Leonoticias

Misticismo otoñal en León

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La bruja del Faedo. / Eduardo Margareto

  • La sequía y las altas temperaturas atrasan la desnudez de los árboles pero la estación marrón impregna el ambiente de un crisol de colores, quietud y tranquilidad

Dicen que el otoño trae cariño y felicidad. A eso ayuda que Castilla y León es rica en espacios naturales y puntos de su geografía donde poder observar, disfrutar y relajarse durante la estación marrón. Lugares en los que es visible la rendición de la hoja, quien cansada de beber de su madre, un día decide, ya en su vejez, dejarse caer y cubrir los suelos de mantos necesarios para el desarrollo del suelo y, también, para la belleza de diferentes bosques, montes y riberas que atraen estos días al visitante a la Comunidad.

Sin embargo, un detalle preocupa a los expertos. La sequía de 2015 y las altas temperaturas de las últimas semanas han atrasado la desnudez de los árboles en territorios como las montañas Palentina y de León, en el Parque Nacional de Guadarrama o en los Jardines del Palacio de La Granja de Segovia, en la Sierra de Francia o La Honfría, en Linares de Riofrío (Salamanca), en el Parque Natural del Cañón del Río Lobos, en Soria, o en las viñas ya vendimiadas, que toman ahora un color rojizo, casi burdeos. Son sólo algunos ejemplos recomendados para visitar en esta estación.

Ello no evitará que la Comunidad se impregne de un crisol de colores, quietud y tranquilidad, porque Castilla y León se ha apoderado, a pesar de ese retraso, de un misticismo otoñal que en muchos puntos llega a ser incluso esotérico.

Ocurre, por ejemplo, en La Honfría, un lugar de retiro, con bosque frondoso de castaños, robles y acebos, principalmente, con matorrales como los halimios, las jaras o los brezos que conforma el bosque protector y del que emanan cientos de aromas que no estorban al olfato. Donde incluso el director Jaime de Armiñán rodó diferentes secuencias de ‘El Nido’ (1980), un largometraje que estuvo nominado a los Oscar y logró el premio a la mejor actriz, en la figura de Ana Torrent, en el Festival de Cine de Montreal. Narraba el amor imposible de un viudo sexagenario, aficionado a la ornitología, con una adolescente. Algo así como este bosque se convierte en otoño, en un amor imposible, en el que todo el mundo quiere visitar.

Lo conoce bien Paco Díaz, el alguacil de Linares de Riofrío, quien define este espacio como el «emblema» del pueblo, repleto de fuentes naturales como las del Cerezo o la Morana, que esconde castaños centenarios. «Es un lugar especial. No sólo lo digo yo, es lo que se dice. Incluso la eligieron para grabar una película...», desliza. El pueblo al completo está orgulloso de este lugar idílico, «increíble» en primavera y en otoño. «Aunque este año es raro por el retraso, porque el árbol no sabe si tirar o no la hoja», comenta indica la presencia de uno de los castaños, de 300 años. «En esta senda, lo lógico es que a estas alturas hubiera 20 centímetros de hojas secas», explica.

Son muchos los bosques recónditos en Castilla y León del tipo de La Honfría. Un paraje de cuento y mágico es el Faedo de Ciñera de Gordón (León). Donde parece que el viandante pone su huella entre hadas y la paz engloba todo el ambiente, acompañado por un pequeño regato; donde las hayas han convertido un pequeño cañón, durante decenas de años, en el país de las maravillas de Alicia; donde un pueblo minero no sería lo mismo de no ser por «su» bosque y donde, precisamente, el bosque es ahora lo que es gracias a la implicación de los mineros.

Los habitantes de Ciñera se emocionan al entrar en su bosque y al pasar al lado de ‘Fagus’, el mayo exponente, un haya de más de 500 años de vida. «Aquí veníamos con las chicas de jóvenes para enamorarlas. Pero al ver el Faedo, ellas se enamoraban del bosque y no de ti», ironiza Juan Carlos Lorenzana, exalcalde del Ayuntamiento de La Pola de Gordón. El éxito en la conservación y mimo de sus habitantes llevó a este peculiar lugar, visitado por miles de personas al año, a recibir el premio de Mejor Árbol y Bosque en 2007.

