El Ayuntamiento de Santa Marina del Rey recoge el «corazón» del municipio en una guía para el turista

El alcalde de Santa Marina del Rey, Francisco Javier Álvarez, acompañado por el escritor y periodista Tomás Álvarez./
El alcalde de Santa Marina del Rey, Francisco Javier Álvarez, acompañado por el escritor y periodista Tomás Álvarez.

El municipio del Órbigo se define por ser el paraíso truchero de Europa, por su gran riqueza gastronómica, sus paisajes o por su excelente patrimonio artístico

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El alcalde del Ayuntamiento de Santa Marina del Rey, Francisco Javier Álvarez, acompañado por el escritor y periodista Tomás Álvarez, han presentado la nueva guía turística del Municipio.

Con textos de Tomás Álvarez y espectaculares fotografías del equipo Makeithappen.love y un cuidadoso diseño de Lalo Fernández Mayo, se presenta este municipio leonés poblado por unas 2000 personas, e integrado por Santa Marina del Rey, San Martín del Camino, Villamor, Villavante y Sardonedo, pueblos unidos por las aguas del Órbigo, y las vías peregrinas.

Para el Regidor, el turismo es un sector que debe contribuir de forma creciente al progreso de los pueblos de la zona: «Somos el paraíso truchero de Europa, el Camino de Santiago atraviesa nuestro Municipio, tenemos una gran riqueza gastronómica, un excelente patrimonio artístico y una oferta de servicios creciente en volumen y calidad. Todo esto hay que promocionarlo y ponerlo en valor, para beneficio de los pueblos y sus gentes»

Tomás Álvarez enfatizó en la presentación, que son tres los cauces que se abren como un abanico en el territorio municipal: el Órbigo, la Presa Cerrajera y el Canal del Páramo. Merced a la pureza y calidad de sus aguas, los campos alcanzan elevados niveles de productividad, en tanto que los cotos de pesca mantienen un inmenso prestigio. La pluma de escritores como Miguel Delibes o la celebración habitual de campeonatos de pesca de España y Europa contribuyen a esa fama de paraíso truchero.

Mas, si el territorio agrario está ordenado por las corrientes de agua que descienden del norte hacia el sur, el plano histórico se define por las que transcurren de este a oeste: las vías peregrinas.

Tres sendas cruzan el municipio. Desde León, los peregrinos llegan por dos itinerarios: uno, el que pasa por la Virgen del Camino, San Miguel y Villadangos y otro el que corre paralelo, al sur del anterior, por Villar de Mazarife.

El primero, tras cruzar Villadangos, abandona los campos de secano para entrar en los feraces predios de San Martín del Camino, una población peregrina y hospitalaria donde el viajero siempre encontró una atención humilde pero ejemplar, tal como se detecta en textos de siglos pasados.

El segundo de los caminos, tras pasar al sur de la Milla del Páramo, llega a Villavante, otra población hospitalaria, por donde antiguamente pasaba la vía que enlazaba las ciudades romanas de Legio (León) y Asturica Augusta (Astorga).

Ambas rutas se unen pocos kilómetros más adelante, en Puente de Órbigo, para cruzar por el paso que hizo famoso Suero de Quiñones, en uno de los mayores torneos conocidos en la España medieval, continuando hacia el oeste, por Astorga y Foncebadón, hacia Compostela.

Hay otra vía histórica muy transitada en la antigüedad, que era la que pasaba por Santa Marina del Rey, para cruzar a Benavides y alcanzar la Cepeda en el entorno de Cogorderos, para acceder al Bierzo por el paso de Cerezal de Tremor, cerca de Brañuelas, vía que ahora se intenta recuperar dado su gran valor histórico, monumental y paisajístico.

Fue el monje alemán Hermann Künig von Vach quien describió esta ruta en una guía de viaje que se publicó en 1495 en Estrasburgo y que en el siglo XVI fue reeditada en repetidas ocasiones. Künig advierte al peregrino que «evite Rabanal» que para ello desde un otero entre León y Astorga tome el camino de Santa Marina, y siga hacia el oeste dejando a Astorga a tres «melle» (unos 12-15 Km) al sur, avanzando por una serie de pueblos muy seguidos y dejando las fragosidades de los Montes de León a la izquierda.

La guía dedica amplio espacio a explicar aspectos históricos y monumentales de los diversos pueblos. En Santa Marina se detiene especialmente en su iglesia parroquial, de notable riqueza artística, y en la torre del Reloj, con su valiosa maquinaria del siglo XVI.

No faltan aspectos relativos al ocio, a la Feria del Ajo de Santa Marina, las fiestas religiosas, y muy especialmente la gastronomía, donde se realzan los saberes culinarios de la zona, y la tradición de las afamadas sopas de truchas.

En San Martin se enfatiza su vocación hospitalaria que ha sido valorada desde la Edad Media, y de la que dan fe los relatos peregrinos. De Sardonedo se destaca la belleza de su entrono fluvial con un casco urbano ceñido por la Presa Cerrajera en el oeste, y el Canal del Páramo en el este.

En Villamor se repara especialmente en la riqueza de sus predios agrícolas, muy destacada ya en el Catastro del Marqués de la Ensenada; así como en la calidad de su templo parroquial, con uno de los campanarios más altivos del valle.

Por último, se describe Villavante, el pueblo más sureño, que pervive casi escondido detrás de los parapetos de la autopista y la línea de ferrocarril y a pocos metros la Presa Cerrajera; lugar tranquilo, de aire agroganadero, animado por el paso de los peregrinos, famoso en toda España por sus encuentros de campaneros.

Los textos se complementan con una guía de servicios, donde el lector puede hallar las ofertas de hostelería, restauración, albergues de peregrinos, camping, establecimientos de comercio, de banca, farmacia, etc.

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