En el cielo no hay cadenas

David, tras haber probado la experiencia de volar. /
David, tras haber probado la experiencia de volar.

Treinta personas con grave discapacidad física del CRE de San Andrés se separan del suelo para probar la experiencia de volar por primera vez

NACHO BARRIOla virgen del camino

«La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar».

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Así avanza la primera página de Juan Salvador Gaviota, una obra más que recomendable en la que se hace bandera de una forma de vida que va más allá del mero existir. Emulando a Juan Salvador Gaviota y con la ilusión máxima por desplegar las alas y volar sin más preocupaciones, cerca de treinta personas con grave discapacidad pertenecientes al Centro de Referencia Estatal de San Andrés del Rabanedo se despegaron del suelo para cumplir con un bautismo aéreo especial en muchos sentidos.

«Uno se siente libre, libre, libre, ahí arriba estás bien», explicaba David nada más bajar de la avioneta. Él había sido el primero en subir, y como su vuelo coincidió con la llegada de otra avioneta, tuvo que estar más tiempo en el aire, aunque la experiencia «se hizo corta».

El Aeródromo Militar de León era la pista de despegue de esta aventura, que se lleva a cabo gracias a la Fundación Cielos de León, a la Asociación Sillas Voladoras y al trabajo inestimable de los militares que, ayudados por una grúa, pudieron introducir y sacar de la avioneta a los intrépidos copilotos.

A la jornada asistieron la directora del centro, María Teresa Gutiérrez Fuentes; la presidenta de la Fundación Sillas Voladoras, Elisabeth Heilmeyer, y el presidente de la Fundación Cielos de León, Vicente Cordier.

Ganas y nervios

El apoyo del teniente coronel Félix Santos Álvarez, de la Academia Básica del Aeródromo Militar de León, y de su equipo también han sido imprescindibles para el éxito de una jornada que, a pesar del viento, pudo celebrarse finalmente.

Para muchos, la noche no había sido fácil. Las ganas y los nervios se mezclaban en un combinado perfecto contra el sueño, pero una vez en la pista, el cansancio quedaba en a pie de pista.

Volando divisaron el territorio al que, en muchas ocasiones, se sienten atados. Pero como dijo David, el cielo entrega la libertad sin precio alguno y, por poco que dure el viaje, la experiencia queda grabada para el resto de los días. Porque las cadenas, las sillas, los miedos y el día a día no encuentran espacio en una avioneta de dos plazas.

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