Paseo entre viñedos y... a la montaña

En otoño, tras la vendimia, es especial el paseo entre viñas, donde se cruzan cientos de tonalidades de colores: rojizos, burdeos, marrones, amarillos y todavía verdes. Pero muchos más. En la Ribera del Duero, con el monasterio de Santa María de Valbuena de fondo, es posible imaginar un óleo sobre el horizonte azul, con el verde oscuro de los pinos, la hoja que empieza a flojear de los chopos y todo el misticismo que rodea a la vid y al terruño.

No tiene nada que ver con el paisaje en la Montaña Palentina, donde la estación otoñal se hace esperar, al menos en el medioambiente. Tino Rodríguez, de la empresa Dos Aves, es un enamorado de esta zona. Acostumbrado a ver los cambios de color, no esconde que siempre es una «sorpresa», más si cabe si sales a «buscar pájaros», pues cada vez es mayor el interés por la ornitología en este área.

Su recomendación, explica, es visitar el norte palentino en primavera, «que es la época que diferencia a este espacio, pero es obvio que el otoño es un atractivo». Eso ocurre en La Varga, cerca de Cervera de Pisuerga, en un amanecer con el valle cubierto por la niebla que explica el contraste y el cromatismo. «Aquí se viene a sentir, a apreciar olores, a cerrar los ojos, a escuchar», aconseja rodeado de tejos, acebos, abedules, robles y servales. Todos ellos afectados por el estrés hídrico.

Un otoño entre buitres

Muchos son los lugares donde poder disfrutar de la observación de aves rapaces en la Comunidad. Y aunque esta estación no es la mejor, ya que la mayoría ha migrado, el otoño permite ver a los buitres en los roquedos con un paisaje lleno de disparidades. Ocurre en el Parque Natural del Cañón del Río Lobos, en Soria, declarado como tal en 1985 y que alberga buitres leonados, alimoches y búhos reales en esta época. Con 13.000 hectáreas, el pasado año fue visitado por más de 40.000 personas, sobre todo en primavera. Pero otoño es el momento «especial» para subir a La Muela, Castillo Billido o Peña Palomera.

Marta Maté, guarda forestal, y Pedro Olivas, de la Fundación Patrimonio Natural, opinan que en primavera «el parque es un jolgorio de vida», con pájaros y flora. «Ahora es el momento más colorido, pero también cuando los animales nos abandonan», señala ella entre risas. Los buitres sobrevuelan la famosa ermita de San Bartolomé, aquella que dicen, según la cultura templaria, que se encuentra en el centro de su cruz, con los mismos kilómetros a Finisterre que a Cabo de Creus y cuyas líneas ficticias terminan todas en representaciones templarias.

A lo largo de los 25 kilómetros del cañón y los siete pueblos que atraviesa el río Lobos es visible «la mística, el esoterismo y la luz reflejada de la luna y el sol”. Incluso, otoño es una “buena época», señala Olivas, para que algunos jóvenes acudan, como así sucede, a «hacer misas especiales y levitar en el paraje del Ojo del Diablo».

Tras los pasos de los reyes

No eligió mal el rey Felipe V cuando en el siglo XVIII decidió construir el Palacio Real y los Jardines de La Granja de San Ildefonso, en Segovia. A muchos les sonará el Parterre y la Fuente de la Fama, los Baños de Diana, la Fuente de Las Ranas o Las Ocho Calles, entre otros, todas ellas rodeadas de castaños de indias y tilos, entre otros, que en otoño modifican el paisaje de los largos pasillos y calles.

Los jardines fueron tan relevante como el palacio para Felipe V los jardines. En ellos puso empeño en el conjunto de las fuentes, de gran interés a nivel europeo, como por la ornamentación escultórica de artistas franceses que habían trabajado en los palacios de Luis XIV.

El trazado de los jardines se debe al arquitecto francés René Carlier, cuya ejecución fue continuada bajo la dirección de otros escultores franceses. Las fuentes, realizadas en plomo para ser pintadas imitando bronce y mármol, y las estatuas de mármol forman el conjunto escultórico de mayor riqueza y el mejor conservado de su época. Un escenario que se completa con la visión, una vez más, de la estación del otoño, que otorga un color diferente y visible para los visitantes.