Lunes 21 de mayo de 2012 | Actualizado a las 13:30 h.
|
|

La amenaza de mi padre si me despistaba en la escuela (que fueron muchas las veces porque la trastura era consustancial con mi manera de ser) se circunscribía a “si no quieres estudiar y aprender las cuatro reglas, a tirar de caldereta”. Lástima. Hoy a lo mejor era un potentado jubilado del ladrillo, con la crisis sin empezar. Era una amenaza que me llegaba al alma. Porque en aquel entonces, en las obras de La Bañeza, mi pueblo, no había muchos utillajes y la caldereta de cemento o yeso había que subirla a pie de andamio, mediante el tiro de una polea. La caldereta no entraba en mi definición de libertad.
Cuando pasaron los años de la niñez y me internaron en el colegio Maestro Ávila de Salamanca, la amenaza de los prefectos y superiores era casi un ‘vade retro’: Si no logras unas calificaciones buenas te mandarán de cura a La Cabrera o a las Hurdes. Jesús, qué miedo. Con el tiempo conocí estas dos bellas comarcas (leonesa y cacereña
respectivamente) y me enamoré de ellas, casi tanto cono Ramón Carnicer en su libro ‘Cuando las Hurdes se llaman Cabrera’. Amenazas que no cuajaron porque la palabra libertad no entraba entre los treinta y tres botones y el alzacuellos de la sotana.
Más tarde pude haberme reenganchado en el servicio militar, donde, durante más de un año ejercí las funciones de secretario del Juzgado Especial Nacional de Actividades Extremistas en la Primera Capitanía Militar de Madrid. Pero no me llamaba Dios por esos caminos, donde al final del túnel no se veía la palabra libertad.
Y aquí estoy, jubilado de toda una larga actividad de varios oficios, con especial relevancia en la mecánica del automóvil y en la de juntar letras para el periódico La Crónica de León, principalmente. Tampoco en ellas encontré la verdadera libertad, ni mucho menos.
Pude haber seguido el oficio de político. Pero en aquel entonces, cuando empezaban a abrirse las rendijas de la democracia en España, en general y en la provincia de León, en particular, la política no era un oficio. O al menos eso creía yo y muchos de aquellos jóvenes maduros que nos asomábamos a las sedes de los partidos. Hasta que me di cuenta de que en aquellos partidos arcaicos la libertad brillaba por su ausencia. Lo mismo que en los actuales.
No, coño, no me llamaba Dios por aquellos caminos. Mis estudios, mis lecturas, mis experiencias creía que me llevarían a la verdadera libertad. A esa utopía, en la que muchos de los que vivimos toda la época franquista, soñábamos.
Sí, si lo hubiera sabido a tiempo, a lo peor, hoy (o antes) me hubiera prejubilado con una pensión que para sí quisieran los banqueros y mineros. Digo los mineros porque conozco a muchos que ganan de pensión muchísimo más de lo que yo ganaba cuando estaba en activo. Ahí está nuestro ínclito presidente ZP, que nunca ha dado un palo al agua y sólo ha sido un figurín de fotografía. Y tantos otros que, casi sin saber hacer la O con un canuto, cobran el oro, el moro y parte del Oriente Medio.
Ahora, eso sí, sus pensiones que no se las toquen. Que para eso ya están las de los demás para tocar, retocar y repicar recortes. Hay que tener cara. A joderse y aprender buenos oficios. Por qué no me rebelaría contra las amenazas de mi padre o los prefectos del colegio o la estupidez de no hacer carrera militar o simplemente hacerme político de sufrimientos por la patria, para poder blindarme ahora una suculenta pensión, por ser tan sólo cuatro años un simple diputado nacional o un senador de la Cámara Alta o procurador regional, alcalde y tal. Sobre todo tal.
Y aunque no hubiera valido para ello, porque valoro más un gramo de libertad, aunque sea jubilada, que el peonaje albañil, la curia clerical, la disciplina militar o el amén a los mandamases de un partido, que esas grandes pensiones, por las que tendrán que cotizar ahora como ricos, a poco que se entere Rubalcaba. Lo dicho, a jo…robarse y aprender buenos oficios.
