Medio siglo de 'renacimiento'

La herrería de Compludo celebra el 50 aniversario de su declaración como monumento histórico-artístico nacional con un parón por mantenimiento para reabrir en marzo

Herrrería de Compludo./César Sánchez
Herrrería de Compludo. / César Sánchez
D. ÁLVAREZ

La herrería de Compludo cierra este fin de semana su cuarta temporada abierta al público con la celebración del 50 aniversario de su declaración como monumento histórico-artístico nacional en el horizonte. Hasta el mes de marzo las instalaciones permanecerán cerradas para efectuar labores de reajuste, reparación y mantenimiento de la maquinaria y de las canalizaciones del entorno, tal y como explica Manuel Sánchez, encargado de las visitas guiadas y representante de la cuarta generación de herreros que regenta este particular vestigio de industria medieval enclavado en el corazón natural del municipio de Ponferrada.

La vinculación de la familia Sánchez con esta joya de la ingeniería hidráulica medieval arranca en 1908, cuando el bisabuelo de Manuel, Amadeo Sánchez, adquiere los terrenos y reconstruye la antigua herrería, que en 1914 llegó a disponer de 14 obreros. La principal ocupación en aquella época era la fabricación y reparación de aperos de labranza y herramientas para el laboreo del campo, aunque las instalaciones también se usaban como ferrería, es decir, como fábrica en la que se obtenía el hierro. «Para conseguir una tonelada de hierro se necesitaban 3.000 kilos de carbón», recuerda Manuel, que atribuye a esta proporción tan desajustada el abandono de ese uso.

Por aquel entonces, los obreros de la herrería bajaban a los pueblos del entorno y a la cercana ciudad de Ponferrada para vender las piezas fabricadas a los agricultores de la zona. A la vuelta, subían cargados de ejes, llantas y de cualquier otro elemento metálico que pudieran encontrar en los almacenes de la zona. «Se aprovechaba todo», explica el heredero de la tradición, que recuerda que el progresivo abandono de los pueblos y la mecanización de la agricultura provocó la decadencia de la industria, que tuvo que cerrar sus puertas en 1965, cuando su abuelo, también llamado Manuel, se quedó sin trabajo. «Él se resistía a marcharse de aquí, no quería perder la herrería, así que movió el tema entre sus conocidos hasta que consiguió la protección del Estado y sus consecuentes inversiones», recuerda Manuel, que subraya que sin esos dispendios a cargo de la Junta, la Diputación de León y la Administración Central «quedarían cuatro paredes».

«Ya casi no quedan herrerías, ésta se salvó gracias a la declaración de monumento nacional que consiguió mi abuelo», sentencia Manuel, que agradece a su familiar la «pelea» para que el monumento no cayera en el olvido. En esa línea, recuerda el «cariño» que su abuelo, al que define como «fanático y apasionado de la herrería» transmitió al resto de la familia, empezando por su hijo, que también se llama Manuel. «Yo me crié en la herrería y aprendí sin querer, fijándome, que es la mejor forma», explica hoy su nieto, que valora la suerte de contar aún con su padre para «continuar con la tradición». «Estos oficios se pierden porque no hay quien te lo enseñe», lamenta. En ese sentido, Manuel reconoce que le gustaría ver a una quinta generación de la familia hacerse cargo de la tradición aunque reconoce que «va a estar difícil» y que un futuro como ese debe surgir de una «decisión personal» de los integrantes de las siguientes generaciones.

«Reliquia viva multisecular»

La reunión del Consejo de Ministros franquista que aprobó la declaración de monumento nacional tuvo lugar el 22 de mayo y su fecha de entrada en vigor se estableció el 6 de junio, pese a que el anuncio con la firma del dictador no apareció en el Boletín Oficial del Estado (BOE) hasta el 2 de julio. En el texto, se resalta el «paraje de recogida y espléndida belleza», perteneciente al entonces municipio de Los Barrios de Salas, en el que está situada la herrería, de la que se destaca su mecanismo como «una reliquia viva multisecular de interés extraordinario». En ese sentido, la declaración subraya las «prácticas de ineludible abolengo romano» que se daban en la instalación, documentada ya en escritos de la Edad Media de peregrinos que la visitaron durante su trayecto a Santiago y establece que el Estado será el encargado de la «tutela y protección» de este «singularísimo y posiblemente único elemento industrial de sabor medieval».

