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José Ares sigue trabajando en su fragua. / Margareto

Discípulo de Vulcano

  • A sus 92 años, ‘Pepe el de las navajas’, como le conocen en La Maragatería, mantiene su fragua como hace un siglo,y en ella elabora artesanalmente cuchillos, pomos y llamadores para puertas antiguas

El polvo negro y una pequeña bruma causada por el soplo del fuelle son la tarjeta de entrada a la fragua de José Ares, quien espera con su mandil de cuero, gafas protectoras y una boina que cubre su pelaje canoso. Un acotado taller con cubierta de madera que recuerda al siglo XIX, con una enorme viga que atraviesa su parte superior y que, carcomida por el tiempo, ha sido remendada con barro para que aguante. Debajo, una antigua botella de gaseosa de color verdoso, rellenada a diario en una fuente del pueblo. El repique constante del martillo acompasa el hierro incandescente recién salido de entre el carbón en Valdespino de Somoza, en plena Maragatería. «Yo no sé hacer otra cosa. El día que me saquen de aquí se acaba ‘Pepe el de las navajas’», narra mientras tira del balancín del fuelle con una fuerza inusual para su edad, 92 años.

Pomos para puertas, picaportes, ornamentación en hierro, utensilios de cocina, hoces, carrancas para mastines... productos muchos de ellos que ya sólo vende este herrero para casas rehabilitadas o de estilo rural; pero principalmente cuchillería. Es por eso su mote, con el que le conocen en toda la comarca. Ver trabajar a José Ares recuerda al famoso cuadro de la ‘La fragua de Vulcano’, aquel óleo sobre lienzo que Diego Velázquez pintó en Roma en 1630 y que se encuentra en el Museo del Prado. La diferencia, que este herrero no ha recibido la resplandeciente visita de Apolo y cuenta con una mujer, Visitación, que le adora, al contrario que Venus al propio dios del fuego. «No vengo todos los días, pero sí siempre que puedo. Es muy cabezudo y su hobby es mantener la fragua abierta hasta el último día», asevera su esposa, mientras se sienta en una pequeña banqueta a su medida, buena conocedora de los hábitos de su marido, con quien lleva 63 años juntos.

El trasiego del taller no es normal para un hombre de 92 años, pero lo ha convertido en un museo de dignidad al trabajo. «¡Voy a empezar a trajinar!», exclama de forma repentina. Su profunda sordera y su corta vista, producto de años de trabajo y por supuesto, de la vejez, no le impiden tener una fuerza mental y física considerable.

Toma por la punta una hoja de guadaña, recortada a media para convertirla en un filo que acabará en cuchillo o navaja. Con una grandes pinzas las introduce en lo más hondo de la fragua, esa que tanto conoce, a la que habla cuando está con ella a solas. Y es en ese momento cuando se inicia un traqueteo que obliga al fuelle a abrir y cerrar y a soplar en el interior de esa chimenea que tantas alegrías le ha dado. Cuando la fina hoja de hierro destaca por ese color rojizo, la extrae y agarra el martillo. «Tengo el cuello encorvado de mirar hacia abajo toda la vida, hacia el hierro», sostiene.

Mientras Pepe Ares continúa con el ritmo de sus golpes sobre el yunque, alguien nos recuerda que además fue el primer esquilador del pueblo. Se trata de Goyo Valderrey, un joven que decidió instalarse en la localidad, de 60 habitantes, y abrir un establecimiento de restauración llamada ‘La Venta de Goyo’. Desde allí aconseja a muchos de sus visitantes a conocer la fragua, de ahí el cariño que mutuamente se entregan. Pepe, amigo de la etnógrafa Concha Casado, recientemente fallecida, relata alguna de las anécdotas que con ella vivió en el interior de su taller. «Siempre traída grupos de personas a mostrar esto. Yo estaba aquí cuatro o cinco horas trabajando y luego se iban como si nada. ¡Qué menos que compren una navaja coño!», ironiza, aunque lanzando una indirecta con humor.

Con 14 años

A medida que los golpes moldean la navaja, el herrero coge confianza. «Yo empecé en el taller de mi tío con 14 años, a los 18 monté una propia en casa de mi madre y a los 23 empecé con esta. Pero es igual que las de hace más de cien años», desliza. De repente, se dispone a afilar el filo en una piedra redonda que se mueve mediante pedaleo, como una bicicleta. Como un veinteañero, coloca una de sus pies y empieza una rutina repetida miles de veces pero que, a esta edad, a pesar de mantenerse en forma, llama la atención. «Parece que se va a salir la cadera», ríe su mujer, a quien ciertos movimientos de su esposo no le hacen tanta gracia. Pero se trata de un deportista nato, que a diario hace una hora de bici estática antes de ir a dormir.

Después de martillar el filo de la navaja e introducirla varias veces en la fragua y debajo de la ceniza para que enfríe, una ligera humareda permite a Pepe enseñar lo que será un producto terminado, a falta de colocar su correspondiente mango de madera de urz y encina, que él mismo moldea. Su mujer y Goyo coinciden en criticar a aquellos que una navaja de este tipo es cara. «Tendrían que ver este trabajo artesanal que se llevan por 15 euros. Es impagable», exclama el de la venta.

Las navajas muestran su hoja ligeramente deformada, evidencia de lo artesano y motivo por el que Pepe presume. También hago machetes para cazadores y cuchillos. «Este es muy bonito», señala, mientras indice un hacha con mango de cuerno de ciervo. «La vio uno de Madrid y se enamoró. Tenía cuatro o cinco y se las llevó todas».

Pero queda el trabajo final. «Para para, no te la lleves que hay que poner el sello», resuena en la fragua con voz quebrada. «¿Donde está el martillo especial?», pregunta. Sobre una estantería agarra el mango y muestra su sello. Un golpe seco en la hoja recién finalizada deja vislumbrar varias letras. Tras acercarse, se aprecia mejor. «Ahí lo pone bien claro. Si pone ‘Valdespino’, las navajas son mías. Y tengo muchas, todo artesano, ya lo habéis visto. Soy feliz haciendo esto, pero para mí no es trabajo». No hay más que decir.

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