Cabreira, rituales en el paisanaje, umbrales en el paisaje

Cabrera Baja desde el puerto de Peñaguda en Cabrera Alta./Iván Martínez
Cabrera Baja desde el puerto de Peñaguda en Cabrera Alta. / Iván Martínez

Lugares donde los rituales cobran vida todavía hoy en esta comarca, ya sea realizando la propia celebración, o en el recuerdo de los más mayores

IVÁN MARTÍNEZ

Cabrera o Cabreira en su forma tradicional, ha sido tradicionalmente una zona aislada. La influencia que ha tenido en ello su quebrada orografía se ha visto acentuada por el brusco escalón que hay que salvar para pasar de la Cabrera Alta a la Baja o viceversa, puesto que ahí es donde se produce el mayor acercamiento entre las cuencas hidrográficas meseteñas y galaicas, las del Duero y Sil respectivamente.

Estas consideraciones geográficas previas se deben a dos motivos. El primero es de índole geohistórico: marcar las dificultadas de la comarca inherentes a su posición en el contexto regional, de forma que pueda comprenderse mejor su relativo aislamiento. El segundo es de alcance patrimonial, puesto que esas mismas dificultades han propiciado una excelente conservación hasta hoy de lo que podríamos definir perfectamente como un paisaje cultural, gran parte de cuyos elementos y estructuras hacen visible de forma inmediata la huella del proceso histórico que representa.

Acercándonos a este paisaje cultural, descubrimos una comarca insólita,llena de umbrales y rituales que están a punto de perderse tanto unos como otros, y que ambos conforman una unión que no pueden existir uno sin el otro. Vamos a describir algunos de ellos para que el lector sepa de lo que estamos hablando.

José Luis García Grinda en su libro La Cabrera: Cuadernos de Arquitectura describe un paisaje arquitectónico llenos de umbrales, de pasos entre el espacio privado y el espacio público, de lugares donde los rituales cobran vida todavía hoy en esta comarca, ya sea realizando la propia celebración, o en el recuerdo de los más mayores.

La noche de Santos

Aprovechando las fechas en las que estamos, comenzaremos con un tema que tiene un enorme impacto en las sociedades, que nosotros ahora ponemos a veces un poco al costado: la muerte. Para muchas sociedades no es el fin de la vida, sino un paso más que sigue cumpliendo un rol. Los muertos, retornan y nos regresan las riquezas de la naturaleza, pero para eso tenemos que asegurarnos que los hemos tratado correctamente, que hemos cumplido el ritual que finalmente les asegura la vida eterna a nuestros difuntos. Y eso ocurre cuando la procesión de las ánimas recorre las caleyas de los pueblos dejando un fuerte olor a cera, tal como relata Xepe Valle en su libro Mitoloxía y simbolismu alredor de la ñaturaleza y l’arquitectura tradicional de Cabreira (Llión). Es el día de hoy que muchos cabreireses creen que si la puerta huele a esa cera de la precesión de almas, algún familiar está cercano a la muerte.

Encontramos entonces la puerta de la vivienda cabreiresa como primer umbral de un rito que tenía su máxima expresión en esa víspera de la noche de los Santos, donde dejaban entrar a las ánimas a comer castañas en los magostos familiares. Pero las puertas de las casas cabreiresas son también lugares de otras muchas costumbres y ceremonias, como el rastro. El rastru, palabra que aunque se pronuncie oralmente con una O cerrada se escribe en asturleonés con una U, no es más que la tradición que, viva aún hoy en muchos pueblos de la provincia, descubría a los amantes secretos que ocultaban su amor. Los mozos del lugar cogen la paja o pusia de la trilla, hoy en día sustituida muchas veces por pintura, y van dejando el rastro desde la puerta de un amante a la puerta del otro. ¡Cuántas veces se levantaba temprano la madre de la moza a barrer para que no se supiese que su hija ya era rondada por los mozos!

Arquitectura autóctona

Otro ritual que sigue vivo en Cabrera es el de proteger las viviendas con ramas colocadas en las puertas, o en algún buracu cercano a ella, como elemento protector. También se usaban como método de custodia del ganado los rescritos o nóminas. Se trataba de unos salmos escritos en latín o algún conjuro, que se guardaban en una bolsina de tela y que de igual forma que se les colgaba en el pecho a las personas enfermas, se escondían en algunos agujeros de la piedra de la corte de los animales domésticos para ese menester sanador. De igual forma, en esta corte de los cochos se realizaba un conjuro para quitar el cuyeitizu, el mal de ojo que afectaba a los bebes, y que cada familia tenía su propio ritual para eliminarlos; desde dejar al recién nacido sobre la masa del mazapán o del pan en fermentación, hasta pasar con el niño sobre tres puentes diferentes o esperar a que un extraño pase por un cruce llevándose así la enfermedad consigo.

