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Adiós a la Casa de los Dioses

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Imagen de la Casa de los Dioses.

  • David Vidal pone fin a su proyecto de La Casa de los Dioses tras siete años de servicio a los peregrinos | Se va por la «hipocresía» que ahora detecta en el Camino

Punto y final. Adiós a la Casa de los Dioses. David Vidal pone fin a su proyecto de La Casa de los Dioses tras siete años de servicio a los peregrinos. Se va, según advierte en un vídeo enviado a las redes, por la «hipocresía» que ahora detecta en el Camino.

«He tomado la decisión después de bastante tiempo reflexionando y tras ver que estaba perdiendo la alegría he tomado esta decision», ha asegurado.

Eso sí advierte que aún tiene que decidir «cómo va a terminar». «Esto es algo de la gente y por lo que respecta a David voy a hacer que de una forma o de otra quién decida estar aquí», ha sentenciado.

A mayores advierte que siente «que el ser humano debe replantearse profundamente cuales son los hechos que hacen que esté ocurriendo todo lo que ocurre en la humanidad», todo ello además de denunciar «la hipocresía real».

El barcelonés David Vidal abrió el verano de 2009 un peculiar punto de descanso en el Camino, entre las localidades leonesas de Santibáñez de Valdeiglesias y San Justo de la Vega.

«Desde el primer día mi intención fue servir a los peregrinos y que la gente vea que la magia del Camino existe, que no todo es dinero», asegura el barcelonés David Vidal, anfitrión de uno de los lugares más peculiares de la ruta jacobea: La Casa de los Dioses.

En una nave agrícola abandonada este antiguo empresario habilitó un punto de descanso para los caminantes, con un pequeño puesto con productos ecológicos.

Una nave reconvertida

Tras subir un repecho de unos 500 metros, los peregrinos aún se encuentran de repente en medio del campo con la vieja y precaria nave, decorada con decenas de corazones de todos los tamaños y con un tenderete delante de su puerta repleto de zumos, limonada, café, leche, infusiones, fruta, frutos secos, galletas y bizcocho, todo a su disposición de forma gratuita.

Junto al puesto, un banco permite todavía descansar unos minutos a salvo del calor bajo la sombra de un árbol y una hamaca invita a tumbarse un rato, mientras que los pájaros disfrutan de los restos de comida depositados en unas cestas especialmente preparadas para ellos.

Un pequeño oasis a menos de diez kilómetros de Astorga y muy cerca del Crucero de Santo Toribio que sobrevive a base de donativos. «Yo le digo a todo el mundo que pasa que no den por lo que cogen sino para agradecer a los que vinieron ayer y dejaron algo, y para dar a los que vengan mañana», apuntaba entonces su propietario.