Lunes 21 de mayo de 2012 | Actualizado a las 13:30 h.
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Sorprende comprobar el interés que en los últimos tiempos se ha tenido para ocultar que la gran Agustina de Aragón era catalana, que Cataluña estuvo, bravamente, a la cabeza del esfuerzo y del sacrificio valeroso de España contra el napoleón francés. Casi un siglo después, en 1898, también, Cataluña entera, y muy especialmente Barcelona, se distinguió sobremanera por sus grandes muestras de pesar y de sentimiento patriótico contra el cobarde ataque de EE.UU. y la consiguiente pérdida de nuestra amada Cuba.
Los “Te Deum” cantados en Notre-Dame de París por orden del Emperador son signos elocuentes e inconfundibles de su debilidad imperial. Europa se rebela contra Napoleón y, éste, quizá el mayor estratega y estadista de la historia, vive como un rico burgués, elige reyes y los pone a su servicio, pero no parece ya un “revolucionario”. ¡Qué curioso que el hombre que amaba locamente a la “vieja” y estéril Josefina, que se encerró tres días seguidos en el Trianón, en soledad, llorándola amargamente, quisiera engendrar un hijo, un heredero, un infante; escogiendo para casarse a una “tierna princesa” de dieciocho años, la mejor entre las mejores familias reales, más nobles y antiguas de Europa, los Habsburgos! ¡Vaya “revolucionario” que sueña con tener un vástago de sangre real, que sea su sucesor y el futuro rey de Francia! ¿Así acaban los revolucionarios…?
Desde el punto de vista intelectual, cuesta trabajo entender que los mismos que se ensañan hoy con Franco suspiren por este Bonaparte que también llegó al poder mediante un Golpe de Estado, que fue un déspota dictador sangriento, que asoló Europa y, vencido, disfrutó de la clemencia de sus encarnizados enemigos. ¡Cuánta generosidad!
Luego, el “gran hombre”, en Santa Elena, en su Testamento del 15-4-1821, escribe: «Muero en la religión católica y romana, en cuyo seno nací, y cuya fe restablecí en Francia, protegiéndola de continuo… Mi dictadura era indispensable… Lanzo una proclama a los pueblos de occidente y preconizo la concordia universal sobre la base de la libertad, la igualdad, la civilización, la inteligencia y el trabajo, sin venganza. Yo me he visto obligado a domar a Europa por las armas (¿lo mismo que hizo Franco con España?); hoy, lo preciso es convencerla… Dividir los intereses de una nación es engendrar la guerra civil. No se divide lo que por naturaleza es indivisible (España, por ejemplo, digo yo); solamente se consigue mutilarlo», luego, sigue escribiendo: «La libertad de la prensa debe ser un poderoso auxiliar para hacer llegar a todos los rincones las doctrinas sanas y los buenos principios. El abandonarla a si misma equivale a quedarse dormido junto a un precipicio. Hay que reunir a Europa con vínculos indisolubles…»
Napoleón Bonaparte, El Grande, ¡quién lo iba a decir!, también se arrugó, se hizo pequeñito, y se murió… Murió poco a poco pero rápidamente, envenenado con arsénico. Sus “fieles criados servidores” y sus médicos de confianza lo van liquidando sin prisa pero sin pausa. Y él, sin enterarse, dice que muere prematuramente por culpa de Inglaterra, y les deja una buena fortuna, especialmente a su médico principal Larrey, al que considera: «uno de los hombres más virtuosos que ha conocido…» ¿Cómo serían de perversos los otros…?
España, la pobre y valerosa España, con su gesta, es como el aldabón que llama y mueve a Europa. Nuestra lucha, nuestro heroísmo popular y militar, nuestra indomable ansia de libertad, causa sensación en todo el mundo. Los intelectuales, los artistas, poetas, escritores se inspiran en nosotros, en nuestras costumbres, en nuestra forma de ser… Viene a nacer el “romanticismo”… De EE.UU. nos visita Washington Irving, y escribe «Cuentos de La Alhambra», e incluso un “franchute”, Prosper Mérimeé, publica «Carmen» en 1845, su obra cumbre. España, para bien o para mal, se pone de moda.
A buena parte vino a parar Napoleón, ¡qué pena que le perdieran tanto los modales, tan ladrones y sangrientos!
(Dedicado a don Antonio Merayo Cuadrado y don Agustín Guzmán Sancho, destacados colaboradores de la Fundación Jovellanos en Gijón).
