«La turismofobia es un grito de desesperación de los ciudadanos»

Varios turistas se fotografían ante la Puerta de Alcalá, en Madrid. /EFE
Varios turistas se fotografían ante la Puerta de Alcalá, en Madrid. / EFE
Pedro Bravo

El periodista y escritor analiza el fenómeno del turismo de masas en su libro 'Exceso de equipaje'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Un día de mitad de agosto de 2014, todos los telediarios españoles abrieron con las imágenes de tres turistas italianos, completamente desnudos, corriendo por el barrio de la Barceloneta, en la ciudad condal. Ese fue el momento en que Barcelona comenzó a decir basta al turismo de borrachera, pero no solo eso: también fue entonces cuando una parte de la sociedad española empezó a cuestionarse si el turismo era de verdad un gran maná de riqueza y bienestar o, en cambio, tenía una 'cara b' que nadie quería mostrar. Sobre este lado oscuro del turismo reflexiona 'Exceso de equipaje' (Debate), una aproximación poliédrica del periodista y escritor Pedro Bravo al fenómeno de masas más importante del siglo XXI.

Con multitud de datos y un tono divertido e irónico que el lector agradece, Bravo no niega que viajar sea un factor de desarrollo personal y económico de primer orden. «Pero igual no es tan buen invento como nos han dicho. Si en España llevamos tanto tiempo practicando el turismo (somos el segundo país que más visitantes recibe, tras Francia) y el turismo es tan beneficioso, deberíamos ser una gran potencia económica. Y no lo somos», argumenta el escritor, que aporta datos como este: Lérida, una provincia dedicada principalmente a la agricultura, tiene un PIB per capita mayor que el de las Islas Baleares, uno de los grandes focos del turismo nacional.

Bravo reconoce que en su libro no hay recetas mágicas, sino sólo preguntas que animen a un cambio que, sin embargo, no interesa a los gobiernos, ni al nacional ni a los autonómicos. «Ningún político se plantearía virar a un modelo basado en la ciencia que dé resultados a 20 o 30 años vista. El turismo da mucha visibilidad y genera empleo de una manera extensiva, y eso vende a corto plazo».

Pero aquí está una de las claves: cómo es ese empleo. «Ir de vacaciones, volar, una habitación de hotel... Todo es barato en comparación con otras épocas. La cuestión es que si eso es barato es porque alguien al otro lado, un piloto, una azafata o una camarera de habitación, está cobrando muy poco. No lo queremos ver porque nos estamos dando una satisfacción y cuando hacemos un viaje pensamos que nos lo merecemos, porque la vida diaria es muy dura», explica Bravo.

Y ese no es el único problema, continúa el escritor: «Pensamos que todo el gasto del turista repercute en la ciudad en la que está, y no es así: los touroperadores o las agencias o los cruceros se quedan hasta el 40 o el 50% del dinero que pagan los visitantes, de manera que esas cantidades nunca benefician a los destinos. Destinos que, sin embargo, tiene que afrontar gastos de policías, limpieza, hospitales, infraestructuras o promoción turística». Y hay consecuencias incluso más graves, como el aumento del precio del alquiler de la vivienda por los apartamentos turístico, un fenómeno que está echando de las ciudades a los vecinos de toda la vida y los está sustituyendo por residentes temporales.

De ahí que Bravo entienda la explosión de la turismofobia en el último año. «La turismofobia no es odio al turista. Es un grito de desesperación de gente que ve que su vida está yendo a peor por el modelo turístico. En mi opinión, siempre que no haya violencia, se trata de algo bueno porque genera debate y nos ayuda a cuestionarnos si cualquier cosa vale», dice el autor.

Ciudades como Barcelona, Ámsterdam o San Francisco y países como Islandia ya se están replanteando qué hacer. Pero con la expansión de las clases medias en China o la India, por ejemplo, es inevitable que el turismo vaya a más en todo el mundo. Porque todas las personas, por muy alejadas que se sientan del concepto 'turismo de masas', son turistas cuando están en otra ciudad. Bravo, reacio a dar consejos, apoya el turismo responsable: «Volar sólo si es necesario; cuando uno vuela lejos, estar el mayor tiempo posible en el destino; allí, tratar de que el gasto llegue al comercio local; y no comportarse como un vándalo: hay que pensar que la ciudad que visitamos es como la casa de unos amigos».

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