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Popular, a la sombra del Opus y asfixiado por el ladrillo

Una sucursal del Popular.

Una sucursal del Popular. / Reuters

  • Fundado en 1926 con un capital de 10 millones de pesetas creció con un modelo enfocado en el negocio tradicional y las pymes que se torció con la burbuja inmobiliaria

La compra del Banco Popular por Santander anunciada hoy por la simbólica cantidad de un euro pone un abrupto fin a la historia de una entidad casi centenaria que se ha desarrollado a la sombra del Opus Dei, orden a la que pertenecían muchos responsables y accionistas de la compañía. Alabado y respetado por un modelo de negocio volcado en la banca minoritaria y de apoyo a las pequeñas empresas que impulsó su crecimiento hasta que la apuesta por el ladrillo le asfixió y acabó con los cimientos levantados por la Obra.

La andadura del hasta hoy sexto banco de España comenzó hace 91 años. Fue un 14 de julio de 1926, aunque lo hizo bajo otro nombre -Banco Popular de los Previsores del Porvenir- y con un testigo de excepción: el Rey Alfonso XIII. Su capital fundacional fueron diez millones de pesetas y el propio monarca adquirió acciones en una muestra de respaldo a la creación del banco. Y es que la compañía estuvo muy vinculada a las autoridades de la época. De hecho, el fundador fue Emilio González-Llana Fagoaga, un ingeniero de minas que había sido varias veces elegido diputado en las Cortes por el Partido Conservador.

A partir del 14 de octubre de 1926 comenzaron las operaciones bajo un lema: “Proporcionar a cuantos utilicen sus servicios las mayores facilidades en toda clase de asuntos económicos y bancarios”. Su sede se situó en la madrileña Gran Vía. En febrero de 1947 cambió su denominación por la actual Banco Popular Español. El capital social se elevó entonces a 100 millones de pesetas y la entidad empezó a despuntar a nivel nacional, sobre todo en Barcelona y Valencia. Sin embargo, la imposibilidad de competir con los colosos financieros de la época le hizo centrar su enfoque en el negocio familiar y de las pequeñas empresas.

Una apuesta reforzada en los años cincuenta con el desembarco en puestos de responsabilidad del Popular de miembros del Opus Dei. Habían ganado presencia en la entidad tras una ampliación de capital realizada en 1953 y que alcanzó su máximo apogeo con la llegada a la presidencia en 1972 de uno de sus miembros numerarios, Luis Valls Taberner -dirigió el Popular durante 32 años, los últimos 17 junto con su hermano Javier-. Su mandato supuso el impulso definitivo al banco, que inició una estrategia de expansión por todo el país que le llevó a duplicar en cuatro años el número de sucursales.

Este plan de fuerte crecimiento de la red se prolongó hasta 1985. Con los hermanos Valls Taberner la compañía mejoró su rentabilidad bajo un modelo dedicado a la banca al por menor, sin participar en operaciones especulativas de grandes dimensiones.

Activos tóxicos

Sin embargo, el Popular no fue ajeno al boom inmobiliario, que coincidió además con la llegada de Ángel Ron a la presidencia del banco en 2004. Al tiempo que el Popular acumulaba activos tóxicos del ladrillo entraba en el juego de las fusiones, algo que hasta entonces no había formado parte de su modelo. El primero fue la compra del portugués Banco Nacional de Crédito. Pero después y ya con la crisis golpeando con fuerza a todo el sector financiero, el Popular adquiere en 2012 el Banco Pastor.

Esta política le hizo convertirse en el sexto banco del país. Sin embargo, al precio de elevar su exposición inmobiliaria alcanzó los 36.000 millones, de los que 16.000 tenían la calificación de dudosos. De hecho, el nivel de activos con riesgo con respecto al total alcanzó el 25%, frente a la media del 11,5% del sector.

Un riesgo que obligó al Popular a realizar tres ampliaciones de capital desde 2012 para inyectar 5.400 millones que llevó a cambios en el consejo accionarial con la entrada de la francesa Credit Mutuel o de la familia mexicana Del Valle. Además, para buscar una mayor liquidez la entidad comenzó un proceso de desinversiones como la venta del 51% de su negocio de emisión de tarjetas (Bancopopular-e) con una plusvalía de 400 millones.

Sin embargo, ninguno de estos movimientos convencieron a los inversores, lo que provocó la salida de Ron el pasado febrero y la llegada de Emilio Saracho. Pero la renovación no logró frenar la sangría bursátil que le hizo perder la mitad de su valor en cuatro días y abocó a su venta al Santander.