El Camino de Santiago en Castilla y León en 16 días

El Acebo – Cacabelos – Las Herrerías – Laguna de Castilla

El peregrino disfruta del relieve montañoso del Bierzo y en Molinaseca se encuentra con Pepe, un fotógrafo con mil historias que contar. En Columbrianos asiste a la celebración de la Octava del Corpus y entre Camponaraya y Cacabelos se pierde y es socorrido por Pedro. Pasa la playa fluvial de Vega de Valcarce y finaliza el Camino en Laguna de Castilla

Entrada a Riego de Ambrós. / I.S.
IÑIGO SALINAS

En esta zona del Camino, al oeste de Léon, el paisaje nada tiene que ver con el del resto del recorrido a su paso por Castilla y León. Aquí el relieve es montañoso, el verde prima sobre el amarillo y los árboles y arbustos sobre los campos infinitos de cereales. El olor a campo y a tierra seca se sustituye por los aromas de las flores y plantas silvestres y, de vez en cuando, una ráfaga recuerda al peregrino que en esta zona el ganado vacuno en semilibertad todavía se resiste en rotundo a civilizarse.

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Nada más entrar a El Riego de Ambrós, apenas media hora después de salir de El Acebo, el canto de un gallo le trae a la memoria aquellos veranos de tres meses en un pueblo de la montaña leonesa, cuando la adolescencia todavía no había estropeado la infancia. En aquellos años había vacas, cerdos y gallinas. Estas andaban sueltas por las calles, aquellas iban y venían de un prado a otro y se las ordeñaba a mano, una a una, en la cuadra. Los cerdos vivían de dos en dos en unas pocilgas de poco más de tres metros cuadrados. Y ahora, tantos años después, resulta que el peregrino vuelve a oler a campo. A ganado. A pueblo. A pueblo. Cierra los ojos, aspira y empequeñece treinta años…

Entre nostalgia y recuerdo, entre alpaca y chanfaina, entre carro de madera y escalera en la botella, cruza El Riego y llega a Molinaseca, donde se encuentra con un hombre de mediana edad que, cámara en mano, fotografía casi todo cuanto le rodea, porque casi todo cuanto le rodea le llama la atención. El Camino, que no entiende más de la cuenta de protocolos, junta a ambos peregrinos en una pendiente tranquila y la conversación fluye sola, sin forzar y sin querer.

-¿Muy buenos días?

-Muy buenos días. Me llamo José, Pepe para los amigos y don José para Hacienda y los bancos.

-Andaluz, ¿verdad?

-De Almería.

Pepe es de los muchos que hace el Camino cuando consigue hacerse un hueco en el día a día: «El año pasado tres días, este doce, el que viene dos, en septiembre cojo y me escapo un fin de semana…». Y así, paso a paso, ya han pasado tres años desde que se colgó la cámara al cuello allá por Roncesvalles. Y en ese tiempo tantas etapas, albergues, risas, heladas matutinas y calores sin corazón que es incapaz de reunir todo en el mismo saco de conversación. Porque Pepe habla, y habla bien. Y habla mucho. Tanto que sacar una foto y seguir con la historia es todo uno; no ha lugar a la pausa. De un tirón, todo hilado y sin irse por las ramas, es capaz de concatenar Amadeo de Saboya con Felipe de Villapadierna, la desamortización de Mendizábal con la Casa de la Música de Zarauz y a Ruiz Mateos y al marqués de Linares con la condesa Roja.

Así, entre nobles y apellidos, pasan Ponferrada y su castillo templario y a mediodía llegan a Columbrianos, donde la iglesia de San Esteban se viste de fiesta para celebrar la Octava del Corpus, con sus pendoneros, su alfombra de flores y sus fieles vestidos para la ocasión.

Ante el tumulto y la emoción general, el sacerdote pide silencio para poder escuchar las palabras tradicionales: «Las campanas y el pendón de nuestro pueblo son. Pedimos para este pendón la bendición, y lo alzaremos bien alto». Y entonces un grupo de pendoneros levanta la bandera, y el cura, vestido de blanco, bendice la tela justo antes de que comience la procesión. Detrás del pendón van Celia y Marujiña, que portan con alegría palpable la imagen de la virgen. Los hombres, a su lado, llevan en hombros a Jesucristo. El pueblo cierra el cortejo.

El peregrino se despide de Pepe y reanuda el Camino hacia Cacabelos, donde quiere pasar la noche. Desciende a Camponaraya y de allí a Cacabelos apenas hay seis kilómetros. Pero entre monasterios de Carracedo, flechas amarillas contradictorias, pensamientos más allá de las estrellas y el despiste que viene de serie, el peregrino termina más de dos horas después sentado junto a una carretera con el pulgar hacia arriba a la espera de que pase algún coche que le diga dónde está. Y ese coche lleva el nombre de Pedro, que resulta ser el presidente de la asociación de productores agroalimentarios del Bierzo. «No te preocupes, monta que te acerco a Cacabelos. No estás lejos, pero andando es un trecho», dice. Y en Cacabelos ni pulpo ni nada. A la cama número 51 del albergue más a rastras que de pie.

Cuando el peregrino se despierta ya no queda nadie en el albergue. El cansancio de ayer se deja notar todavía hoy, pero Laguna de Castilla cada vez está más cerca y la ilusión por lograr el objetivo propuesto cambia los pies por alas. De Cacabelos a Villafranca huele a higuera, a viñedos y a rocío. Llega a Villafranca del Bierzo a las diez, justo cuando las madres agustinas asisten a misa en la iglesia del convento de San José. De allí a llega a la playa fluvial de Vega de Valcarce, donde come un caldo gallego y un filete de ternera y sin dar oportunidad a un café sigue hasta Laguna, el último pueblo de Castilla y Léon antes de entrar en Galicia.

En ese trayecto, de apenas ocho kilómetros, el peregrino se acuerda de su primera noche en Redecilla del Camino, de la tormenta entre Cardeñuela y Orbaneja, de Stevlana y de Manuel, del convento de San Antón y de los cuarenta grados a la sombra. Recuerda a Dhalia y su artrosis y a la hermana Francis y su cariño. También le viene a la cabeza la estrella que le dieron en Carrión y la amabilidad de Sagrario y Germán en Calzadilla. Se acuerda de Froilán el masajista fumador y la Plaza del Grano en obras. Recuerda a Sury, ese leonés que cambió el trabajo de basurero en León por la vida rural en Chozas de Arriba. Aún saborea los trozos de fruta que le dio David a seis kilómetros de Astorga y coge aire cuando recuerda la bocanada de aire de Pedro. En Manjarín charló con un caballero Templario y en Murias de Rechivaldo escuchó a tres ancianas hablar de lo de aquí y de lo de allí; de lo importante y de lo que importa… ¡Cuántas cosas! ¡Cuántos sitios! ¡Cuánta gente! Cada cual tiene sus motivos para hacer el Camino, cada cual su vida, sus preocupaciones y alegrías, sus medallas invisibles y sus fracasos que aún resuenan en el fondo del corazón. Todos albergamos deseos y escondemos frustraciones. Pero basta calzarse unas botas y apoyarse en un par de bastones para comprender que nada nos diferencia unos de otros, que a todos nos quita el sueño la tristeza y nos levanta como un resorte la esperanza, que la vida es maravillosa porque es difícil y que las personas, en grupo y a solas, somos increíbles.

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