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OPINIÓN POR BOUZA POL
A 'Bonaparte' vino a parar Napoleón
Después de la sangre derramada en Madrid el glorioso 2 de Mayo de 1808...,
05/04/2009
BURBIALIDADES
...España entera se levantó en enojos para continuar nuestra Guerra de Independencia, contra el Napoleón francés y sus poderosos ejércitos, hasta entonces invencibles. De súbito, el mundo contempla atónito y asombrado, el ímpetu con que renace nuestra raza, después de tantos años de postración y abatimiento; vienen los días heroicos de Bailén, de Zaragoza, de Gerona…, de León, de Caucabelos, de Villafranca, trasunto renovado y fiel de la gloria de Numancia y de Sagunto…

En julio de 1808 la Junta de Valencia es la primera en solicitar la formación de una Junta Central que unifique a todas las Juntas Locales de España. El Gran Jovellanos, ¡olé tus bemoles, Jovellanos!, en un exquisito alarde de lucidez patriótica, honrado y valiente, hízole un buen “corte de mangas” a Napoleón y, en vez de aceptar y tomar posesión de la Cartera de Ministro del Interior, entró a formar parte de la Junta Central, dejando a los Bonaparte al descubierto de sus indignas maquinaciones… ¡Desde que Don Pelayo iniciara la Reconquista de España, jamás un hijo de Asturias alcanzó tan alta cima, ni mejores vuelos…, el tiempo y la Historia, al fin, hicieron gala, y nadie puede ya dar pábulo a la injuria, poner baldones a su honrosa gloria!

Esta fue la noble y valerosa respuesta a la iniquidad de la Entrevista de Bayona, donde fraguaron los franceses la encerrona a la Familia Real de España. Bonaparte, entonces, para más inri, creyó oportuno impresionar al pueblo español y, esperando fascinar a toda la nación, se pasó de listo al lanzar esta proclama: «Españoles: después de una larga agonía, vuestra nación iba a perecer. He visto vuestros males, y voy a remediarlos. Vuestra grandeza y vuestro poder hacen parte del mío. Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la corona de España. Yo no quiero reinar en vuestras provincias; pero quiero adquirir derechos eternos al amor y al reconocimiento de vuestra posteridad… Españoles, recordad lo que han sido vuestros padres, y contemplad vuestro estado…, yo quiero que mi memoria llegue hasta vuestros últimos nietos, y exclamen: —Es el regenerador de nuestra patria: Napoleón».

Queda patente el orgullo, la ambición y la soberbia del “Dictador Emperador”, del indomable guerrero que durante trece años había pasado por invencible. Lejos, muy lejos estaba de imaginar que sería en España, precisamente en España, donde sufriría las primeras humillaciones…, y, en toda Europa, prendería la llama de nuestro ejemplo, de nuestra pasión indómita de libertad…

Así se comprende bien que, en marzo de 1814, se traslade el campo de batalla a territorio francés. Napoleón escribe a su María Luisa pidiéndole que vaya a orar a Santa Genoveva, y que mientras el enemigo pise el suelo de Francia se prive de ir a la ópera. «Mis asuntos, aunque difíciles, no van mal…, y, con la ayuda de Dios, confío conducirlos a buen término». Ahora, cuando cambia su buena estrella, cuando París está amenazado por tropas extranjeras poderosas, aparece Dios de improviso en el ánimo del “matarife” de Europa. Y no sólo recurre a Dios Todopoderoso, también trata de sacarle partido a su hijo de tres años, utilizando su retrato como campaña de publicidad para su causa: pide a María Luisa que encargue la reproducción y distribución masiva del retrato del Infante, con la leyenda: «Ruego a Dios que salve a mi padre y a Francia».

En marzo de este año 1814, José Bonaparte llega a París y parece muy interesado en complicarle la vida conyugal al Emperador, “tirándole los tejos” a la joven austriaca. Corroído por los celos, Napoleón le escribe: «Todo el mundo me ha traicionado. Desconfía del Rey, tiene mala fama entre las mujeres. Si me quieres complacer y no hacerme desgraciado, ten al rey lejos de tu confianza y de ti, si es que todavía te interesa mi contento y mi felicidad. Necesito del consuelo de los míos. Ya estoy acostumbrado a no tener más que contrariedades. Pero de ti me sería insoportable».

La humanidad no quiere aprender de las lecciones de la Historia, se empeña en distorsionarla, en exhibirla a la medida de sus bastardos intereses, de su orgullo, de su venganza. El hombre sale de casa a “comerse el mundo”, y regresa (a veces ni eso) con una gran indigestión, con el rabo entre las piernas…, pero no escarmienta nunca en cabeza ajena, y los ejemplos resbalan… Napoleón volvió de Rusia “sin plumas y cacareando”.  A los soberbios  a veces hasta les envanece las derrotas más trágicas, sangrientas y crueles. El “corso”, el déspota, el militar chusquero, el advenedizo, saca pecho y se muestra “heroico” cuando le proponen que acepte volver a las antiguas fronteras de Francia: «Tengo 50.000 hombres, y yo; lo que hace un total de 150.000».

El que no se consuela es porque no quiere, dice el refrán. Napoleón es un experto en no dar su brazo a torcer, en sacar fuerzas de flaqueza y no sepultar su “conciencia”, que se le muestra amarga en los momentos decisivos y desafortunados, que son los que dejan más profunda huella. Por eso exclama: «Los franceses no pueden quejarse de mí. Por consideración a ellos, sacrifiqué a los alemanes y polacos. Perdí 300.000 hombres en Rusia, sí; pero, entre ellos, no había más de 30.000 franceses». (Continuará).

(Dedicado a don Antonio Merayo Cuadrado y don Agustín Guzmán Sancho, destacados colaboradores de la Fundación Jovellanos en Gijón).

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