Jack London, todos los cuentos del lobo solitario

Jack London como minero en el Klondike en 1900, junto a los perros de un trineo el mismo año, y como boxeador en 1904./Reino de Cordelia
Jack London como minero en el Klondike en 1900, junto a los perros de un trineo el mismo año, y como boxeador en 1904. / Reino de Cordelia

Se publican por primera vez en castellano los relatos completos del narrador y aventurero estadounidense. Tres mil páginas en tres tomos reunirán sus casi doscientas historias cortas, 36 de ellas inéditas

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Jack London es sinónimo de aventura. A lo largo de su vida este «lobo solitario» de la narración firmó casi dos centenares de cuentos dispersos por revistas y archivos y publicados en castellano de forma parcial, deficiente y anárquica. El sello Reino de Cordelia acaba con esta carencia en una aventura editorial digna de su autor. Coincidiendo con el primer centenario de la muerte de London (San Francisco, 1876 - Glen Ellen, 1916), publica el primero de los tres volúmenes que reúnen por primera vez en nuestro idioma todos los cuentos del narrador estadounidense. Un «milagro» asegura su editor, Jesús Egido, que permite el rescate de 36 relatos inéditos.

La publicación es posible gracias a una investigación de la Universidad californiana de Standford que recopiló cronológicamente los 197 relatos que Jack London escribió en 23 años de febril actividad literaria. Un arduo trabajo llevado a cabo a principios de los años noventa del siglo pasado por los investigadores Earle Labor, Robert C. Leitz y Milo Shepard.

Serán en español casi 3.000 páginas divididas en tres tomos. El primero, ya en las librerías, comprende los 87 cuentos escritos por el gran autor norteamericano entre 1893 y 1902. Con cinco inéditos, incluye una primera versión del celebérrimo 'Encender una hoguera'. Susana Carral firma una traducción realizada expresamente para esta edición y traducirá los dos tomos siguientes que aparecerán a finales de 2018 y 2019.

En sus relatos de adolescencia y juventud London exprime su experiencia como precoz y audaz viajero que con diecisiete años se embarcó como marinero en la goleta Sophia Sutherland rumbo a Japón. De ahí, a los gélidos paisajes del río Klondike, entre Canadá y Alaska, donde buscó oro junto a su cuñado James Shepard y contempló de cerca la muerte blanca agazapada en el hielo. Errante cazador de focas, boxeador, el autor de 'La llamada de lo salvaje' cambió la gelidez del Yukón por Polinesia, Melanesia, Australia, Ecuador, Hawai o Irlanda.

«El lector puede comprobar cómo se forma un escritor, cómo madura desde su primeros pinitos literarios, apenas crónicas o impresiones de sus viajes, hasta afilar su pluma con la madurez del oficio», destaca el editor. En sus cuentos aborda temas «como el alcoholismo, la vejez, el suicidio, la locura, la revolución, la ecología, el juego, el boxeo, los mitos, la corrupción, el trabajo infantil y en las minas de oro, la tauromaquia, las fantasías extraterrestres, el amor en todas sus formulaciones, la psicología humana y animal, la explotación racial y sexual, la experimentación científica, la vida en el mar, el socialismo, la guerra, la naturaleza o la escritura» enumera Egido.

A destajo y por dinero

De los 197 cuentos recopilados, 161 proceden de los veinte volúmenes publicados por London en su corta vida y en los seis años posteriores a su temprana muerte. Casi todos aparecieron en revistas, cuando London era poco conocido y necesitaba con urgencia el dinero de sus voraces e irrespetuosos editores. Escribía a destajo y por dinero, sin irritarse ni chistar por los cortes y alteraciones de unos textos que solo revisaría en su madurez, devolviéndolos a su formato primigenio para publicarlos en libros. Veintiocho de los cuentos no supervisados por él se publicaron solo en revistas y trece son inéditos.

Nacido probablemente como John Griffith Chaney, fue un autor decisivo para la literatura estadounidense a comienzos del siglo XX. Marcó de forma determinante a autores de la Generación Perdida como John Steinbeck, Ernest Hemingwat o John Dos Passos y su influjo llegó a Europa. Autodidacta, su obra se nutre de sus experiencias como vagabundo y aventurero por medio mundo, ya fuera como marino, buscador de oro, cazador o púgil.

Su fulgurante carrera coincidió con el auge de las revistas de las que fue asiduo colaborador. «En sus comienzos era un escritor titubeante que saltaba del pasado al presente con demasiado desorden y sin lograr en ocasiones su objetivo» apunta Jesús Egido. «Pero ya poseía ese poderoso músculo que caracteriza su estilo y su obra», destaca el editor y prologuista del primer tomo.

Los estudiosos de Stanford creen que su edición es realmente «completa» y que solo faltan los cuentos perdidos o destruidos directamente por su autor, que desde 1898 llevó un escrupuloso registro de sus entregas muy útil para su actuales editores.

Socialista desde los veinte años, siempre defendió el carácter utópico más que teórico de su ideología. Además de estos relatos fue autor de memorables novelas como 'La llamada de lo salvaje' (1903), 'El lobo de mar' (1904), 'Colmillo blanco' (1905), 'Martin Eden' (1909), 'La peste escarlata' (1912) o El vagabundo de las estrellas (1915).

London murió a los 40 años. No sabemos si se suicidó o calculó mal la dosis de morfina para vencer los terribles dolores de un ataque de uremia. Sus riñones acusaron un vida plena de excesos, alcohol, golpes en el ring, viajes constantes entre inclementes infiernos tropicales y helados.

Como ansiaba, logró enorme popularidad y fortuna. Él mismo resumió las claves de su éxito un año antes de morir para la revista The Silhouette: «Una suerte impresionante. Buena salud. Buena cabeza. Buena correlación mental y muscular. Pobreza. Haber leído 'Signa', de Ouida, a los ocho años. 'La Filosofía del estilo' de Herbert Spencer. Haber empezado veinte años antes de los que intentan empezar hoy».

Su editor español achaca su triunfo «quizá al vacío de grandes nombres que en aquel momento padecían las letras norteamericanas en las que proliferaron autores elegantes e indescriptiblemente mediocres». Frente a autores hoy olvidados como Virginia Frazer Boyle o Jams B. Hodgkin «London se impuso como un lobo solitario» cuando grandes narradores como Henry James vivía distanciado en su retiro británicos y el viejo Mark Twain «estaba ya en tiempo de descuento», concluye Egido.

Temas

Libro

Contenido Patrocinado

Fotos