Y es que según apunta Manuel, el primer asentamiento en el lugar en el que hoy se alza la herrería podría remontarse al siglo VII y estar relacionado con la fundación del monasterio de Compludo por parte de San Fructuoso en el año 614. «No tiene sentido una industria de este calibre si no está relacionada con el monasterio, es la explicación más lógica», explica el herrero, que subraya que los datos fiables aparecen a partir del año 1780, cuando un documento refleja ya el contenido del edificio tal y como está a día de hoy. Abandonada entre 1850 y 1860 por la influencia de los altos hornos, que eran más rentables que las fraguas, el inmueble se asiente sobre una roca picada a mano, una práctica que se abandonó a partir del siglo XVIII, y la primera impresión que provoca en los visitantes es la de «choque entre industria y naturaleza», explica Manuel, que destaca que «los turistas no esperan encontrarse con esto aquí».

Además, otro de los motivos que convierten a la herrería en única es el sistema con el que se aviva la fragua, que utiliza la aspiración y el efecto Venturi para alimentar el fuego, gracias a un ingenioso sistema en el que el agua juega un papel fundamental. Por otro lado, las dimensiones y velocidad del martillo pilón, cuyo principio de funcionamiento proviene de los romanos, también hacen especial a este monumento. Los más de 700 kilos del mazo, elaborado con madera roble, pueden llegar a golpear hasta 180 veces por minuto, lo que obligó al abuelo de Manuel a instalar un llamativo sistema para reaprovechar el agua y refrigerar las levas y un conjunto de postes para evitar el pequeño cabeceo del mazo cuando funciona a esa velocidad.

«Los herreros tenemos fama de brutos, pero hay que ser muy cuidadosos para hacer este trabajo», explica Manuel, que destaca la «maña» como la principal herramienta de este oficio. Entre la música de los repiqueteos del martillo sobre el yunque, el herrero repasa los elementos más usados en el antiguo día a día de la herrería, como el marro, la tajadera o la calza. «Conservamos la herramienta no por su valor económico, sino por su valor histórico», explica Manuel, que enseña con orgullo las marcas de las manos de sus antepasados en los mangos de las tenazas que utiliza para acercar las piezas de hierro a la lumbre.

Labores de restauración

Durante el mes de febrero, coincidiendo con las fechas de menor afluencia turística, la herrería se someterá a un reajuste completo para subsanar los defectos que se hayan podido producir en su mecanismo en el último año. «Las piezas se castigan bastante porque con el gran número de visitantes que quieren verla, está mucho tiempo en funcionamiento», recuerda el herrero, que asegura que las labores empezarán con el vaciado del depósito de agua que alimenta la instalación.

Además, se revisará todo el conjunto en busca de holguras o piezas rotas o flojas y se apretarán las levas, el eje y las zapatas que permiten que el mecanismo entre en acción. Por otro lado, se reajustará el mazo y se limpiarán tanto la presa como las canalizaciones de agua para eliminar de ella los arrastres y restos de hojas secas.

Tras cuatro temporadas abierta al público, la herrería ha conseguido que el turismo se convierta en la fuente de ingresos con la que mantener la gestión del enclave, gracias a una cifra anual de visitantes que supera ya las 20.000 personas. En grupos de entre 20 y 30 individuos, Manuel atiende a los visitantes y les explica el funcionamiento de la fragua y del martillo pilón, con una demostración práctica. «A los niños les dejo dar algunos golpes en el yunque y todo el mundo sale muy contento. Es algo que anima a seguir adelante», reconoce el herrero.

Entre las necesidades más urgentes para continuar promocionando el lugar, Manuel reclama «apoyo de todos y de las las administraciones en la medida de lo posible» para aportar «un granito cada uno» y mejorar aspectos como la señalización del monumento, el arreglo de los caminos de la zona, los accesos a la herrería o los baches del aparcamiento inaugurado en 2015. «Son pequeñas cosas que hacen que todo vaya bien», recuerda.

Además, el encargado de la herrería aprovecha las fechas para pedir a los Reyes Magos «que haya inviernos como los de antes, en los que llovía y nevaba» y recalca que el agua es el elemento que pone en marcha toda la maquinaria, por lo que es necesaria durante todo el año para funcionar con normalidad. «La sequía nos está apretando las tuercas, sobre todo en verano», lamenta.

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