El umbral de la puerta es el más importante de todos los pasos de las viviendas cabreiresas, tal vez por ser el de mayor tamaño, o el más importante, ya que tiene considerables significados incluso como lugar de paso para la vida adulta. Pero volviendo a las ceremonias, nos encontramos con el bruxu, un tueru generalmente de sardón (encina) que se quemaba en la cocina desde Navidad hasta el día de reyes y que tenía que estar mirando hacia la puerta, el umbral mágico, para evitar que los malos espíritus entraran en la casa y así la familia pudiera gozar de buena salud el resto del año. Tradición ésta que vive en toda Europa y que se remonta a la tradición precristiana de quemar en el hogar un tronco o leño grande de madera, preferentemente de árboles frutales, para celebrar el solsticio de invierno y el fuego nuevo del año a punto de empezar, así como para alejar a la oscuridad. Y que hoy ha derivado en el pastel de chocolate que aparece en muchas pastelerías de las grandes ciudades.

Esta tradición nos traslada directamente a otro umbral de la vivienda cabreiresa, la chumineya, lugar vital para despejar el humo del llar. El humo purificador que mataba a los parásitos, contribuyendo así al mantenimiento y protección de la armadura de madera que soportaba las cubiertas vegetales, la antigua techumbre de teitu que posteriormente dio paso a los llouxaos o tejados de pizarra. Las cenizas o cernadas, también eran elementos purificadores; que en las mazcaradas de invierno, durante su celebración del solsticio, servían para entizñar a la gente; o como lejía natural para blanquear el lino cuando se cocía.

Muy vinculado a ese ritual de las máscaras de invierno nos encontramos con otro umbral que en dos pueblos, Pozos con sus Campanones y Manzaneda con sus Campaneiros, adornaban mediante ramos llenos de lazos y alguna fruta, sobre todo las ventanas de las mozas que rondaban, cuando la noche anterior iban pidiendo los cencerros que al día siguiente se colocarían mediante una soguica a lo largo de todo el torso. Este culto arbóreo no es más que el predecesor del ramo cabreirés, que sobre andas se adorna y se realiza una rogativa en la iglesia para que alguien que estuvo en inminente peligro, saliese sano y salvo de él.

El tejado y el corredor

Continuando con los cultos arbóreos y las viviendas, cuando se termina de construir el tejado de la casa cabreiresa, existía la costumbre entre los maestros canteros y los albañiles de colocar una rama en la cumbre de la cubierta. “Trabayo bien feito bien parez” afirmaban cuando terminaban. Esta tradición está íntimamente relacionada con la de poner una rama en el último carro de hierba o de centeno que se trae en las épocas del verano, tradición que aparece en otros lares como en Aliste donde a esta última rama o feixe de paya se le llama vieya o raposa. Muchas mujeres cabreiresas fueron a tecer a la comarca zamorana y trajeron muchas de las costumbres, por lo que no resultaría descabellado que este culto arbóreo viniese de allí, aunque como aparece en más zonas del dominio ástur, seguramente fuese una tradición generalizada.

Otro elemento característico de la casa cabreiresa es el corredor, que aportaba calor a la vivienda a modo de colector solar. Este umbral es escenario de una tradición que se repite a lo largo de toda la provincia y que todavía hoy podemos ver en nuestros pueblos. Cuando se acercan las fiestas del Corpus, los pueblos se enramaban con escobas, muy florecidas por esta época. Es cuando se sacaban a los corredores las colchas y cobertores más bonitos. Las caleyas anunciaban a todo color la llegada de la primavera, una vez pasado el ciclo de 40 días que precede a la Cuaresma.

Por último, no podemos olvidarnos del fornu, pieza clave que sobresale en las viviendas en forma de barriga de piedra o de barro, y que también genera un umbral y tradición con la elaboración del pan. Se arruxaba el horno hasta tenerlo bien caliente. Se amasaba el pan y se pronunciaban las palabras mágicas “Que Dious t'aumente y t'acreciente y la Virxen t'espierte” mientras se hundían las manos en la masa y se hacía la señal de la cruz, previamente a introducirlo por la buqueira del horno mediante una pala de madera y sacarlo con el rodru.

Muchos más rituales existen todavía hoy en Cabrera ya fuera de los marcos de los umbrales que aparecen en este pequeño reportaje, cultos arbóreos como el mayu, las fumeiras y fuegos del solsticio de verano. Fuegos arcaicos como el de la quema del añu vieyu o los fuegos pascuales. Todas estas costumbres, ligadas a una forma de vida hoy en día desaparecida, tienen los días contados si no hacemos algo para al menos registrarlos. Es de vital importancia la encuesta científica y el análisis antropológico de todas estas ceremonias que, como no se lleve a cabo, y parafraseando una de las frases más míticas del cine, “se perderán como lágrimas en la lluvia”.

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