El surrealismo toma el viejo palacio

Reproducción del salón Mae West, que Dalí preparó para el Museo de Figueras en los años setenta./
Reproducción del salón Mae West, que Dalí preparó para el Museo de Figueras en los años setenta.

Dalí, Duchamp, Man Ray, Dora Maar, Klee, Leonora Carrington, Magritte, Brasaii... los artistas revolucionarios del siglo XX se exponen juntos alrededor de la idea del deseo, el automatismo, la ilusión onírica

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Los amplios salones de abovedados techos pintados y los largos pasillos oscuros del madrileño Palacio del Marqués de Gaviria, de mediados del siglo XIX, se transforman, como si les reflectara un espejo cóncavo, por el arte más irreverente del siglo XX. El dadaísmo y el surrealismo intervienen los espacios de este edificio de la calle Arenal con 180 obras. En la exposición 'Duchamp, Magritte, Dalí. Revolucionarios del siglo XX', «el espacio condiciona la exposición», explica la comisaria Adina Kamien-Kazhdan. «Dadá es el shock que provoca, y el dadaísmo evoluciona hacia el surrealismo con términos comunes. En esta exposición, que ha sufrido evoluciones y revoluciones, hemos decidido que ambas estén juntas. Y, debido a las características de la estructura, las obras danzan en el espacio».

Óleos, collages, esculturas, dibujos, fotografía, instalación... entre lo que se exhibe en la muestra destaca una reproducción del Salón Mae West, que Dalí preparó para el Museo de Figueras en los años setenta, a partir de un cuadro suyo, 'Retrato de Mae West que puede utilizarse como apartamento surrealista', de 1934. En aquel momento, el artista contó con la colaboración del arquitecto y diseñador Óscar Tusquets, quien también interviene en la instalación actual. «Lo que hay aquí es una interpretación de lo que hice con Dalí en 1975, pero tiene dos ventajas», explica Tusquets. «Una, se puede entrar y el público puede sentarse en el sofá de labios o apoyarse de la chimenea-nariz. Otra, que los visitantes pueden verse a sí mismos reflejados en el salón, e incluso hacerse una foto». Estas interpretaciones de Tusquets son, en realidad, visiones del propio Dalí: «Descubrimos que había una entrevista a Dalí del año 77, en la que decía que si hubiera una cámara allí se podría ver a la gente dentro de la obra. En esta instalación hay una cámara y una pantalla gigante, en la que verse reflejado. En aquél tiempo no era posible hacerlo, y ahora sí. Mientras que en Figueras, por la cantidad de visitantes, no es posible entrar a la obra».

Paredes con mil nombres

A pesar de la dificultad del espacio laberíntico de esta antigua discoteca madrileña, atravesado por patios interiores y compartimientos de madera, la exposición, que se puede visitar desde hoy hasta el 15 de julio, se recorre con fluidez. Facilitado por la división en secciones temáticas, y no por cronología o autorías, cada parte está identificada con un color. Por ejemplo, el celeste para 'Automatismo e inconsciente', un amarillo verdoso para 'Biomorfismo y metamorfosis' y el gris para 'Paisaje onírico'. En la sección dedicada a las yuxtaposiciones se encuentra el primer ready-made de la historia, según Kamien-Kazhdan: 'Rueda de bicicleta', «realizada» por Duchamp en 1913. «Es la primera escultura que tiene movimiento dentro de su propia estructura», sostiene. «Después de la Primera Guerra Mundial el mundo se había fragmentado y los artistas se vieron obligados a crear a partir de esos fragmentos». Y enfrente, superpuestos en el reflejo de un espejo de rutilante marco dorado, se encuentra el resultado de «la madre del performance artístico», titulado 'Retrato de Marcel Duchamp', hecho en 1919 por Elsa von Freytag-Loringhoven.

Aunque el título contiene tres grandes apellidos del arte (Duchamp, Magritte y Dalí), bien podría llamarse también Brasaii, Tanning y Maar, o Klee, Miró y Man Ray, o Calder, Picasso, Carrington, Arp, Horst y Ernst, debido a que la mayoría de las obras exhibidas provienen de una completa colección que pertenecía al poeta y galerista Arturo Schwarz. «Nacido en 1924, perteneció al grupo surrealista de Alejandría», relata Kamien-Kazhdan. «A mediados de los cincuenta abrió una galería en Milán y en los noventa donó su biblioteca y su colección de arte al Museo de Israel en Jerusalén». Las fotografías 'Mano de Kiki' y 'Kiki con máscara africana' de Man Ray y 'La calavera de Dalí' de Philippe Halsman o los óleos 'Mujer ante el mar' de Picasso, 'Luz del hogar' de Dorothea Tanning y 'El castillo de los Pirineos' de Magritte, éste último emblema de la exposición, son ejemplos de las «diferentes formas de estimular la imaginación», que guía a ambos movimientos, en palabras de Kamien-Kazhdan, también comisaria del Museo de Arte Moderno de Israel.

La exposición cuenta con el patrocinio de la Embajada de Israel, como parte de la celebración por los 70 años de la creación del estado de Israel, y el Ayuntamiento de Madrid, que nuevamente trabaja con la empresa de producción de exposiciones Arthemisia. Con la intención manifiesta de «difuminar las fronteras entre la realidad y la fantasía», esta muestra estuvo antes en Bologna. «Allá se hacía una gran fila de gente para entrar y fotografiarse en el Salón Mae West y dificultaba la salida», recuerda Tusquets. «Aquí hemos conseguido que esta instalación no sea de recorrido obligatorio; está aparte y el que no quiere, no entra». Antes de salir, en una última instalación de Duchamp, ideada para la Exposición Internacional del Surrealismo de 1938, y recreada por Tusquets, '1.200 sacos de carbón' penden sobre los visitantes.

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