andaban por París, y sin embargo yo, a mi aire, recorriendo con entusiasmo los pueblos de mi tierra berciana, disfrutando del tierno afecto de hermosísimas niñas de Ponferrada, Caucabelos, y Toral de los Vados! ¡Eso sí que era turismo rural del bueno! Un turismo de aventuras y de emociones incomparables.»

Este párrafo lo he copiado, al pie de la letra, de las páginas 185-186 de mi libro «A orillas del Burbia», y corresponde al artículo titulado «León, el factor humano» publicado en el periódico La Crónica de León, en fecha 22 de febrero de 1999.

De niño, desde nuestros huertos de San Fiz, en la margen derecha del amado Burbia, veía  pasar aquella locomotora negra, a carbón, soltando humo, pitando con gran ímpetu… El tren siempre iba para Toral, siempre venía de Toral, y Toral siempre era para mí el más allá, el horizonte, el sitio deseado.

—Y este río, mamá, ¿dónde va este río tan grande…?
—Pues a Toral, a Toral también va el río, hijo mío…

Vino después  aquella gran máquina verdosa, de gasoil, que duró buenos años. Luego llegó el “tren eléctrico”, que casi no tuvimos tiempo de ver ni disfrutar… ¡Yo protesté por escrito, lo juro!

Me encantaba la bicicleta, la libertad. Y aquella humilde carretera que sólo iba a Toral. Mas yo la alargaba hasta Caucabelos, por Sorribas, para gozar de los ojazos garzos, de la voz dulce, del aroma delicioso de mi Diosa del Cúa.

¡Ay, si yo contara…!

Algunos años estuve yendo a Toral cada segundo día. Yendo y viniendo para llevar “cartas de amor” al buzón de correos de la estación, con el fin de despistar a los empleados cotillas y envidiosos de Villafranca.

No sé por qué, pero, —ahora que lo pienso— nunca se me ocurrió intentar la hazaña (hazaña para mi, no para él) del padre de mi amigo “Guarni”, que, según insistía su hijo Enrique, cuando iba a Toral lo hacia en “bici”, utilizando un carril de la vía del tren para ir, y el otro para regresar, invariablemente, y nunca se caía…

¡Ay, si yo pudiera contar…, sin provocar envidias…!

En el sesenta y seis, en agosto, regresaba mi hermana de Cuenca. Fui a esperarla a Toral, acompañado de dos de las chicas más impresionantes de Villafranca, una morena, y una rubia. Yo tenía dieciséis años, ellas veintiuno. Hicimos tiempo paseando por la calle principal, por la plaza de la estación y ¡Jesús, qué emocionante, cuánta admiración…!, y todo por arte y magia de mi amiga Lulo (Mª Antonia Gavelas), y de mi amiga Mari-Carmen Mauríz, que dejaron a la gente de Toral con la impresión y la seguridad total de que nunca habían visto nada igual, tanta hermosura.

En fin, don Antonio F2, espero haber cumplido, modestamente, el primer tramo de lo que me has pedido. En Toral tuve una “novia”, y muchas, muchas, muchas ilusiones con nombres preciosos de mujer: Julia, Pilar, Inés, María… Antes, en cada pueblo, las chicas tenían algo especial, un no sé qué que las distinguía. Ahora no, ahora, para bien o para mal, están cortadas todas por el mismo patrón. Y ya es imposible saber si son de Toral, de Villafranca, de Ponferrada, o de Caucabelos. (Continuará)
 

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